Saturday, October 05, 2013

Heli y Espacio Interior

Realismo en el cine mexicano

Ricardo Martínez García

Si bien el cine se inventó como un medio para entretener o mostrar escenas cotidianas, pronto mostró que sus posibilidades expresivas y de intención son múltiples y variadas, y se convirtió en un canal de denuncia, en un medio que puede mostrar las crisis sociales, reflejando la preocupación que la sociedad tiene ante fenómenos que amenazan la integridad de sus elementos, por causas bien conocidas e identificables.

Tal es el caso de dos cintas mexicanas recién exhibidas. La cinta Heli (2013) de Amat Escalante, muestra de manera cruda las desventuras de una familia que se ve avasallada por haber interferido, aunque sea de modo accidental pero no menos fatal, en el mundo del narcotráfico, que solo conoce sus propias e impunes reglas y sus violentas acciones devastadoras.

La comprensible sed de venganza ante la agresión a la vida del protagonista, llamado Heli (Armando Espitia), por parte de un grupo de narcos, que se mimetizan con policías federales, dentro del submundo del narco -que abarca a todos los sectores de la sociedad, corrompiendo a la mayoría-, pone sobre la mesa una situación real y tangible que preocupa al espectador y lo alerta sobre la gravedad de la situación. Se trata de una cinta sin concesiones que muestra eventos más que ficticios probables y que remite, en cierto modo, a otro largometraje de corte similar, Miss Bala (2011) de Gerardo Naranjo.

La otra cinta es un reestreno, Espacio Interior (2012), de Kai Parlange Tessman, basada en hechos reales: recrea el caso de un arquitecto secuestrado que sobrevive a su cautiverio a fuerza de convicción personal, de fortaleza interior y de buena suerte, suerte con la que no contaron otras personas en casos similares recientemente, a cuyas familias les obligan a pagar rescate y luego ejecutan a la víctima.

Lázaro (Kuno Becker) es el arquitecto al que secuestran y que vive primero desesperadamente pero luego, al paso del tiempo, más sensatamente su cautiverio. Parlange Tessman muestra la manera en la que sobrevive Lázaro, aferrándose a sus recuerdos, a su vida interior, a su familia, al recuerdo de la vida en libertad, ante el aislamiento y el silencio al que es sometido por sus captores. La cinta trasciede en tal sentido por el lado actoral: Becker realiza un trabajo interesante, pero también porque muestra un flagelo más para la sociedad.

En el mes de enero pasado, el periodista Omar Granados, en el portal de Animal Político, señalaba una estadística de terror: México ocupa el segundo lugar mundial en el rubro de secuestros. Los grupos del crimen organizado en México han variado sus actividades además del control de los estupefacientes, y tanto el secuestro como la extorsión son otras variantes a su actividad delictiva.


En la cartelera cinematográfica hay de tanto en tanto películas mexicanas de comedia, pero también trabajos con una seria preocupación por nuestra realidad social actual, como estas dos cintas.  

El conjuro

Escalofríos en la espalda
Diseñando sustos

Ricardo Martínez García

Las acciones de esta cinta transcurren en una casa embrujada, donde una familia de siete miembros experimentan algo así como una montaña rusa del terror, y con ellos el espectador a través de la misma película, pero que en los momentos más difíciles tienen la gran fortuna de contar con la calificada ayuda profesional de dos grandes estudiosos de lo paranormal y cazadores de fantasmas.

De un estilo narrativo pulcro y puntual, casi de documental, El conjuro (The Warren Files, 2013) logra la compenetración del espectador con la cinta de un modo casi inmediato: una familia se muda a una antigua casa y aparentemente todo es normal y felicidad hasta que algunos de sus miembros comienzan a experimentar fenómenos cada vez más macabros, cuya eficaz narración fílmica logra generar ciertos sobresaltos y pieles de gallina o bellos corporales erizados.

Más allá de la natural predisposición del espectador generada en gran parte por la publicidad alrededor de esta cinta, es el oficio cinematográfico del director de origen malayo James Wan lo que le permite hilar una escalofriante historia de terror, aparentemente verídica, a partir de uno de los casos más complicados a los que se enfrentó la pareja de estudiosos de fenómenos parapsicológicos Ed y Lorrain Warren (los cumplidores Patrick Wilson y Vera Farmiga).

La cinta plantea, por una parte, el fenómeno siniestro y desconocido que domina a la casa y a sus habitantes, y por la otra a los benefactores que pueden enfrentarse a tal fenómeno, como si fuera una representación más de la mítica lucha entre el bien y el mal, aderezada con detalles religiosos preponderantes y más o menos conocidos.

Los Warren encarnan así a esos míticos benefactores, algo como el personaje del doctor Van Helsing en la novela de Bram Stocker Drácula, o el del padre Merrin en la de William Peter Blatty, El Exorcista. Son esos personajes los que saben o los que se enfrentan en una batalla a muerte contra ciertos entes malignos.

El también director de La noche del demonio (Insidious, 2011) y Saw (2004) logra una cinta redonda, con un argumento interesante (y alusiones a maldiciones de brujas, burlas a la Divina Trinidad, o a la existencia de esos entes que no son de origen humano, etc.), una narración eficaz y un trabajo actoral muy bueno, sobre todo el de Lily Taylor y Vera Farmiga, y sin abusar de efectos especiales muy elaborados. Tal vez está de más esa escena en la que un grupo de aves se estrellan contra la casa, en el clímax de la historia, pero en realidad no afecta al final.


Wan presenta una película que resulta disfrutable y entretenida, que por su temática remite naturalmente a otras cintas como la clásica y ya mencionada El Exorcista o El exorcismo de Emily Rose, y es de las películas que una vez vista, todos quieren comentar o recomendar a sus conocidos.