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Wednesday, June 03, 2009

Gomorra


El miserable y sórdido Sistema del mundo criminal
Ricardo Martínez García
Cualquiera que piense que Gomorra es una película más de mafiosos italianos con sus trajes impecables a rayas, al estilo de Frank Nitty o Al Capone, o que espere ver en esta cinta italiana escenas de grandes reuniones de gangsters en salones de lujo acordando negocios sobre una mesa de caoba gigante o decidiendo asesinatos al por mayor, al mejor estilo de las películas de Francis Ford Coppola, Brian de Palma o Martin Scorsese, no podría estar más equivocado.

Lejos del glamour nefasto que la industria hollywoodense ha puesto en sus cintas de mafiosos, creando con ello iconos muy populares y que son más una exaltación a la labor y estilo de vida de esas asociaciones delictivas que una denuncia de su carácter criminal, llámense la Cosa Nostra, la mafia rusa, china, mexicana, o los grandes barones del crimen, en cintas como El Padrino 1, 2 y 3, Scarface, Traffic, Carlito´s Way y otras muchas, el cineasta italiano Matteo Garrone presenta una sórdida y desgarbada pero realista adaptación al libro de Roberto Saviano del cual toma su nombre la cinta que dirige: Gomorra.

El título del libro y de la cinta parece una clara analogía entre la Camorra y la mítica ciudad bíblica emblema del pecado, Gomorra. El término es usado por periodistas y policías que se refieren a lo que los mafiosos napolitanos llaman El Sistema, vocablo que da una idea de lo impuesta y afianzada que está la organización en el entramado social y económico de gran parte de la vida y los negocios en Nápoles.

En el libro hay un capítulo dedicado a un sacerdote asesinado a sangre fría por denunciar las actividades delictivas de esa organización que recluta, utiliza y corrompe a niños y jóvenes sin esperanzas de educación ni de trabajo honesto, del mismo modo que corrompe a los inmigrantes africanos que, nada más llegar a ese país europeo, son usados como burros para el transporte y distribución de droga. Este sacerdote es don Peppino Diana, del cual la cinta extrañamente ni siquiera se ocupa un segundo.
Hay que señalar que el joven periodista Roberto Saviano, napolitano de nacimiento, se ha hecho acreedor a una especie de fatwa (como la que pesa sobre Salman Rushdie por parte del ayatola iraní, que en los hechos representa su condena a muerte) por parte del Sistema por denunciar en el libro a su vez las formas de control y de ejecución del crimen organizado, lo que lo obliga a no dar paso sin su escolta policiaca. En el libro el periodista menciona a las otras grandes organizaciones del empobrecido y terriblemente explotado y contaminado sur de Italia, la famosa Cosa Nostra ciciliana y a la calabresa ´Ndrangheta, pero Saviano se centra en la organización napolitana.

Si el libro, editado en México por Random House Mondadori, es una especie de sociología del crimen organizado, en el que Saviano hace referencia documentada de familias, líderes, combates, hábitos, negocios sucios en gran variedad de rubros y sus múltiples ramificaciones e historias de traiciones con nombres propios, la cinta no se preocupa demasiado por esos nombres ni por aclarar las guerras intestinas entre los miembros de las propias familias que se disputan el control de territorios en Nápoles, o por la forma en que la organización o Sistema defiende y sostiene económicamente a las familias de sus agremiados presos (que es lo que hace don Ciro en la cinta) que aún no los han traicionado.

