Monday, October 22, 2007

Adrenalina Total

Solución final = Eliminación indiscriminada
Ricardo Martínez García


Las grandes películas de acción francesas, como Los Ríos de Color Púrpura 1 y 2 (que exploran las posibilidades y consecuencias de usar ingeniería genética con fines oscuros), Nikita o Nido de Avispas (donde se muestra el poder de la delincuencia organizada y la vulnerabilidad de los cuerpos policiacos), pocas veces pueden llegar a ser el preludio de una sombría realidad que nos alcanza más rápido de lo que se pudiera pensar. No es el caso de Adrenalina Total.

A finales del 2005 se produjeron en París una serie de disturbios realizados por habitantes de los llamados “barrios calientes” o suburbios del norte de la ciudad que arrojaron como resultado gran cantidad de heridos y detenidos, cientos de autos incendiados, así como escuelas y centros sociales y deportivos dañados.

Aparentemente la causa original de los motines fue la muerte accidental de un par de adolescentes el 27 de octubre de ese año, aunque por supuesto se produjeron manifestaciones en contra de las llamadas “Leyes de excepción” y la discriminación hacia los suburbios y los franceses de origen extranjero que viven en ellos, acusados casi siempre de realizar actividades delictivas.

Hubo incluso interpretaciones de esos hechos que señalaban el origen de una probable “nueva revolución francesa”.

Un año antes de tales eventos se filmaba en París Banlieue 13 (Adrenalina Total, 04) filme del director Pierre Morel con guión y producción del famoso Luc Besson.

Ubicada en el año 2010, la película presenta una ficción –que muestra la buena lectura social del guionista- sobre el estado criminal de uno de esos distritos “calientes” donde las autoridades oficiales han claudicado completamente en su función de poner orden y ofrecer servicios a la comunidad.

Tal distrito o barrio, confinado dentro de unos muros (al estilo del nada ficticio muro del oprobio en la frontera México-Estados Unidos), cuenta con una población de unos dos millones de habitantes, divididos abstractamente con el viejo maniqueísmo de los poderosos, como si fueran dos bandos perfectamente definidos: los buenos y los malos (en nuestro caso los simpáticos gringos del norte y los detestables mexicanos del sur).

Leito es un habitante que conoce tan bien como su mano el territorio de su enclaustrado y nativo Distrito, al que quiere lo más limpio posible de narcóticos. Tal deseo lo lleva a tirar por el caño varios kilos de coca que aparentemente le llegan a su casa por azar, pertenecientes a uno de los traficantes del barrio, quien al darse cuenta de la pérdida, ordena su captura con el fin de que pague la droga perdida.

Experto en escaparse, Leito (David Belle) logra evadir a sus perseguidores e incluso, ayudado por su hermana, capturar a Kruger (François Chattot), jefe de los narcos, pero al entregarlo a la policía (que no sólo había capitulado ya en la “guerra contra el narcotráfico” sino que cooperaba con ellos) sufre una previsible traición y él es encarcelado quién sabe por qué cargos mientras que su hermana es reclamada por el jefe narco, a la que convierte en su siempre drogada mascota.

La gran solución total que se les ocurre a los altos mandos militares-policiacos, representados por un Coronel (Patrick Olivier), para meter en orden a ese revoltoso distrito es eliminarlo totalmente, simulando el robo de un misil nuclear de baja intensidad, que luego aparece en el corazón del barrio de Leito.

El coronel comisiona a Damien (Ciryl Rafaelli), un agente experto en artes marciales, para que “recupere” la bomba, y con el fin de facilitar la misión lo unen a Leito –una vez liberado- para que lo guíe dentro del Distrito 13.

La pareja de hombres de acción (con persecuciones y muchas peleas que recuerdan algunas escenas famosas de películas de Bruce Lee, Jackie Chan, o Jet Li) dan batalla a los hombres de Kruger y logran llegar a donde está la bomba, tan sólo para darse cuenta de que todo el tiempo los han querido manipular, de que han sido los instrumentos, sobre todo Damien, de los cuales se han valido las autoridades para operar su “solución total”.

El final de la película es optimista, pues supone que la mínima conciencia social (encarnada en Leito, quien desea seguir viviendo en el Distrito 13 a pesar de su ambiente delictivo) se sobrepone al deber policiaco (representada por Damien, que a toda costa desea cumplir su misión sin hacer caso de los razonamientos de Leito) con el que se ha querido eliminar al barrio.

Así, la exposición ante los medios de comunicación de las negras intenciones del Coronel es la vía para el restablecimiento de los servicios sociales en el Distrito 13, el cual tuvo que ver en peligro su propia existencia para reintegrarse a la sociedad.

Se trata de una entretenida película de acción con contenido social, mucho menos ficticia de lo que podría suponerse, como lo han mostrado en los hechos las revueltas parisinas del 2005 y en otros planos más graves los verdaderos intentos de “soluciones totales” a lo largo de la historia (limpiezas raciales y formación de ghettos, campos de concentración o reservaciones, invasiones a territorios extranjeros con el pretexto de llevar a cabo guerras contra el terrorismo o contra el narcotráfico, y demás lindezas), que una y otra vez muestran lo peor de los seres humanos, tanto de un bando como del otro, y sus consecuentes víctimas.

Friday, October 12, 2007

Luz Silenciosa

La paz es más fuerte
que el amor
Ricardo Martínez García

El director, productor y guionista mexicano Carlos Reygadas presenta en su tercer largometraje, Luz Silenciosa (Stellet Licht, 06), la historia de amor entre un granjero y una propietaria de restaurante pertenecientes a la comunidad menonita de Chihuahua.


La película ha sido ganadora del premio del Jurado en el Festival Cinematográfico de Cannes, del premio Fipresci (la Federación Internacional de Críticos Cinematográficos) en Rio de Janeiro, y del premio Tequila del Festival de Morelia, entre otros.

Seleccionada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas para representar al país en los premios Oscar, la cinta cuenta con un extraordinario trabajo fotográfico, de sonido y filmación, en el que se nota la conducción madura de Reygadas.

Johan (Cornelio Wall Fehr), campesino y padre de familia, y su esposa Esther (Miriam Toews), junto con sus seis hijos forman una familia menonita que respeta su riqueza tradicional pero viven de una manera “moderna”, usando autos y electricidad.

Los menonitas llegaron a México en 1922, cuyos antepasados eran holandeses que vivieron en Alemania, Rusia, Estados Unidos y Canadá. Son una rama de los protestantes anabaptistas y reciben su nombre de Menno Simons un sacerdote católico que rompió con la Iglesia y con el protestantismo.

