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Monday, May 21, 2007

¿Te gusta el terror?

William Peter Blatty
y las noches de insomnio
Ricardo Martínez García.
El miedo es uno de los sentimientos más fuertes que experimentamos a lo largo de nuestras vidas. Miedo al fracaso, al desamor, a la soledad. Pero los miedos que se provocan de manera mediatizada, es decir a través del cine y la televisión principalmente, son los que permanecen en nuestro subconsciente por más tiempo, como el miedo a la muerte, a lo desconocido y, en general, a lo que en el imaginario colectivo suponemos como encarnación del mal. Ejemplo de esto es el pavor que provoca la idea del demonio y de sus terribles acciones sobre la humanidad. Pavor que, por otro lado, nos atrae y fascina, siempre que sea desde la butaca de una sala de proyección.

Lo anterior viene a cuento porque en mi última visita a la librería más grande que tiene el Fondo de Cultura Económica, aquí en chilangolandia, me hice de la novela de William Peter Blatty, El Exorcista, que fue publicada en 1971 y llevada a la pantalla sólo dos años después, estrenándose el 26 de diciembre del 73, con lo cual se homogenizó la idea visual –a través de la película- de la posesión demoníaca que se describe en el libro.

Varias generaciones han visto con horror y repulsión, con el corazón encogido, las escenas en las que Regan (Linda Blair) vomita sobre el padre Merrin (Max Von Sydow), luego levita sobre la cama y a duras penas es contenida por los rezos del padre Merrin, auxiliado por el padre Karras (Jason Millar).

A pesar de lo anterior, y luego de varias veces de ver la cinta, de pronto se comienzan a ver tales escenas ya no tan terroríficas, e incluso se ven absurdas y hasta cómicas, o al menos eso me pasó cuando fui a ver con unos amigos la llamada “Edición del Director”, con la brevísima escena del paso de la araña, allá por el 2001: la mayor parte del tiempo nos la pasamos chacoteando y bromeando a expensas de las conocidas escenas, mientras comíamos ruidosamente palomitas en una sala completamente abarrotada.

Pero leer el libro es otra cosa, por varias razones. Primero porque en este caso pude constatar algunas pequeñas discrepancias con lo visto en la película, elementos que a fin de cuentas no alteran la trama general. No es como en la serie de El señor de los anillos en la que la adaptación cinematográfica deja de lado grandes secciones de las novelas que empobrecen la versión filmada. Pero ése era precisamente el reto de Peter Jackson, realizar una serie de películas basadas en la fecunda fantasía de Tolkien sin simplificarlas demasiado. El resultado aún así es aceptable, pero no hay como leer los libros.

En segundo lugar, porque la lectura es un acto esencialmente solitario; es enfrentar el texto sin bromas ni chacoteos. Es también un diálogo entre el lector y el autor, íntimo y profundo.

Tengo la costumbre de leer antes de dormir, acostado en mi cama, a altas horas de la noche. La lectura de la novela de Blatty, lo digo sin rubores, me produjo la sensación de estar leyendo un libro prohibido, como si me asomara a un mundo siniestro al cual no debería visitar por mi propio bienestar espiritual. “He leído libros más esotéricos”, pensé, en un intento por aplacar mi inquietud. La diferencia es que esos otros libros esotéricos no me inquietaron (detesto decirlo) a un nivel tan concreto, era como si sus tramas no pudieran afectarme directamente. Seguramente lo anterior se debe a los resabios de mi descuidado catolicismo.

Al principio de la lectura, luché por quitar de mi mente los recuerdos visuales producto de la película. Una vez logrado eso, la recreación escénica mental fluyó con facilidad, pero al mismo tiempo me hizo consciente –de manera desagradable- de la negritud profunda de las sombras y de los ruidos más nimios afuera de mi recámara, o los ruidos que, a mi juicio, algo producía sobre la puerta que da a la calle. En una ocasión tuve que levantarme ante la sospecha de que Dominique, nuestra perra, se hubiera quedado en la calle accidentalmente, y gimiera y arañara la puerta para que la dejara entrar. Encontré a mi mascota en su casita; tenía el aire lastimero que adopta cuando la regaño; imaginé que tenía miedo por alguna razón, pero ya no quise averiguar a qué podría ser.

La inquietud y la desazón que me produjo la lectura de El exorcista me llevó a tener noches de insomnio, en las que, de manera extraña, a mis pensamientos se sobreponían escenas de la novela que, por otra parte, Blatty escribió de manera objetiva, como si el narrador fuera solo un observador más y describiera escuetamente lo que atestigua.