La cinta pierde su carácter de denuncia al no hacer un uso acusativo de la palabra. Es como un documental que ilustra las formas miserables de vivir de muchos de estos camorristas (como aquellos que esperan su pago semanal por ser familiares de algún miembro del Sistema preso o muerto por sus actividades) y sus formas de sobrevivencia, sus negocios sucios que realizan bajo la idea hipócrita de estar ayudando a alguien, pero que en la cinta se queda solo en eso, en mostrar algo, que por cierto a veces no se entiende si no se conoce el texto original o su contexto.
Saviano dice por ejemplo, en el capítulo dedicado a Don Peppino Diana, que el único instrumento posible para transformar el tiempo de los criminales es la palabra, instrumento que utilizó con gran valentía el sacerdote, quien estaba verdaderamente comprometido con su comunidad, y que al final alguien usó como motivo para eliminarlo. Ahora Roberto Saviano sabe en carne propia lo que es tener una condena así. El lenguaje cinematográfico en esta ocasión queda por debajo del lenguaje del libro.
Mucha de la rabia que experimenta el lector de Gomorra (sobre todo porque en México hay demasiado en común con lo denunciado ahí) se diluye tristemente en la cinta de Garrone, que sin ser una mala película no le hace justicia al libro de Saviano.
Algunos elementos que dejaron de lado el director o sus guionistas (entre ellos el propio Saviano) además del capítulo del sacerdote Peppino Diana, son los referentes al Puerto de Nápoles, que muestra las triquiñuelas de las aduanas: las maneras casi mágicas en que se transforman miles de contenedores en otro tipo de mercancías tan solo porque alguien modifica unos papeles, o el interesante capítulo dedicado al famosísimo fusil de asalto Kalashnikov conocido como AK 47, el familiar cuerno de chivo tan usado entre los narcotraficantes mexicanos y de todo el mundo.
En la película, el sastre Pasquale, verdadero artesano de la alta costura, realiza un vestido de diseñador a precios ínfimos, claro que a costa de una sobreexplotación de decenas de costureras que trabajan por salarios de hambre y con horarios extra sin pago. Luego ve por televisión el mismo vestido en el cuerpo de Scarlett Johansson en una alfombra roja o festival de cine. En el libro, es Angelina Jolie quien viste esos diseños.
El vestido que él y su taller de costura realizaron a petición de los mismos diseñadores que aprovechan la mano de obra baratísima de los talleres ilegales para elaborar sus exclusivos diseños, es mostrado como otro de los aspectos en los que la Camorra ha puesto sus intereses. Pasquale termina su carrera luego de que lo descubren dando clases de alta costura en un taller de chinos. Se convierte en un simple chofer de camión de carga.
Los negocios del concreto, de la construcción, del manejo y desecho de materiales tóxicos, además de las drogas, la prostitución y todos esos rubros clásicos que caracterizan a las mafias, son expuestas en el libro de manera brillante por Saviano, no así por la película. Aún así es una cinta recomendable, sobre todo para los estudiantes que tienen la posibilidad de estudiar y no lo hacen.

Saturday, December 06, 2008

Centinelas

El fracaso de la justicia

Ricardo Martínez García

En la vida uno puede encontrarse en cualquier lugar a personas abusadoras, violentas, gandallas, que van coleccionando víctimas hasta que alguien les pone el alto. Puede tratarse desde simples broncudos racistas de taberna, oportunistas que se apropian del trabajo de los otros, hasta mafiosos narcotraficantes que amenazan y asesinan sin ningún remordimiento.
La cinta Centinelas (Outlaw, 08) del británico Nick Love, muestra a un grupo de personas que de una u otra manera han sido víctimas de abusos y violencia, formando una banda de vengadores para tratar de hacer algo en contra de abusadores, pedófilos y mafiosos.

Sean Bean, actor nacido en Sheffield conocido por su trabajo en El Señor de los Anillos (en donde da vida a Boromir) y en Ronin (como un supuesto soldado de élite) entre otras, tiene el protagónico en esta cinta como el sargento Danny Bryant, quien acaba de regresar de algún cuerpo de paracaidistas asignado en Irak o Afganistán, asqueado y cansado de lo que ha visto en el frente, por lo que decide dadas las circunstancias –su esposa lo ha dejado para estar con otro- formar un pequeño grupo de reacción ante las agresiones de que han sido objeto.

Bryant es el encargado de “entrenar” a los miembros de la banda cuyo objetivo es “hacer algo” en contra de los malos. Tal intención no se realiza inmediatamente: sufren una tunda al enfrentarse a unos buscones en un bar; luego dejan caer dinero robado a unos mafiosos, hasta que en un tercer intento comienzan a levantar gente (muy al estilo del narco en México) seleccionada por sus antecedentes delictivos para torturarla y asesinarla.