Son pacifistas y creen en la vida del campo, pero las ramas más ortodoxas tienen prohibido el uso de vehículos, la radio y la televisión, así como el tabaco.
Asentados en Manitoba, Ciudad Cuauhtémoc y otras colonias en Chihuahua (aunque hay menonitas en Tamaulipas, Zacatecas, Durango y Campeche), es en este estado norteño donde Reygadas encontró las bellas locaciones naturales para su filme.

La película abre con una toma nocturna de las estrellas y un horizonte con el amanecer despuntando.

La vida del campo, ordinaria, disciplinada y rutinaria parece resquebrajarse por un hecho insólito para la vida de Johan: vive enamorado de otra mujer llamada Marianne (María Pankratz). Esther sufre en silencio la infidelidad de su esposo, tratando de vivir lo más normal posible ante estas circunstancias.

Un hecho interesante, resultado de la convicción o de la fe de los miembros de la comunidad acerca de que sólo pueden ser responsables de sus actos ante Dios y ante sí mismos, es que Johan le hizo saber a su mujer desde el principio que tenía una relación con Marianne.

Johan no se siente bien respecto a su doble vida, a pesar de su religiosidad y de su idea de que la situación que vive con Marianne no es cosa del maligno, sino de Dios; por ello busca consuelo con Zacarías, su confidente y mecánico. Zacarías le dice que es bueno que haya encontrado a su “mujer natural”. También busca la ayuda de su padre, quien ante la situación le dice que tiene que optar por alguna de las dos mujeres o perderá a ambas.

Los amantes buscan ocasiones para mostrarse su amor, pero luego de dos años de relación “secreta”, ambos se ven empujados a tomar decisiones importantes.

Con el pretexto de ir a entregar algún producto al restaurante de Marianne, acompañado de dos de sus hijos pequeños, a quienes debe llevar al dentista y luego abandona un rato, Johan tiene un encuentro amoroso en un motel con Marianne. Al final ésta le dice que ésa fue la última vez que estará con él, y añade que “la paz es más fuerte que el amor”.

La actitud ausente que adopta Johan en su casa mortifica más de lo debido a Esther. Entonces deciden hacer un viaje juntos, dejando a los niños a cargo de la hija mayor. Durante el trayecto, con una conversación carente casi por completo de inflexiones –así son los diálogos durante toda la película- ella primero llama “puta” a Marianne y luego la compadece, algo que también había hecho ésta a propósito de Esther. “Pobre Esther”, le dice a Johan cuando estaban en el motel.

Por su parte, Johan habla de sí mismo como si se tratara de alguien más. Esther empieza a sentirse mal, se queja de un dolor en el pecho y le pide a su esposo que pare el auto. Sin importarle el clima, baja y se deja dominar por el llanto, en medio del torrencial aguacero. El dolor en el pecho es un aviso de un ataque al corazón y Esther muere en el campo, al lado de unos árboles.

Con la muerte de su esposa, Johan llora sinceramente ante la pérdida de su compañera, a la que ciertamente amaba, pero es con su desaparición que toma conciencia de ello.

Luego de las oraciones y los rituales funerarios, y de la preparación del cuerpo llevado a cabo por las mujeres de la familia, Johan se sume en una especie de sopor, del cual sale cuando tiene que recibir la visita de Marianne, quien le pide conocer a Esther antes de que la entierren, después de escuchar a Johan decir que daría todo por que las cosas fueran como antes.

El cuerpo de Esther yace en un cuarto blanco lleno de luz, una luz silenciosa, blanquecina, lechosa y pacífica. Marianne se planta a un lado del cadáver, se inclina para darle un beso en la boca, como insuflándole un aliento de vida y se levanta dejando unas lágrimas en la mejilla de Esther. Y entonces se produce un milagro: Esther comienza a abrir los ojos, ve a su rival de amores al lado y le dice “gracias Marianne”.

Dos de las hijas de Esther entran para ver a su mamá, la ven despierta, la saludan y una de ellas va a decirle a Johan que su mamá está despierta. En eso aparece Marianne y sin despedirse de nadie se va de la casa. “La paz es más fuerte que el amor”, había dicho.

Los premios a la película hablan por sí mismos y son más que justificados.

Con el director
Carlos Reygadas comentó, durante una conferencia de prensa en un hotel de la Condesa, que para él la película trata de mostrar cómo actuar de la mejor manera cuando amas a alguien. Añadió que escogió como lugar de filmación esta comunidad menonita porque ofrecía un contexto muy bello y perfecto, donde sus habitantes viven prácticamente sin la división de las clases sociales, lo que permitió exponer una problemática casi universal.

Por su parte, el actor Cornelio Wall Fehr, quien interpreta a Johan y es menonita pero no ortodoxo, dijo que luego de la película aprendió a amar más al prójimo, “aprendí qué es el verdadero amor”. Señaló que es la primera película en la lengua que su comunidad habla, algo así como plot, que es una mezcla de alemán, inglés y un poquito de español.

Reygadas una vez más trabajó en esta película con actores no profesionales porque considera que son lo más cercano a la vida real. Los actores profesionales según su visión, “sobreactúan” cuando actúan, sobre todo en el teatro. “La cámara de cine es tan fidedigna que no necesita actuación, la actuación siempre es sobreactuación”.

Para Reygadas el trabajo de interpretar qué es lo que al final propone su película es tarea del espectador. “Mi trabajo es intuitivo, emocional, y muchas cosas que filmo tienen un significado que no está siendo pensado”. Por ejemplo, en la escena donde está el cuerpo de Esther en el cuarto blanco lleno de luz, es “como si la luz generara los milagros”.

Para finalizar, el realizador dijo a pregunta expresa que el arte en el cine consiste en “entrar en contacto con las cosas en sí mismas”, como en busca de lo verdadero de ellas.

Catacumbas

¡Broma de pesadilla!
Ricardo Martínez García


Victoria vive los momentos más espantosos de su vida al visitar a su hermana Carolyn, que estudia en París. En su primera noche en la capital francesa, Carolyn la lleva a una fiesta la cual, según ella, le cambiará la vida.

El reventón se realiza en algún lugar del subsuelo de la ciudad, la que se dice fue edificada sobre los restos de cientos de cementerios. Pero la fiesta no es, de ninguna manera, algo que pudiera divertir a Victoria.


David Elliot, conocido por su trabajo como guionista en The Watchers (00) y Four Brothers (05), entrega en Catacumbas (06), su segundo trabajo (el primero fue Nothing Sacred, hace ya una década) como director, una cinta que oscila entre el thriller sicológico y la clásica cinta de terror.