Lo curioso del asunto es que ni siquiera esas descripciones son tan aterradoras, ni en el libro ni en la película. Más bien lo que me parece que sucede es que esas escenas nos evocan cosas que ya tenemos instaladas en la mente, tal vez de manera natural, pero más seguro de manera cultural. Jung sin duda tiene razón con lo de los arquetipos acerca del bien y del mal.

Ahora mismo, a plena luz del día, me parece que exagero en lo anterior, pero eso mismo fue lo que se me ocurrió por la noche: que el miedo que tenía me iba a parecer exagerado cuando me acordara de él durante el día. Es sorprendente ver cómo la confianza en mí mismo merma durante las horas difíciles de la noche, pero es más sorprendente constatar con qué facilidad la recupero en la mañana mientras me desayuno. ¿Será que a final de cuentas sí se trata sólo de luz y oscuridad, al menos para los seres humanos? No, no lo creo, no somos tan simples, tan maniqueos.

La novela la terminé en horas diurnas, no vaya a ser el diablo panzón, como dice una amiga.

Monday, January 22, 2007

Un día en el tianguis de la San Fe

Ricardo Martínez García
Villa de Ayala es una avenida ancha. Hay tres carriles para cada sentido de la circulación y un amplio camellón. A la altura de la Secundaria Técnica número 30 el camellón alberga una cancha de básquetbol y una minicapilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, construida con la esperanza de convertirla en antídoto contra la basura que muchos vecinos tiran en ese lugar. Su éxito es relativo.

La temporada de fin de año representa, para los tianguistas de la San Felipe de Jesús que se instalan a lo largo de esta avenida, una de las mejores épocas del año. Reactivan el flujo de mercancías, con la consiguiente derrama económica.

Poco antes de las seis de la mañana, el ruido que producen las estructuras metálicas de los puestos al ser armados despiertan a los vecinos de las dos grandes avenidas de la San Fe, Villa de Ayala y León de los Aldamas. Todavía está oscuro y hace un frío del demonio pero eso no detiene a los tianguistas, verdadero ejército de la ley de la oferta y la demanda que, sin importar el origen lícito o ilícito de sus mercancías, se preparan para una jornada dominical que terminará pasadas las seis de la tarde.

En poco más de dos horas Villa de Ayala queda completamente ocupada por los mercaderes, abarcando unas 28 calles, desde Gran Canal hasta la calle de Zacatecas, prácticamente toda la zona sur de la colonia, más las calles aledañas de la 25 de Julio que también son invadidas cada semana, en lo que constituye uno de los mayores mercados sobre ruedas en todo el país (algunos afirman que de Latinoamérica, o que está a la altura del de Calcuta).

La oferta y la demanda
En sus orígenes el tianguis de la San Fe era sólo el pequeño mercado de los fierros, pero 40 años después se ha convertido en un monstruo urbano que lo mismo muestra el ancestral hábito del comercio de nuestros antiguos tenochcas que la vorágine y ansia de consumo que se experimenta con las ofertas de temporada los grandes almacenes. Con frecuencia se escucha un comentario entre las personas que luchan por recorrer los atestados pasillos: “¿Pos no que no hay dinero? Cuál crisis, si esto está hasta la madre de gente!”

Es posible encontrar en este megatianguis refacciones para auto nuevas, usadas o de plano de desecho, lo mismo se puede decir de las computadoras, ropa de toda índole, discos y dvd´s; libros, comida (pancita, barbacoa, garnachas, pescados y mariscos, frutas), mascotas, zapatos de vestir y deportivos, y todo tipo de chácharas que hacen que un tianguis sea digno de ser visitado.

La calidad de la mercancía va de lo recogido en la calle o lo inservible, pasando por lo usado y hasta lo nuevo y de moda. Aquí se mezclan comerciantes de rancio abolengo (gente que tiene toda la vida dedicándose al comercio y que cuenta con puestos en la Lagunilla y Tepito) que comercia con aparatos electrónicos y muebles, con los improvisados que desean vender parte de sus bienes, como libros o discos. Están también los que compran de “Robert” (lentes, relojes, tenis, celulares) a precio muy barato, y los que comercian con cosas legales pero a precios ilegales por sus excesos.

La mercancía proviene de lotes de saldos, lotes robados a transportistas (jabones, autopartes, ropa), lotes intercambiados, de donaciones para algún desastre que no llegaron.

Un problema vehicular
Los vecinos de la colonia, acostumbrados a este trajín dominical, soportan estoicamente la invasión ambulante. Lo único que pueden hacer –los que viven en las calles que quedan transitables- es colocar botes o cubetas frente a sus entradas, con el fin de que no los deje encerrados algún vehículo que se estacione ahí. “Es un problema –dice don Miguel, vecino en León de los Aldamas- a veces vienen autos en sentido contrario que quitan las cubetas y se estacionan en mi entrada. Tengo que estar pendiente para no dejarlos”.