Los miembros de la banda –en la cual hay un abogado al que le asesinan a su esposa embarazada por no retirarse de un caso, un joven con feas cicatrices en la cara hechas con algún arma filosa y un jefe de seguridad de un hotel que gusta de fisgonear a los huéspedes- comienzan a ser conocidos como unos modernos Robin Hoods pues el público que los ve en televisión huyendo luego de un asalto, no sabe que dejan caer el dinero por mera incompetencia, y comienzan a idealizarlos.

Las absurdas pero tétricas situaciones en las que se involucran, como golpear a unas personas atadas y encapuchadas genera dudas en algunos ellos, pues son en el fondo personas decentes, y tienen sus resquemores para aplicar la justicia por propia mano.

La cinta así planteada parece ser un conducto para canalizar y reflejar el sentimiento social generalizado de que la justicia en la Gran Bretaña ha alcanzado niveles insostenibles de corrupción (pues no solo en México se padece del mismo mal), y de que en los más sensibles e indefensos de la población campea la paranoia o el miedo a la violencia, al grado de provocarle pesadillas a un ejecutivo de ventas que es el primero en unirse a la banda de “centinelas” y a la postre el único sobreviviente.

La banda de vigilantes vengadores llega a su fin cuando los verdaderos mafiosos se las arreglan para tenderles una trampa, enviándolos a una emboscada con policías que los quieren ver eliminados, policías que presumiblemente colaboran con el jefe mafioso.

El mensaje de la cinta, filmada con un estilo de cámara nerviosa, con mucho movimiento y cambios bruscos de planos, los cuales pueden llegar a exasperar, parece ser que los ciudadanos o se resignan a vivir con la corrupción y a ser víctimas impotentes, o toman la justicia por su cuenta pero arriesgándose a echarse encima tanto a policías como a delincuentes. Es naturalmente una película pesimista, de tintes fascistoides, con un tipo de violencia muy realista (con escenas de salvajes golpizas, asesinatos y huesos fracturados a palos) y con un final triste y previsible.

A ratos la cinta parece una extraña mezcla entre Tarde de Perros, de Sydney Lumet y protagonizada por Al Pacino (por la cómica ineptitud de los miembros de la banda) y Taxi Driver de Martin Scorsese, con gran actuación de Robert de Niro (porque el líder de la banda es un ex soldado de regreso a la patria, asqueado, confundido y paranoico con ganas de hacer algo “trascendente”), y con algunos significativos detalles en la trama que recuerdan aquella famosa cinta de Charles Bronson El Vengador Anónimo (Death Wish, Michael Winner, 74), en la que el protagonista tomaba la justicia en sus propias manos luego del asesinato y violación de su esposa e hija.

¿A eso nos estaremos encaminando en los lugares en donde la corrupción y la violencia, los asaltos, secuestros y levantones, y su consiguiente impunidad hacen patente el fracaso de la justicia, a convertirnos en vengadores anónimos o centinelas? Tal vez ya haya algunos así, pero la policía no los dará a conocer.

Thursday, April 17, 2008

Crimen sin Perdón

Impunidad y Maltrato Sin Fin
Ricardo Martínez García

De acuerdo con cifras del portal de la BBC Mundo.com, cada año bandas criminales compran y venden alrededor del mundo a unas ochocientas mil personas, mujeres y niños principalmente, con fines sexuales, generando ganancias cercanas a los diez mil millones de dólares. Las redes de dicho tráfico son “globales” puesto que se extienden a todos los continentes e involucran a decenas de países.

Para una niña de alguna colonia perdida en el poniente de la ciudad de México salir a pasear en bicicleta, o para una mujer atractiva tratar de emigrar desde Polonia hacia los Estados Unidos en busca de una “vida mejor”, así como para un jovencito de Tailandia simplemente caminar por la calle puede implicar ponerse al alcance de las garras de estas redes internacionales de tratantes de blancas, las cuales al parecer cuentan con el salvoconducto de ciertas autoridades locales para la realización –casi siempre impune- de sus actividades criminales.