A pesar de que el guión es un trabajo conjunto con Tomm Coker, la trama no logra cuajar ni del lado sicológico ni del terrorífico, y tiene el defecto de explotar al máximo las situaciones absurdas en las que incurre la protagonista.


Víctima de una fuerte farmacodependencia, Victoria (Shannyn Sossamon) tiene una tendencia a la tranquilidad y la pasividad. Si de ella dependiera, se quedaría a dormir en lugar de irse al antro. A pesar de eso, Carolyn (Alecia Moore) insiste y la arrastra con ella hasta un lugar bajo las calles, oscuro, lleno de pequeños y laberínticos túneles, cuyas paredes están atiborradas de cráneos y huesos humanos.


Los organizadores de esos eventos son dos amigos de su hermana, Jean Michel (Mihai Stanescu) y Hugo (Cabral). Jean Michel señala, como anfitrión de la fiesta, que lo especial de ésta consiste en hacer sentir a cada uno la inminencia de su muerte, lo que, en el mejor de los casos, podría hacer que vivan mejor sus vidas.


A todas luces ella está en la fiesta como pez fuera del agua, soportando primero un ambiente típico de música bailable a gran volumen, y después escuchando historias macabras de Jean Michel, sobre cómo se habrían formado algunas sectas satánicas y la artificial producción de un anticristo.


Es entonces cuando comienza la pesadilla para Victoria: se asusta con las historias de Jean Michel y sale corriendo hacia ninguna parte; su hermana la persigue tan solo para caer fulminada de un aparente hachazo en el cuello; Victoria naturalmente termina por extraviarse en los oscuros túneles.


La protagonista de esta cinta (que difícilmente ganará algún premio a la mejor actuación, gracias en parte al trabajo de dirección) demuestra lo inútil –y desesperante para el espectador- de los gritos y peticiones de que la dejen en paz en un lugar así.


Victoria muestra también que el brutal instinto de supervivencia está presente aún en una frágil y delicada mujer como ella, pues en su extravío se encuentra con otro perdido, abandonado también en los túneles, al que también ella abandona, herido, arrebatándole un mapa que no sabe usar, en su afán por salir de tan lúgubre lugar.


Algunos detalles de la película de tan absurdos resultan exasperantes. Por ejemplo, rogarle e implorarle a una lámpara que no se apague cuando se ha quedado sin batería, o gritar interminablemente –como si estuviera en la montaña rusa- cuando el hombre cabeza de chivo la persigue y pedirle que “la deje en paz”, son cosas que resultan tan estériles como patéticas y enojosas.


Otro detalle lo ofrece la protagonista, que no aprovecha la incursión de unos policías para salir y ponerse a salvo. Incomprensiblemente se desmaya o algo le ocurre y cuando despierta se da cuenta de que está sola y abandonada.

Luego de mil peripecias, Victoria es hallada por su propia hermana, que no estaba muerta, y por los amigos de ésta. Le explican que todo lo ocurrido era una broma y que luego de que ella saliera corriendo y se perdiera en la oscuridad, ellos habían intentado encontrarla, pero que la llegada de la policía lo había impedido.


La reacción de Victoria es –ésta sí- comprensible ante la magnitud del “chascarrillo”.


A la luz de la revelación de que las experiencias terroríficas de Victoria fueron producto de una broma, el espectador puede pensar con toda naturalidad que la película es también una tomada de pelo por parte de los realizadores. Broma pesada y de mal gusto.


Catacumbas es una película sólo para los amantes del género, que están dispuestos a realizar las mil y una concesiones que hay que hacer ante la falta de sentido común que Victoria exhibe.

Tuesday, October 02, 2007

Supercool

¡La divertida alcoholescencia!
Ricardo Martínez García

Tres adolescentes preparatorianos pasan los momentos más excitantes de sus vidas al tratar de conseguir bebidas alcohólicas para una fiesta y quedar bien con la anfitriona y sus amigas.

Seth es el típico adolescente neurótico, rechoncho y malhablado, obsesionado con el sexo y frustrado por su escaso éxito con las mujeres y convertido en centro de humillaciones que sólo cuenta con la amistad de Evan, más centrado pero igual de tímido con las chicas, y de Fogell, el más ñoño de los tres.

A pocos días de graduarse de la High School, los muchachos viven vertiginosa y angustiosamente los últimos días escolares, conscientes de que sus sueños sexuales de prepa están por irse. Pero su gran oportunidad llega cuando Fogell consigue una tarjeta de identificación falsa de Hawai, en la que se hace llamar McLovin.

Lo mejor de Superbad, filme titulado en “español” con el anglicismo Supercool, del director Greg Mottola –conocido por su trabajo en las series de televisión Undeclared y Arrested Development (donde debutó Michael Cera)- comienza cuando el trío intenta comprar las bebidas para la fiesta.

Fogell-McLovin (Christopher Mintz-Plasse) es comisionado para la tarea; se presenta en una tienda, y todo parece ir bien hasta que comienza a alardear de que bebe un tipo de cerveza desde hace mucho. La cajera sospecha y le pide su identificación, justo cuando un ratero le pega sorpresivamente un golpe y roba el dinero.

Al reporte de asalto llegan un par de policías a quienes sólo les falta como compañero el Jefe Górgory, el de Los Simpson, pues son tan parecidos a ellos: beben en servicio, tergiversan una y otra vez los hechos, usan la sirena sólo para jugar, le prestan a McLovin una pistola, luego de ofrecer llevarlo a su casa, etcétera.

Los gags que sostienen estos polis de pacotilla son en verdad hilarantes. Uno de ellos comenta riendo inocentemente que antes de entrar a la corporación creía que en las investigaciones de escenas del crimen (alusión contundente a las series CSI) siempre era posible encontrar semen “con el cual identificar a los delincuentes”. Así, si hubiera un archivo de semen, sería fácil localizar a cualquier malhechor.

Evan (Michael Cera) y Seth (Jonah Hill), al ver a su amigo interrogado por los policías creen que ya fue arrestado, por lo que buscan desesperadamente otro plan de acción. En esas están cuando Seth es atropellado por un auto en reversa, cuyo conductor los convence de pagar el daño consiguiendo alcohol para ellos, entonces los lleva a una fiesta en la que no sólo hay alcohol sino drogas duras a granel.

En la fiesta Evan y Seth vivirán cada uno su After Hours particular, en una especie de homenaje a Scorsese, que a momentos parece demasiado amenazador para los muchachos.

