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Tuesday, May 19, 2009

I Love You Man


Te amo, Brother

Ricardo Martínez García

Peter Klaven (Paul Rudd) es un insulso agente de bienes raíces que contraerá matrimonio con su bella novia Zooey (Rashida Jones), quien le sugiere que sería deseable que uno de sus amigos fuera su padrino de bodas. Lo que ella no sabe es que su novio carece de amigos. A partir de esa premisa se desarrolla una tragicomedia con situaciones realmente absurdas, sobre todo para la novia.
John Hamburg, director de esta cinta, es también el responsable del guión, rubro en el que participó en películas como Conoce a los Fockers (04) y Zoolander (01). La idea es resaltar la importancia no de encontrar un padrino de boda, sino en encontrar y valorar una verdadera amistad.
Peter no tenía necesidad de un amigo varón, pues los compañeros de trabajo que tiene no lo pelan, no así las mujeres, quienes se llevan de maravilla con él. Así, parecería que no había por qué buscar un amigo. Lo absurdo es que en el afán de complacer a su novia, Peter cae en situaciones verdaderamente extravagantes, como cuando concierta citas con hombres de diferente índole y con diferentes resultados (uno termina besándolo).
En una exposición de venta de una casa, propiedad de Lou Ferrigno (el popular e Increíble Hulk de la serie de televisión en los ochenta) y que organiza Peter, éste conoce a Sydney (Jason Segel), un gorrón que se dedica a ir a comer los bocadillos que se ofrecen en tales eventos, y comienza una amistad que crecerá cada vez más hasta que la propia Zooey se siente alarmada de la empatía de su novio y su nuevo amigo.
Sydney es el típico desocupado del que no se sabe cómo se gana la vida pero es un tipo con sentido del humor y con sentido común, además de una forma estrambótica y espontánea de ser, por lo que aparentemente choca con Peter, quien es rígido hasta decir basta.
Ese conflicto aparente distancia a Peter de Sydney justo cuando éste hace algo que revive la carrera en bienes raíces de su amigo. La única que se da cuenta del valor (de manera exagerada en la cinta) de la amistad entre ellos es precisamente Zooey, quien invita al incómodo amigo para que sea finalmente el padrino de boda de su novio.
Se trata de una comedia ligera, con un mensaje bastante humano pero manejado de manera un tanto exagerado y pretensioso, aunque no carece de momentos jocosos.

Monday, May 18, 2009

Las Flores del Cerezo


La Fugacidad de la Vida

Ricardo Martínez García

¿Qué hacer cuando aquel ser querido, amado, que ha sido parte casi inadvertida de nosotros mismos durante tantos años, finalmente muere y nos deja con nuestra soledad? Esa parece ser la cuestión que plantea la cineasta alemana Doris Dörrie en su cinta Las Flores del Cerezo, su más reciente trabajo, el cual la muestra como una directora consumada que maneja a la perfección los diferentes estilos dramáticos en una misma cinta.

La crítica social y los estereotipos de género que caracterizan a algunos de sus trabajos, como Hombres (Men, 85), Nadie me ama (Keiner Liebt Mich, 95) y ¿Soy Hermosa? (Bin Ich Schön, 98) dejan lugar ahora en Las Flores del Cerezo (Hanami Kirschblüten, 08) a un trabajo introspectivo, familiar, en el que la directora explora las relaciones ordinarias y habituales de una pareja, más que madura, de Rudi (Elmar Wepper) y su esposa Trudi (Hannelore Elsner).

El parecido entre los nombres de esta pareja, unida durante muchos años en matrimonio, da una idea de la compenetración tan grande que se tienen, que aunque grande no es absoluta. Trudi siempre ha tenido la intención de aprender un estilo de baile típico de Japón, conocida como Butoh, a la cual es muy aficionada, afición que en nada es compartida por su esposo.

La pareja tiene tres hijos, los cuales son mayores, independientes y poco apegados a sus padres. Incluso no saben qué hacer con ellos cuando los visitan. La disciplina del trabajo de Rudi y la sobreprotección hacia sus hijos de Trudi parecen ir en contra de lo que podría considerarse un amor filial normal y natural.

El desapego de sus hijos en realidad no es nada para Rudi, no así la muerte de Trudi, el cual es un golpe severo del que difícilmente se recuperará, y para lo cual prepara un viaje al Japón, tan solo para ver el Monte Fuji, como era el deseo de su esposa.

La cinta se convierte en una road movie que recuerda a la aclamada Perdidos en Tokio (Coppola, 03), pero más humana y cálida, sobre todo por la intervención de Yu, (Aya Irizuki), joven simpática y desinteresada que enseña a Rudi a “bailar con su sombra”. La empatía que logran Yu y Rudi recuerda a la de los personajes de Bill Murray y Scarlett Johansson en la cinta de la hija de Francis Ford Coppola, pero la trasciende y la rebasa con mucho.

El trabajo de Dörrie es redondo en cuanto a la gama de sentimientos que despierta en el espectador. El desapego de los hijos que raya en la grosería, la ironía de ciertos actos de la vida y hasta algunos momentos absurdos, como cuando Rudi se pasea por Tokio con la ropa de su mujer bajo el abrigo, le permiten a la directora plantear algunos importantes temas de reflexión sobre las relaciones humanas. El amor de pareja, el conocimiento personal asumido que en realidad no lo es, los verdaderos intereses no compartidos, la búsqueda del sentido de la vida cuando se pierde la confortable seguridad que se deposita en el otro, son algunos tópicos de esta conmovedora cinta.