Tal es el argumento de carácter social del cual parte la cinta Crimen sin Perdón (Trade, 07) del director alemán Marco Kreuzpaintner, a partir de un guión escrito por José Rivera (nominado a varios premios por su trabajo en la cinta de Walter Salles Jr. Diarios de Motocicleta) basado a su vez en el reportaje de Meter Landersman The girls next door, escrito para la New York Times Magazine.

Adriana (Paulina Gaitán) recibe una bicicleta como regalo de cumpleños por parte de su hermano Jorge (César Ramos), quien se dedica junto con sus cuates a timar a turistas gringos en el Centro de la ciudad, haciendo alarde de su buen inglés. Adriana sale a la calle a estrenar su regalo y es fácilmente raptada y conducida a los Estados Unidos junto con Verónica (Alicja Bachleda), atractiva polaca engañada por una agencia “de empleos” que la lleva directamente a caer en poder de una banda de traficantes de seres humanos con sede en la Ciudad de México y ser violada y golpeada.

En el intento por rescatar a su hermana y seguir al vehículo que conduce al grupo de raptadas hasta Juárez, Jorge entra en contacto con el policía Ray (Kevin Kline) quien lo ayudará a liberar a Adriana, luego de convencerse de que Jorge no es un mojado más. Ray había ido a Juárez en busca de alguna pista que lo conduzca al paradero de su hija raptada diez años atrás pero sus pesquisas no son nada alentadoras.

La película se siente débil en ciertos elementos dramáticos e incluso cae en un humor involuntario, como aquel donde uno de los secuestradores reza un Ave María frente a una cruz en pleno cerro antes de cruzar la frontera con sus víctimas, o como cuando Ray se da cuenta de que la jefa de los traficantes (Kate del Castillo) bien podría ser su hija, pues tiene los ojos color verde (¡pupilentazo de Kate!).

El retrato de la Ciudad de México que propone la cinta es hasta cierto punto convencional: escenas de la Merced con prostitutas de la calle de la Soledad dando vueltas frente a posibles clientes o simples mirones, o el retrato de lugares desolados que ni mandados a hacer para escenificar asaltos y que parecen ser los escenarios cotidianos del crimen en esta gran ciudad.

Es destacable el trabajo actoral de César Ramos y Paulina Gaitán, así como la de Alicja
Bachleda. Kline realiza un trabajo cumplidor como detective cool y generoso que hace lo que puede al darse cuenta de que la justicia gringa es muy capaz de no hacer nada por rescatar a una niña mexicana si con esa omisión logra atrapar a los verdaderos peces gordos.

Lejos de ser un documental que trata seriamente el problema del tráfico de personas en el mundo, la película da la impresión de ser como una simple narración anecdotaria –e improbable en el caso de Jorge y el rescate a su hermana- de algunos sucesos de este tipo. Algo le falta a la cinta de Kreuzpaintner que no logra cuajar del todo, aún contando con el apoyo de Kevin Kline.

Más que concientizar a la gente sobre el peligro que corren las mujeres de cualquier parte del mundo, la cinta dramatiza sobre el rescate de al menos una de las víctimas que corrió con suerte, pero ¿y las demás que quedan en el camino, las que deciden salir de tal infierno por la puerta falsa o las que se resignan y trabajan para que otros enriquezcan? Ahí está el verdadero meollo del asunto.


Al menos, sabemos que hay grandes posibilidades de que la policía no haga nada por ellas, lo cual es un conocimiento desolador.

Sunday, April 13, 2008

Los Reyes de la Calle

Si todos somos malos, ¿a quién perseguirá la policía?
Ricardo Martínez García


El tema recurrente en las novelas de James Ellroy es la tremenda corrupción policíaca que impera en la ciudad de Los Ángeles, ciudad en la que ficticia o verdaderamente se ha asentado el poder criminal de la policía en contra de la propia hipócrita sociedad, la cual debido a sus pecados se ve expuesta al chantaje y la extorsión.