La película cuenta con un aire bastante ligero, pero puede ofrecer material para la reflexión, si puede uno hacer tal cosa mientras se carcajea.

Desde siempre el alcohol ha sido una vía de acceso a comportamientos desinhibidos, un punto de comunión (los aplausos y hurras que Seth recibe cuando finalmente llega con las bebidas a la fiesta, o los policías que narran partes tormentosas de sus vidas en la barra de un bar son una pequeña muestra), una manera de iniciar –y continuar, diría Rafael Tonatiuh- la vida social.

Parece que la iniciación a la vida sexual está conectada casi siempre con las primeras borracheras, como lo muestran estos adolescentes y podrían constatar los estudiantes de bachillerato en general.

En México es muy fácil para los menores de edad comprar y consumir alcohol, por más redadas que se hagan en antros, y en los Estados Unidos no es más difícil, como sugiere Seth cuando le dice a Fogell que “cientos de chicos están comprando ahora mismo bebidas con identificaciones falsas”.

El final de la película, no obstante lo anterior, propone que entre los adolescentes siempre va a haber algunos más prudentes que otros. Seth se quiere dar de topes en la cabeza cuando la bella Jules, objeto de su deseo y anfitriona de la fiesta, le dice que no quiere besarlo porque está borracho.

En cambio Evan, en plena cama, le pide a una ebria Becca (de quien ha estado enamorado largo tiempo) que se lo piense mejor, y ésta le vomita encima.

McLovin por su parte termina también en la cama con una linda chica, pero sufre un coitus interruptus gracias a los policías que lo andan buscando, pero que luego le confiesan haber simpatizado con él (“nosotros también fuimos adolescentes; sí nos sabemos divertir”) y lo toman bajo su protección.

También, aunque de manera velada, la cinta parece querer mostrar el valor de la amistad, o de su pérdida. Al día siguiente de la fiesta, Seth y Evan se encuentran casualmente con Jules y Becca en un centro comercial y los amigos se separan para irse cada uno con su pareja. La mirada que ambos se dirigen mientras se separan es una mirada que presagia grandes cambios en sus vidas, justo cuando habían aceptado mutua y completamente su amistad.

Se trata de una película que seguro arrancará carcajadas sobre todo de la audiencia a la que está dirigida y a varios que ya dejaron de ser adolescentes desde hace mucho. A otros les recordará sus divertidas andanzas de iniciación, que terminaban en los lugares más extraños y con gente a la que nunca vuelves a ver, en situaciones que iban de lo ridículo a lo vergonzoso; a otros tal vez les recordará el origen de sus excesos. Ni modo, también fuimos adolescentes.

Friday, September 28, 2007

El Buen Nombre

De la tradición sólo lo mejor
Ricardo Martínez García

Una pareja recién casada de hindúes bengalíes emigran a los Estados Unidos y viven un choque cultural en el que sus hijos se adaptan mejor, aunque su identidad cultural surge en los momentos más duros de su vida.

La cineasta y socióloga Mira Nair (57), originaria de Nueva Delhi, conocida por sus cortometrajes, documentales, por su primera cinta Salaam Bombay y además por La Familia Perez y Missisipi Masala (con Denzel Washington), presenta en The Namesake (El Buen Nombre, 06) una cinta costumbrista y atractiva por varias razones: es la narración del inmigrante hindú recién casado Ashoke y su esposa Ashima, que se trasladan de Calcuta a Nueva York y que se tienen que adaptar forzosamente a la nueva cultura pero sin perder su identidad.

Su primer hijo nace en Nueva York, por lo que se les pide den un nombre para el acta de nacimiento; la costumbre de esta familia bengalí es darle al niño un nombre o apodo provisional, mientras se decide su “buen nombre” lo cual puede tardar años. Ante la premura del momento, su padre decide ponerle Gogol, en honor a Nikolai Gogol, autor del libro que leía cuando, siendo joven, viajaba en un tren que se accidentó. Los rescatistas lograron ver el libro manchado de sangre que agitaba trémulamente su mano, y por eso para él ese nombre significaba algo más que un literato ruso esquizofrénico.


Al ir creciendo, Gogol reniega, ante las burlas que causa entre sus compañeros de escuela, de su nombre oficial y adopta el de Nikihil, su “buen nombre”. Su padre le explica por qué le puso Gogol, pero es hasta que éste muere que se da cuenta del significado completo que su padre puso en él.

La universalidad del fenómeno migratorio que vive esta familia (que se enfrenta raramente a muestras de xenofobia o discriminación racial) recuerda fuertemente al caso de los millones de familias mexicanas que viven en los Estados Unidos. Con tintes más humorísticos y de denuncia ante la corrupción de algunas autoridades migratorias y policiacas mexicanas, la película Bienvenido Paisano (06), dirigida por Rafael Villaseñor Kuri y protagonizada por Rafael Inclán y María Sorté, presenta a unos inmigrantes mexicanos que logran con grandes esfuerzos establecerse y criar a sus hijos en algún lugar de los Estados Unidos que regresan de vacaciones a México. Como en The Namesake, los hijos son los primeros en renegar de sus raíces, pero terminan aceptándola al final, siendo su hija mayor la que se rinde ante un guapo primo mexicano.

La película de Nair profundiza mucho más en los sentimientos, las pasiones y los deseos de sus personajes. Su narración va de una generación a otra, primero se centra en la vida del nuevo matrimonio, luego en la evolución de Gogol, aunque extrañamente omite la de su hermana menor, de la que no se sabe si tuvo un “buen nombre” o si sólo aplica a los hijos varones.

La tristeza y soledad de Ashima, luego de la muerte de su esposo, encuentra una conclusión feliz al regresar a Calcuta y proseguir con sus estudios de canto, a sus cuarenta y cinco años. Su hija menor también encuentra el amor en un hombre no bengalí. Gogol, por su parte, antes de la muerte de su padre, tiene una novia rubia, anglosajona y de mente abierta llamada Maxine, pero rompe con ella cuando la excluye de los ritos y ceremonias fúnebres de su padre.


Ante la depresión que lo anterior le genera, su madre le aconseja seguir su vida, reconciliarse con Max, o llamarle a una chica bengalí soltera, quien había estado a punto de casarse pero su boda se frustró. Nadie pregunta la razón de esto, y menos él, quien al comenzar a salir con ella se topa con una exuberante y sexy mujer; naturalmente se enamora rápidamente de ella y se casa según su tradición, pero su pasado le pasa factura (en forma de recuerdos de un ex amante francés) y el matrimonio se va a pique.