El trabajo fotográfico de Hanno Lentz es digno de destacarse, ya mostrando el caos vehicular de Tokio, o su vida nocturna, (de la que Rudi se da una probadita, tan solo para darse cuenta de su soledad insoportable) y el contraste con plácidas escenas como la del Monte Fuji, o la tranquila y vetusta provincia que habitan Rudi y Trudi. El título de la cinta hace alusión a una noción filosófica de la vida: las flores del cerezo representan la fugacidad de la vida: en unos cuantos días las flores se abren, desprenden su polen y finalmente mueren. Así es también la vida humana.

Wednesday, December 03, 2008

La Duquesa

Las bajas pasiones de la alta sociedad

Ricardo Martínez García

La máscara de la más alta nobleza de la sociedad inglesa del siglo XVIII, levantada por gracia y obra de la literatura histórica, deja ver a los verdaderos seres humanos debajo de ella. Así lo hicieron algunos autores universales desde Shakespeare hasta Virginia Woolfe y en Francia Alejandro Dumas en su clásica trilogía Los Tres Mosqueteros, Veinte Años Después y El Vizconde de Bragelonne 1 y 2, entre otros.

La casi veneración divina que el pueblo británico le prodiga a sus nobles –actitud que se encuentra también en otras monarquías del mundo- resulta grotesca luego de observar la vida íntima, aceptada y asumida por sus propios miembros, y los pequeños detalles con los que se las gastan y gastaban los nobles señores, amos poderosos dueños de la vida y la muerte de sus súbditos, en gran contraste con los limitados actos permitidos a sus esposas o amantes.

La Duquesa es una cinta de época ambientada en la campiña británica a fines del siglo XVIII, fastuosa y minuciosa en su estética visual pero humana, demasiado humana en el aspecto moral y costumbrista propio de los aristócratas, caso específico del Duque de Devonshire, al que se consideraba el más poderoso de la Inglaterra de su tiempo y uno de los más claros ejemplares de hombre cuasi omnipotente producto del llamado absolutismo monárquico.

Basada en la novela histórica de Amanda Foreman Georgiana Duquesa de Devonshire, la cinta narra la vida matrimonial de Georgiana Spencer (una sorprendente Keira Knightley, ya lejos de su papel de pirata), mujer afamada por su belleza quien a instancias de su madre logra un matrimonio “ventajoso” con el frío e indiferente William Cavendish, quinto duque de Devonshire (un rígido y casi inexpresivo Ralph Fiennes), hombre inmensamente rico y poderoso.

La cinta apenas si trata de pasadita el hecho de que la duquesa tuvo cierta importante participación en algunos eventos políticos (como la formación del Partido Liberal), una destacada actividad como creadora y diseñadora de lo que llamaríamos ahora «imagen personal» y de relaciones públicas al servicio de algunos políticos, además de que era una auténtica socialité.

Dirigida por el cineasta británico Saul Dibb, La Duquesa se centra en el sufrimiento y el trato desigual e injusto que le prodiga su acaudalado esposo, a quien lo único que le interesa de ella es que le dé un heredero varón. Pero no le interesa compartir, ni conversar ni nada con su “esposa”. Y menos aún que ésta emita juicios sobre sus acciones.

En un acto de rebeldía, G, como le llaman sus amigos a la duquesa, decide aplicarle un poco de la misma sopa a su esposo al intentar conseguirse su propio amante, pero el duque le hace ver la fragilidad de su posición a pesar de ser su esposa. Ella apechuga amargamente ante la presión del duque y de su propia madre ante la perspectiva de perder de golpe los objetos de su amor maternal.

La película es muy buena en su efectismo, al grado de que nos hace sentir verdadera pena por la pobre niña rica, casi recluida en su gigantesco palacio pero mimada hasta el hartazgo y casi obligada a vivir con un marido muy paleto, pero además nos recuerda que aún las más ricas lloran y mucho por lo que más quieren, que son sus hijos, al grado de renunciar a su corazón de mujer en aras de su natural y casi divino amor de madre.

Los problemas que plantea la cinta son de carácter moral y doméstico pero con la salvedad de que son problemas aristocráticos. Nada fuera de lo común para la manera de pensar de la época, tan permisiva con los amoríos de los caballeros, a quienes les aterra ser el hazmerreír de la población o aparecer como los cornudos.

La película no alcanza a producir esa sensación de perversión que se hace patente en una película como La Educación Prohibida, o el desborde criminal de las pasiones como en Los Motivos de Luz, pues su efecto es más bien despertar indignación ante la inequitativa situación matrimonial avalada por los retorcidos valores morales socializados e hipócritas.

La trama parece un alegato contra el machismo, por muy noble y aristocrático que éste sea. Pero así se concebían y aceptaban esas situaciones entonces; ocurre que Georgiana era una mujer adelantada para su tiempo y sus hijos fueron el instrumento que se utilizó para regresarla a su época real. En realidad hay cosas que no cambian nunca: las bajas pasiones humanas aún en las altas esferas sociales.