Durante la jornada una o dos patrullas hacen su rondín, para luego desaparecer durante todo el día. “Hace mucho había unos policías que dirigían el tránsito en el cruce de Villa de Ayala y León de los Aldamas –señala don Julio, otro vecino- pero eso duró poco. Lo normal es que el tránsito discurra a su propio albedrío”. Los “microbios” o “peserdos” que van hacia la Villa y vienen de la Díaz Ordaz o la R1 hacen base sobre León del los Aldamas antes de cruzar Villa de Ayala. Los autos que quedan detrás tienen que esperar a veces una hora o más para poder pasar, pues esa avenida –mas ancha aún que Villa de Ayala- se reduce a un solo carril por los autos estacionados a sus orillas y por los puestos instalados muy cerca del arroyo vehicular.

Las vías de salida son dos o tres y generalmente son de tránsito muy lento. Afortunadamente casi no hay accidentes, pero en caso de haber uno grave, quién sabe cómo le irá al posible accidentado.

Algunos comerciantes de la Lagunilla se refieren al tianguis de la San Fe como el de la Línea de Fuego haciendo alusión a la proximidad que tiene con el estado de México, lo que permite rápidamente salir del DF a los que son comerciantes ilegales. “Este tianguis tiene casi mi edad, y que yo recuerde, no he visto un solo operativo de las autoridades en busca de mercancía robada” me comenta Leticia, comerciante de muebles.

Los tianguistas no son los únicos que obtienen beneficios. Varios cuidacoches reparten calles donde los autos visitantes necesariamente se tienen que estacionar. Además, cada tianguista coopera para pagar la limpieza a los que barren la basura.



">Vínculo

Monday, December 11, 2006

Las peregrinaciones


Todos a la fiesta Guadalupana
Ricardo Martínez García

Para Karla, en su cumpleaños
En vísperas del día doce de diciembre, las carreteras del país son recorridas por miles de peregrinos para visitar el santuario más importante de América Latina: la Basílica de Guadalupe.
Los participantes en la carrera de relevos que desde hace más de treinta años se organiza en Axochiapan, Morelos, fueron citados desde muy temprano el domingo para alistarse en el santuario de Jesús. La temperatura en este municipio colindante con Puebla no le hace honor a la previsión de los frentes fríos sobre gran parte del territorio nacional.

Mucho después de la hora prevista hacen su aparición en el atrio del templo los corredores, todos perfectamente uniformados con pants azul oscuro. Ordenadamente y en procesión se enfilan hacia la pequeña capilla guadalupana ubicada en la entrada de esta cabecera de municipio. La capillita es donación don Fausto Meneses, quien participó varios años en la carrera como paramédico junto con su esposa, enfermera. En esta ocasión lo hace sólo su hijo, el doctor Alberto Meneses.

Axochiapan celebra actualmente 460 años de su fundación. Un misionero, Fray Juan de Alameda, lo nombró San Pablo de Axochiapan. La etimología del nombre significa aproximadamente “nenúfares sobre agua”, por las flores acuáticas que tiene la laguna, escasa de aguas este año debido a la falta de lluvias. En la capillita se hace la oración de despedida a la Virgen y los corredores, cincuenta y siete en total, se dividen en tres equipos femeniles y tres varoniles, que se irán turnando a lo largo de casi 250 kilómetros de marcha hasta la ciudad de México.
Cuestión de fe
Es posible encontrar en todos lados la imagen de la Virgen de Guadalupe: en el parabrisas de los autobuses, en las camisetas y en los cuadros que cargan en la espalda los peregrinos o en las mantas que cubren las camionetas de redilas o autobuses que se ven en el camino.

La noche anterior a la salida, los participantes de la carrera cargan los estandartes y cuadros con la imagen de la Virgen de Guadalupe y salen en procesión de la casa de la mayordoma , doña Reyna Barreno, quien las ha resguardado durante todo un año. Se dirigen al templo de Jesús, donde escucharán una misa especial (y breve). Los precede un grupo de chinelos que bailan al ritmo de la banda y la tambora. El recorrido por la calle es anunciado con el lanzamiento de cohetes que explotan con gran estruendo, generando a gran altura un círculo expansivo de chispas de colores. El estallido de esos cohetes es tan fuerte que resultan aterrorizantes; producen una sensación peculiar de peligro, que a su vez recuerda los accidentes sufridos por explosiones accidentales. Esa es la razón por la que en el templo hay un letrero que sugiere no usar fuegos artificiales.