Una de las constantes de Mira Nair es mostrar en sus películas el drama humano como una odisea por la vida. Lo hizo así en su primera película Salaam Bombay (88) que significa “Saludos, Bombay”, en la que narra la odisea de un niño que es arrojado de su hogar, se une a un circo que lo abandona en un lugar lejano, luego forma parte de un grupo de niños de la calle, se vuelve vendedor de té, y otras peripecias más. Todo lo que desea este niño es regresar a casa con su madre. La obra, me parece, tiene ciertas referencias al estilo literario de Rudyard Kipling en su libro Kim.

Otra odisea familiar es la que vemos en La Familia Perez (95), una familia cubana cuyo padre, Juan Raúl Pérez, luego de salir de prisión intenta reunirse con su esposa e hija que ya han huido hacia Florida, pero en una confusión al llegar a la costa, los oficiales de inmigración creen que la mujer con la que viene Juan es su esposa, pero en realidad es una prostituta que intenta rehacer su vida. Juntos, intentarán establecerse, uniéndose a otros inmigrantes con los que fingen ser familia. La cinta cuenta con las actuaciones de Alfred Molina, Anjelica Huston, Marisa Tomei y Chazz Palminteri, entre otros.

El Buen Nombre es un filme interesante, con ritmo, centrado en los pequeños pero importantes y cotidianos dramas humanos, pero sin caer en excesos, que conducen a revalorar las manifestaciones culturales propias y las adquiridas. Como la gran mayoría de las películas de su directora (egresada de Harvard como socióloga), representa una excelente opción ante las comedias de corte Hollywoodense.

Saturday, September 22, 2007

eXXXorcismos

Metafísica del amor traicionado
Ricardo Martínez García


¿Hasta qué punto los elementos sociales –la familia, las instituciones, las creencias, los prejuicios- condicionan nuestros comportamientos sexuales, nuestra conciencia y nuestra culpa? Estas son las principales premisas de la trama de eXXXorcismos (02-05), filme digital de Jaime Humberto Hermosillo, que se dio cita en la Cineteca Nacional el jueves 20 para presentarla. La película se exhibirá hasta el día 26 de septiembre.

Un tema recurrente en el trabajo de Hermosillo es la sexualidad y sus problemas, sus placeres y sus sufrimientos. Este filme trata sobre la culpa que siente Marco Antonio (Alberto Estrella) luego de haber vivido un amor adolescente y homosexual con Pedro (Juan José Meraz) veinte años atrás, carga con una culpa que no lo deja vivir.

Más que un exorcismo al fantasma de Pedro, que se suicidó después de enfrentar a sus padres, según se va descubriendo a partir del soliloquio de Marco Antonio, lo que éste necesita es explicar, confesar o justificarse ante el espíritu de Pedro –en un tinte muy metafísico-erótico de la película- acerca de su propia cobardía, que fue no haber aceptado y asumido su naturaleza homosexual, además de reconocer hasta dónde llegó su participación activa en el suicidio de Pedro.

Marco Antonio le platica a Pedro, o al fantasma que se aparece de él en el famoso Pasaje Iturbide del Centro Histórico de la Ciudad, que, luego de sus experiencias de adolescente, conoció a una mujer, se casó, tuvo dos hijas y que es feliz con el “sexo tranquilo” que tiene con su esposa. Pero la presencia vívida y amorosa de Pedro en su memoria (“¿De dónde tanta creatividad erótica, dónde aprendiste tanto?”) y a quien ve reflejado en los aparadores, le recuerda cómo fueron en realidad las cosas: fue Marco Antonio quien propuso el pacto suicida, sin tener verdaderamente la intención de cumplirlo, aquejado por sus conflictos con los padres de Pedro, que querían meterlo a la cárcel por “pervertidor de menores”; también queda claro que fue Pedro el único que sí había enfrentado tales conflictos, y que decidió cumplir el pacto al tener la convicción de que Marco Antonio tarde o temprano lo dejaría solo.

Marco Antonio, confrontado así por su conciencia encarnada en la figura de Pedro, no puede más y se confiesa sus propias mentiras: no es casado ni tiene hijas ni mucho menos es feliz, y llega a la conclusión de que tiene que elegir entre seguir una vida llena de mentiras y seguir viviendo sin gozar de la presencia de Pedro. “De seguir mintiendo y no tenerte prefiero la nada” exclama, dirigiéndose a un inaprensible Pedro, y profiere una letanía de expiación: “canto trágico, consúmeme; canto triste, auxíliame”, o algo parecido. Luego, procede a cumplir el pacto, tardía pero conscientemente, y entonces se muestra la sangre derramada, la sangre sexual, desnuda, carnal.

La película es sugerente o directa según se necesita: la confesión de Marco Antonio nos conduce a través de un hilo narrativo que apela a nuestra imaginación; por otro lado, muestra escenas sexuales explícitas y a veces disimuladas con el recurso de tomarlas fuera de foco, como las que muestran a Marco Antonio y Pedro enzarzados en frenética actividad sexual. La música crea un adecuado ambiente de misterio y revelación, de intimidad.

Con el director
Jaime Humberto Hermosillo dijo, luego de la función de su película, que ésta había sido concebida “como un impulso creativo y ganas de trabajar con pocos recursos, cuya semilla estuvo latente por más de cinco años”, y señaló que la película plantea que “incluso las personas que ejercen una sexualidad distinta, no tradicional, también pueden tener conflictos entre ellos”.

Para el director de películas como La pasión según Berenice, La Tarea, Doña Herlinda y su hijo y María de mi corazón, una de las ventajas del formato digital es que permite mayor inmediatez en la grabación. “Estoy trabajando en guiones, siempre estoy interesado en eso, pero hay ciertos asuntos que puedo escribir con las cámaras. Por otra parte, en esta película nada fue improvisado aunque no hubiera un guión escrito, lo que sí había era grabaciones de los ensayos de los actores, que les permitieron ver y corregir sus escenas”.

Respecto al formato digital con el que se grabó la película, el realizador señaló que actualmente se cuenta con proyectores cuya luminosidad y resolución ha mejorado muchísimo. Del mismo modo, sugirió a los estudiantes de cine que experimenten con los medios a su alcance pero que no se olviden de que lo que hay que ejercer es la creatividad.

“Nunca ha sido fácil, pero en México se siguen haciendo buenas películas, talento hay mucho, afortunadamente” respondió, a pregunta expresa, el cineasta cuyo trabajo ha sido comparado con el de Pedro Almodóvar. “Creo que hay similitudes con Almodóvar, pero en todo caso hay más similitud temática con Rainer Werner Fassbinder; las coincidencias que se dan con otros cineastas a mí me dan gusto, pues los temas (que abordamos) son universales”.