Si la cinta Los Ángeles al Desnudo (Curtis Hanson, 97) mostraba al agente Bud White (Russel Crowe en una gran actuación encabezando un estupendo reparto: Kevin Spacey, Kim Bassinger, Guy Pearce y James Cromwell) como un fornido agente que es utilizado como brazo ejecutor de la ley e inmerso en una maraña de relaciones corruptas de las cuales sólo puede salir bien librado hasta que “abre los ojos”, ante la evidencia de que los jefes de la policía perseguían sistemáticamente a los criminales con métodos que los convertían en sujetos mucho más perversos que los delincuentes, en Los Reyes de la Calle (David Ayer, 08), nos encontramos con el atormentado y borrachín agente Tom Ludlow (Keanu Reeves, un poco más humano que en Matrix) un “guerrero” que ha tomado por su cuenta, en una especie de cruzada personal, la lucha contra los criminales angelinos.

Tanto White como Ludlow son agentes que exceden con mucho los límites legales permitidos en la lucha contra “los malos”, y ambos son consentidos y solapados por sus jefes, en aras supuestamente de su utilidad como “instrumentos de justicia”.

Las cintas basadas en novelas de Ellroy, como las dos mencionadas y La Dalia Negra (Brian de Palma, 06), están llenas de secretos, mentiras y chantajes dentro de los círculos del poder político y económico, donde nada es lo que parece ser, pero en los que todos los protagonistas están involucrados para bien o para mal, en lo que representa un sistema legal corrompido y al servicio de los más astutos.

Los Reyes de la Calle tiene grandes escenas de acción y algunos momentos de humor, tal vez involuntario, como en las que el cinismo campea en las conversaciones. Por ejemplo cuando el detective Ludlow pregunta ingenuamente a su jefe el comandante Jack Wander (Forest Whitaker): ¿Y qué pasó con lo de “encerrar a los malos”?, Éste le responde lacónicamente: “Todos somos malos”. Tal es la ideología –que si no fuera tan alarmante sería hilarante- con la cual se justifica la perversión policíaca, que pareciera encarnar a la perfección la máxima hobbesiana de que el hombre es el lobo del hombre.

A pesar de que la cinta tiene un aire de déjà vu (es como la gemela de Los Angeles al Desnudo) no deja de ser interesante y entretenido ver a Reeves crecer como actor y además corretear con su Charger negro deportivo a punto de atropellar a unos peatones y matando salvajemente a los criminales, a Whitaker mostrando una vez más sus facultades histriónicas como el cerebro que mueve los hilos policiacos a placer, a Hugh Laurie en un papel diferente al del Dr. House, pues resulta curiosa su aparición como el capitán Biggs, de asuntos internos de la policía, en el hospital en el que Ludlow es atendido por su novia enfermera (Martha Higareda, en un papel discreto que representa su incursión en Hollywood), como si fuera un guiño a su famoso personaje.

También es sorpresivo el papel de Chris Evans (Johnny, el simpático antorcha humana de Los Cuatro Fantásticos) como el detective Diskant quien al final paga su novatez de manera trágica.

Lo que resulta realmente disfrutable es que la cinta propone una desmitificación de la sociedad norteamericana como paladina de la legalidad y el respeto a las normas civiles: todos los policías, salvo excepciones, están sistemáticamente coludidos en una cínica corrupción que ciega e inútilmente atina sólo a acumular dinero en una pared (algo que tampoco es creíble entre los corruptos de verdad: éstos seguramente cuentan con asesores en inversiones y ese tipo de cosas).

David Ayer es un joven director que ha trabajado en el guión de cintas como Rápido y Furioso (Rob Cohen, 01), SWATT (Clarck Johnson, (03) y Dark Blue (Ron Shelton, 03), y ha dirigido Harsh Times (06), y Mafia Cop (08). Como puede verse, son cintas en las que, a partir de las novelas de autores como James Ellroy o Elmore Leonard, las actividades policiales y su corrupción son elementos comunes, ya sea en la ciudad de Los Angeles o en la de Nueva York.

Como espectáculo, la cinta funciona muy bien. Como crítica social resulta puntillosa si se le sabe ver el ángulo. No deje de verla de cualquier manera.