Durante la misa celebrada por el padre Miguel a manera de bendición de la carrera, los exhorta a dar testimonio de su fe, a saludar a los otros grupos de corredores de Axochiapan –en total hay cuatro grupos, mas uno de ciclistas- donde sea que se los encuentren, y a no tirar basura a lo largo del camino. Sabe muy bien por qué lo dice.

“Cómo no voy a ir a verla, si me cuidó a mi gordo de un accidente mortal” dice don Cándido, participante desde la primera carrera y hasta la fecha y uno de los coordinadores. Todavía recuerda con emoción, mientras me invita a cenar unas picaditas, la manera en que se encomendó a la Virgen morena cuando vio que su pequeño hijo iba a ser aplastado por una llanta suelta de un camión. Su reacción no pudo ser más rápida metiendo el brazo, y aún así su hijo sufrió fractura de tibia y peroné. Agradece a la Guadalupana que sólo fue eso y una costosa operación quirírgica de muchas horas.

“Dejamos todo, trabajo y familia, y nos vamos a verla”, comenta don Antonio Cueto. “Voy a la Basílica a dar gracias por mi hijo, pues cuando nació venía mal y le pedí a la Virgencita que le diera salud”. Algunos testimonios parecen pasar por alto la función mediadora que tiene la Virgen María de Guadalupe, de acuerdo con la catequesis católica, pues es a ella a quien se le piden los favores y no a Dios a través de ella.

En el camino
El grupo de corredores está formado en su mayoría por adolescentes, entre hombres y mujeres. Por sus actitudes se sabe que son alegres o desmadrosos, absortos, evasivos, tímidos, hay algunos que son novios; están también los dispersos y los atletas, o los que tienen mínima condición física. La carrera, no obstante, a todos les pasará la factura.

Avanzamos a buen ritmo, aunque las paradas son frecuentes. Al principio todo resulta divertido. Las chicas son las primeras en correr entre risa y risa, pero pronto el esfuerzo y el sudor anuncian una jornada dura, que conforme transcurre el día se va haciendo larga, eterna. Una chica delgada requiere de alcohol en la frente y manos porque se mareó, aún así no deja de sonreír. En su primer turno un joven robusto y alto recibe algunas curaciones en la rodilla raspada que se le hincha, luego de una caída. Quedan los dos fuera de la jugada por un rato.

El contraste entre los que tienen en turno correr y los que esperan a que les toque, es que éstos viajan en dos autobuses. El que transporta a los hombres es de modelo reciente y cuenta con aire acondicionado, tele y reproductor de dvd´s. Los chicos se dan vuelo y piden ver un par de películas, además de la final del fútbol. Algunas chicas aficionadas también aprovechan las paradas para ver e informarse del partido. La gran mayoría desde el principio estaba con el Guadalajara.

Antes del mediodía recorremos el libramiento de Cuautla y el calor comienza a hacerse presente. La diferencia entre una peregrinación y una excursión entre otras es el motivo que las originan. Pero hay de peregrinaciones a peregrinaciones. Las Cruzadas fueron efectivamente una peregrinación pero que perseguía el objetivo de reconquistar Tierra Santa, entonces en poder de los musulmanes, y no sólo visitar esos lugares venerados por igual por judíos, cristianos y musulmanes. Para estos últimos es incluso una obligación peregrinar aunque sea una vez en la vida a La Meca. Otro tipo de peregrinación se realiza como canal para la expiación de alguna falta grave o no, lo que es motivo suficiente para correr descalzo grandes distancias destrozando así los pies, como atestiguamos en Ozumba, o como antaño, para avanzar desde Peralvillo sobre las rodillas.

La gran mayoría de estos jóvenes corredores participan en la peregrinación por conocer la Basílica de Guadalupe y de paso la gran ciudad, porque los invitaron y porque saben que se sufre un rato pero se distraen y viajan.

Llegamos a Amecameca cerca de las cuatro de la tarde; el cielo ahí es nítido y el sol cae pleno, pero el viento es frío e invita a abrigarse. Luego de siete horas en camino se da un par para descansar y comer. A lo largo de la carretera hemos visto muchos peregrinos a pie, en carreras de relevos y en bicicletas. Es el momento ideal para visitar la iglesia y para probar la cecina y la pancita del lugar.

El descanso reconforta, y todos se declaran listos para continuar. A la altura del Bosque de los Árboles de Navidad el tránsito es lento debido a la venta de los arbolitos y la gran cantidad de puestos de adornos navideños. Lugares como El Conejo Loco rebosan de gente que quiere consumir los productos típicos: mixiotes, conejo adobado, café de olla. Hay también miel y amaranto. La noche nos cae encima, y el frío también. A la intemperie, si no se corre o por lo menos se camina, el frío entumece el cuerpo muy pronto.