Siempre amable y sonriente, el director y guionista de 65 años nacido en la conservadora ciudad de Guadalajara, comentó acerca de la aprobación, hace ya casi un año, de la Ley de Sociedad de Convivencia para el Distrito Federal y expresó que “Es un avance muy importante para nuestra sociedad; esta película plantea precisamente que la oposición de la sociedad a una sexualidad distinta trae consecuencias lamentables”.

Saturday, September 15, 2007

Sak Tzevul


Un grupo más de chavos
Ricardo Martínez García
El grupo de rock tzotzil Sak Tzevul se presentó el jueves 13 en el Museo Nacional de Antropología, en el marco del Tercer Foro de Música Tradicional y Procesos de Globalización, evento organizado como parte de la XIX Feria del Libro de Antropología e Historia.


Para esta banda, compuesta por los hermanos Damián (guitarra líder, voz y flautas) y Francisco Martínez (batería), Pedro Pérez (bajo eléctrico) y Julián Hernández (guitarra), tocar rock con letras en tzotzil y otras lenguas indígenas chiapanecas representa una muestra de identidad con su gente, con su pueblo.


“Tocamos rock como una necesidad de expresarnos; el rock es un medio que se puede digerir rápido”, dijo Julián Hernández al presentar un video con material de su primera grabación, Muk Ta Sotz (Gran Murciélago).


Si lo que desea el grupo es expresarse, no lo está haciendo por los conductos necesarios: cantar rock en tzotzil es como cantarlo en ruso, al menos para fines de comunicación; es más fácil entender algo si cantan en español o inglés. El deseo de preservar su lengua es loable, pero de esa manera no logran el objetivo de expresarse de manera comprensible, al menos para la gran mayoría de mexicanos que no hablan su lengua.


El grupo tiene como característica presentarse ataviados con las ropas típicas del pueblo tzotzil: sombrero de paja con cintas multicolores, camisa y calzón de manta, una especie de capa multicolor y huaraches al estilo azteca.


“Nos vestimos así porque es nuestra ropa; allá en el pueblo algunos chavos ya no quieren vestir así ni hablar nuestra lengua, pero nosotros creemos que ser indígena no se quita con cambiar de ropa”, expresó Damián, quien señala que no mezclan su música con la política pues su quehacer es “activismo cultural”.


A lo largo de sus diez años de existencia, el grupo ha cambiado de miembros, siendo Damián el único original, quien cuenta con estudios de guitarra clásica; además es el principal compositor de las letras del grupo. En entrevista para Milenio-El Ángel Exterminador explica que las temáticas que aborda son la migración, la discriminación, los mitos propios de los tzotziles, “como el del jaguar que avanza por la selva, lento, suave, cadencioso y peligroso”.


El representante del grupo, Ulises Fierro, comenta que cada uno de estos jóvenes (cuya edad oscila entre los 19 y los 27) ha debido enfrentar, para poder andar de gira, desde amenazas de suspensión escolar hasta rechazo en sus familias, a quienes no les gusta la idea de que sus hijos sean roqueros. La razón es que sus padres y abuelos eran músicos populares, que con sus guitarras, violines y tambores hacían música tradicional, por lo que ven mal que estos jóvenes toquen con guitarras eléctricas y batería.


Pedro, bajista de 20 años, señala que lo que le llama de estar en la banda es que “No busco ganar fama sino abrir nuevos caminos a nuestros hermanos indígenas”.


¿Rock indígena?


El video que presentaron durante la inauguración del Foro muestra un collage de imágenes de la montaña, de niños indígenas jugando, de una presentación del grupo en un escenario bien iluminado y de momentos ceremoniales indígenas.

En el escenario, durante su participación en el Museo de Antropología, el grupo se muestra tímido, casi inmóviles ante unas cien personas, y despliega un rock de sonido limpio, que denota sus horas de ensayo. Pero también es un rock plano, sin matices, que por momentos sugiere la idea de que interpretan música como de fondo para documental antropológico, pero no para prender a la concurrencia.


A pesar de lo que sostienen sus integrantes, no hay nada, o muy poco, que haga pensar que es rock indígena, salvo el hecho de que cantan en una lengua desconocida para la gran mayoría. Aunque usan eventualmente algunos instrumentos como pitos y sonajas, no hay una clara fusión de instrumentos eléctricos con los típicos usados por los indígenas, sean precolombinos o no.
Las influencias musicales que reconocen van de Pink Floyd a Lacrimosa, pasando por el Tri.


Pero inexplicablemente parecen no conocer a Jorge Reyes, músico sobresaliente que, con álbumes como El Costumbre o Bajo El Sol Jaguar ha sabido navegar a través de la fusión étnica y el tecno-tribal.
La intención de mantener viva la cultura indígena, en este caso de Zak Tzevul, debe utilizar al rock de tal modo que el mensaje sea inmediato, ya sea por la música, por las letras o por ambas, inmediatez que no alcanzan debido precisamente a que el escucha necesita saber de qué hablan o qué es lo que están cantando, que sin duda contiene gran riqueza de evocación de metáforas que hablan del espíritu de la tierra, o del canto al sol, pero que al ser interpretadas en lengua tzotzil, la inmediatez pasa a ser mediada por la lectura de algún texto que explique lo que cantan.


La singularidad de Sak Tzevul es que tocan rock y cantan y visten de tzotziles, que desean expresarse y reafirmar su identidad indígena, pero en este mundo con procesos de globalización profundos –tal como se ha visto precisamente en el Tercer Foro de Música Tradicional y Procesos de Globalización-, se tienen que utilizar los instrumentos o las reglas del juego que permitan la interacción y la comunicación global de manera eficaz. La comunicación tiene que ser inmediata y, si se puede, agradable, algo que el escucha comprenda de inmediato.


Con apenas dos años con la formación actual, Zak Tzevul realmente está en sus inicios. El vocalista Damián señala que son “un grupo más de chavos”, pero no se han dado cuenta de su verdadero potencial, sólo hace falta ampliar su visión musical, un poco de creatividad y colaboración, y mucho, mucho trabajo. De esa manera dejarán de ser una banda de chavos más.

Saturday, September 08, 2007

Nada es lo que parece

El gran engaño
Ricardo Martínez García


En la guerra y en el amor todo se vale; por otra parte, todos somos animales de hábitos, de costumbres y de instintos, la cultura y la civilización son meras apariencias, pues en el fondo en las sociedades solo hay cazadores y presas; tales parecen ser las premisas de The last time (El gran engaño, 07), del director debutante Michael Caleo.