Poco antes de las ocho llegamos a Chalco cuya carretera que conduce al entronque con la autopista muestra que el embotellamiento no es cosa exclusiva de la capital. Ante esta situación se avanza sin correr hasta la caseta.

En tierra de chilangos
La manda del Grupo de Relevos de Axochiapan es de tres años como mínimo, pero para otros que no peregrinan la manda es diferente: ofrecer café y alimentos gratis a los peregrinos que van por la carretera. Pasando apenas la caseta de cobro de la México-Puebla una familia calienta y sirve café en una enorme olla a todos los que lo apetezcan, también ofrecen mandarinas y son pocos los que dicen gracias.

Desde ese punto continúa la carrera. Nuevamente el tránsito se alenta y no hay indicios para pensar que se deba exclusivamente a las peregrinaciones que entran al DF, ya que esto es normal siempre en domingo. Una hora después llegamos a la avenida Zaragoza, la entrada a la tierra de los chilangos. Hay cualquier cantidad de gente acampando, durmiendo o caminando con sus mochilas a la espalda.

“Pinches chilangos son culeros, pero ahorita se están viendo chidos” exclama el chofer del autobús en tono de broma, al ver en las esquinas los múltiples puestos de sándwiches, café y pan que regalan desinteresadamente las buenas personas a los que van en camino y nosotros no somos la excepción, pues recibimos varias dotaciones. “Por lo menos una vez al año, gastan su buen billete” le contesta alguien. Me gusta pensar que seguramente ignoran mi origen y trato de imaginar las razones de nuestra mala fama, mientras como vorazmente un sándwich y una enorme concha.

A la altura de Guelatao, una imagen muy bien pintada de la Guadalupana en una pared da prueba de la devoción y la calidad de algún grafitero. Aquí el frío es mucho más intenso que en Amecameca y obliga a sacar los abrigos más gruesos.

El Boulevar Aeropuerto está convertido en un auténtico río vehicular, cuya corriente fluye muy lentamente o de plano se estanca. La razón de esta densidad contaminante no es, nuevamente, el peregrinar de muchos vehículos procedentes de Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Morelos o Oaxaca, que efectivamente confluyen en esta arteria, sino las labores que se realizan a mitad de vía, provocando un nefasto cuello de botella. Entre mentadas de madre y cerrones logramos pasar luego de casi otra hora.

Peregrinación o Calvario
Para muchos capitalinos la llegada de los fieles guadalupanos representa una molestia, precisamente por los embotellamientos que se producen, pero lo toleran porque ocurre “sólo una vez al año”. No así los vecinos de las colonias circundantes a la Basílica, que a veces para llegar a sus casas tienen que mostrarle a los policías que cierran sus calles alguna credencial donde aparezca su domicilio.

En Río Consulado, el atrio de una iglesia usado como zona de descanso por muchas personas cubiertas con cobijas presentaba un aspecto como de albergue de damnificados de algún huracán. Tal vez estarían mejor en el interior del templo, pero sus puertas estaban perfectamente cerradas.

Minutos antes de la medianoche llegamos al enorme estacionamiento en que estaba convertida la avenida Ferrocarril Hidalgo. Los dos autobuses y las tres camionetas en que veníamos lograron encontrar un hueco para estacionarse, pero desdichadamente tardaron más en acomodarse que algunas patrullas en llegar a correlos. Los policías esgrimieron el argumento de que, por quejas vecinales, no iban a permitir estacionarse a nadie ahí, cuando evidentemente había cientos de vehículos ya estacionados. “Son doce mil pesos de multa si les quitamos las placas a sus autobuses, mejor vayan a la zona industrial, a unas calles hacia Eduardo Molina” nos advirtió un oficial. Algunos peregrinos recordaron que hace un año le “pagaron” a los policías quinientos pesos para que los dejaran estacionarse. “Nosotros venimos en son de paz, a ver a la Virgen y nos encontramos a estos policías que abusan, en esto termina nuestro peregrinar, en un calvario” comentaron. Finalmente nos movimos y encontramos lugar en la calle de Pelícano.

A la una de la mañana, a contracorriente de los peregrinos, no me dio miedo caminar de regreso a casa. Agradezco profundamente la ayuda de Comunicación Social de la Basílica y a los Coordinadores del Grupo de Relevos de Axochiapan toda su generosa ayuda, especialmente a don Raúl y don Cándido.