Jamie, un soso e inepto vendedor (Brendan Fraser) ingresa a Bindview, compañía que comercializa productos muy rentables en Nueva York, con una supuesta fama de gran vendedor, y es asignado como compañero del vendedor estrella, el pedante y grosero Ted Riker (Michael Keaton), de quien depende mayormente la salud económica de la empresa.

El trabajo de Jamie es tan malo que Ted comienza por despreciarlo, luego siente lástima por él, que se convierte en aparente empatía cuando conoce a Belisa (Amber Valleta) la prometida de Jamie. De manera casi natural, Ted se enamora poco a poco de Belisa hasta que termina por dedicarle gran parte del tiempo y olvida su trabajo como vendedor, sin importarle que la empresa quiebre gracias a su displicencia.

La película arranca con paso incierto y, si no fuera porque el público espera que se desvele el truco detrás de la inexorable caída de Ted (por algo la película se titula en español El gran engaño, pues se sugiere tal cosa y entonces se quiere saber en qué consiste), los espectadores deben armase de paciencia o marcharse del lugar.

La actuación de Fraser es tan convincente en su papel de inepto e ingenuo vendedor fracasado que más que lástima da risa verlo argumentar a los clientes que pronto se va a casar y que por ello necesita hacer una venta. Keaton, por su parte, nos convence de que es un verdadero tiburón de las ventas, utilizando como estrategia la agresividad y la iniciativa, pero además, parece que el gran engaño al que se refiere el título, es el que él lleva a cabo con la prometida de Jamie, quien aparentemente ya está harta de cargar con un novio sin futuro.

El romance entre Ted y Belisa avanza en la medida en que las ventas de la empresa descienden, al grado de que en el momento culminante del romance se produce la quiebra de Bindview y al mismo tiempo la determinación de Ted para vivir con Belisa, pero ésta decide abandonarlo inexplicablemente.

Hasta este momento todo lo que ocurre parece normal y cotidiano, salvo los indicios de que alguien espía o vigila a Ted; en realidad nada es lo que parece.


La escena clave de la cinta muestra una fiesta de ejecutivos de ventas donde se encuentra el soso Jamie totalmente transformado, y el gordo líder de una empresa competidora de Bindview narra que tuvo la ocurrencia de armar una estrategia para ganar la carrera de las ventas empresariales cuando, estando en África, escuchó que la manera de confundir a los elefantes y abatirlos fácilmente era eliminar a sus líderes. Los demás elefantes caen en confusión al no haber nadie que los conduzca, volviéndose presas enormemente fáciles. Así, pensó este líder gordo, no importa si se trata de elefantes o ejecutivos de ventas: para ganar hay que anular a los líderes; no se trata de matarlos, sino sólo de estudiarlos y descubrir sus debilidades, fomentárselas y observar cómo se autodestruyen.

Como parte de esa estrategia, a ejecutivos líderes en otras divisiones de Bindview les descubren por ejemplo su adicción al juego, a las drogas, etcétera. A Ted le descubren su necesidad de amor, por lo que su relación con Belisa no pudo ser más premeditada. Jamie ha sido el agente investigador y ejecutor de Ted, y con el mismo cinismo y audacia, le susurra al oído a su obeso jefe que está al tanto de su particular debilidad, el gusto por jóvenes coreanos. El conocimiento se desvela entonces como instrumento de destrucción o de chantaje; así es el mundo de los negocios (y por extensión, el mundo de la política, las intervenciones en el extranjero, el laboral, etcétera).


Ted, quien antes de ser vendedor estrella se dedicaba a dar clases de literatura inglesa y que deja a un lado porque “ya no tenía nada que dar”, decide regresar a la docencia (tal vez por última vez, como el título original de la cinta) luego del inexplicable abandono de su amada. Belisa, quien siempre formó parte del equipo de “eliminación”de Ted, ya no sabe qué hacer, aparentemente se arrepiente o se ha enamorado también. ¿Quién sabe?

Thursday, September 06, 2007

El otro Kennedy

Ricardo Martínez García

Ambientada en Los Angeles durante uno de los momentos históricos que debería hacer sonrojar al gobierno de los Estados Unidos que desde hace muchos años ha enarbolado la bandera “democrática” ante el resto del mundo, Bobby (El día que asesinaron a Kennedy), cinta de Emilio Estevez, nos muestra una colección de escenas cotidianas que habrán de coincidir en un momento crucial: el asesinato de Robert F. Kennedy, candidato a la presidencia en 1968, en las instalaciones del hotel Ambassador.

Para muchos la llegada de Bobby a la presidencia no sólo significaba ver a otro Kennedy en la Casa Blanca, sino la gran esperanza de terminar con la absurda y criminal intervención en Vietnam de sus fuerzas armadas y acabar con las bajas y heridos en combate (algo que el joven William (Elijah Wood) desea evitar y por eso se casa con su sacrificada amiga Diane (Lindsay Lohan)) o de mejorar los niveles de vida de mucha gente necesitada, de justicia social y respeto a los derechos humanos.

Tales esperanzas ya habían sufrido un duro golpe, o al menos así fue para grandes sectores de la población afroamericana e hispana, con el asesinato de Martin Luther King. Por ello, la única esperanza que podían concebir la representaba Robert F. Kennedy.

La película transcurre entre los discursos llenos de contenido social de Bobby (que debieron alarmar verdaderamente a los sectores conservadores del gobierno), y las situaciones de diversos personajes: la vacuidad de Virginia Fallon, cantante alcohólica y acabada (Demi Moore) que afirma que todas las mujeres son unas “cualquieras”, con la diferencia de que a algunas les pagan; la decepción de una estilista engañada (Sharon Stone) y el arrepentimiento de su marido (William H. Macy), infiel con una telefonista (Heather Graham) del Ambassador donde él es el gerente; la necesidad de escape de unos adolescentes promotores del voto demócrata que están hartos de su trabajo y prueban LSD por primera vez; la nostalgia de unos retirados ex empleados del hotel (Anthony Hopkins y Harry Belafonte) que dedican las tardes a beber whisky y a jugar ajedrez; y la politizada vida de los cocineros que discuten si los negros son “hermanos” de los latinos o si éstos son amigos de los negros.

Emilio Estevez logra por la vía de la nostalgia de los tiempos sesenteros, con la sicodelia de los hippies (encarnados en Ashton Kutcher) y música de Donovan entre otros, lo que Michael Moore logra con sus reveladores filmes: pone nuevamente en la mira viejos y olvidados problemas, como asignaturas pendientes en la sociedad gringa: los magnicidios irresueltos, los motivos reales de la guerra de Vietnam, la cual tuvo incio –es cierto- durante la administración de John F. Kennedy, pero de quien se tienen indicios de su deseo de retirada, los problemas raciales y migratorios y, para cerrar con broche de oro, una especie de vacío moral generalizado, caracterizado por la indiferencia y el consumismo.

Esteves nos recuerda, a ratos con tonos de documental, lo trágico que debió ser para la familia Kennedy y traumático para la sociedad en general, ver asesinados a John y a Robert en la cúspide de sus carreras; nos recuerda que fuerzas ocultas aparentemente muy poderosas (individuales o corporativas, da igual pues ambas son siniestras y muy inquietantes) no querían bajo ningún rubro las políticas sociales de los Kennedy.

Pero también nos recuerda que la vida común debe seguir a pesar de los momentos más inciertos y vulnerables, de momentos de confusión y rabia, como los que se viven en el lobby del hotel después de saberse que tirotearon a Bobby en la cocina y en medio de la multitud.
Lo que no nos dice la cinta es si se resolvió el asesinato de Bobby, si fue un tirador solitario al estilo de Lee Harvey Oswald o Mario Aburto (en el caso de Luis Donaldo Colosio).

Según los reportes oficiales de la policía de Los Angeles, a Robert F. Kennedy lo asesinó un palestino llamado Sirhan Sirhan con un revólver calibre 22. También se sabe que se generaron muchas sospechas acerca de si Sirhan pudo o no causarle las heridas fatales a Bobby, debido a que las versiones de los testigos son incompatibles con las trayectorias de los tiros (con pronunciados ángulos de arriba hacia abajo; Sirhan sólo pudo disparar en ángulos paralelos al piso), determinadas durante la autopsia. Además, al parecer se encontró evidencia de que se produjeron más tiros que los ocho que pudo disparar Sirhan.

En todo caso, el misterio continúa, eso es lo que a fin de cuentas recuerda esta cinta.

Sunday, September 02, 2007

El Horror de los Zombies "Recargados"

Ricardo Martínez García

Para que una película de terror funcione necesita ser creíble pero a la vez estar fuera de toda lógica natural. Cuando el argumento de una película se basa en mitos o leyendas se enfrenta a la difícil tarea de hacer verosímil lo que presenta en escena pero a la vez sorprender al espectador con algo completamente inesperado y sobrenatural.

En la cuarta cinta del director y guionista español Nacho Cerdà, The abandoned, (Los Habitantes) se agradece que ubique su historia en algún remoto lugar de la campiña rusa, sacando la escenificación del recurrente ambiente japonés o hollywoodense de las nuevas películas de terror, obteniendo así un refrescante resultado visual.

Pero más interesante es que su argumento recurra al viejo mito del doble, mito que surge en diversas culturas que sostiene la creencia de que cada individuo tiene un doble y que si éste llega a encontrarse cara a cara con su doble entonces muere inexorablemente.

Desafortunadamente, en el tejido de la historia Cerdà no logra amarrar bien algunos hilos argumentales. No se entiende cómo unos hermanos mellizos –protagonistas de la cinta- que sobreviven en su tierna infancia al ataque de su enloquecido padre, de pronto se encuentran con que han heredado la casa familiar, cada uno enterándose por su cuenta y sin saber de la existencia del otro, a más de cuarenta años de su nacimiento.

Los hermanos se reúnen por vez primera en la desvencijada y olvidada casa, luego de extrañas peripecias, como las que vive Marie (Anastasia Hille) quien recibe las escrituras de la propiedad heredada de manos de un notario-encarnación de su padre, y luego realiza un viaje hacia lo desconocido (como un Jonathan Harker camino al castillo de Drácula) en medio de la noche y acompañada de un extraño y desconfiable hombre que desaparece nada más llegar a la casa, con varias escenas de sobresalto, y ella y su hermano se topan con sus dobles zombies a quienes Marie es incapaz de reconocer (tal vez por haber sido educada en el pragmático Estados Unidos y por ello carente de cierta imaginación) preguntando inútilmente “qué son esas cosas”, no así Boris (Karen Roden), quien permaneció en Rusia y que aparentemente está al tanto de las leyendas que se cuentan sobre los dobles.

La aparición de estos dobles –que presentan rastros de las causas de su “muerte”: la palidez de la asfixia en el de Marie y las heridas de mordeduras de cerdo en todo el cuerpo en Boris- le da una vuelta de tuerca a la historia. Los eventos terroríficos parecen mostrar que los mellizos han desarrollado sus vidas a pesar de que debieron morir a manos de su padre.

En una escena que recuerda algunas cosas ya vistas en The Grudge, del japonés Takashi Shimizu, los hermanos atestiguan una representación del asesinato de su madre y el intento de hacer lo mismo con ellos por parte del desquiciado progenitor. Esos hechos han dejado su energía negativa en la casa, la cual representa nuevamente las escenas justo en el cumpleaños de Boris y Marie.

En el mejor momento de la cinta, los abandonados son los hermanos que como fantasmas vagabundos están condenados a repetir las circunstancias de su ¿frustrada? muerte, atestiguándolas y reviviéndolas, donde se confunde el presente con el pasado próximo, como esa escena en la que Marie vuelve a ver al notario que es la encarnación de su padre, y toma conciencia de la trampa cíclica en la que ha caído cuando se ve a sí misma llegar al edificio donde se entrevistará con ese mismo notario para arreglar los papeles de la propiedad heredada. La desesperación del momento es culminante, claustrofóbica: ¿Cómo le hará Marie para evitar su destino manifiesto, es decir convertirse en su doble zombificado?

Y es ahí donde encuentra su debilidad más grande la cinta: en la presentación de esos zombies, que independientemente del maquillaje, representan la parte más visible del parentesco de la película de Cerdà con el cine de John Carpenter, es decir del horror con muchos litros de sangre y cadáveres vivientes.

Apenas su cuarto trabajo en la dirección en diecisiete años (no le ha sido tan fácil conseguir financiamiento para sus películas) a Nacho Cerdà, de acuerdo con lo que señala en su blog, lo ha estado promoviendo este año el mexicano Guillermo Del Toro, que incluso le ha asegurado desear producir alguna vez una de sus cintas.

En la medida en que se aleja del mundanal ruido de las cintas comerciales elaboradas en California, y que siga recurriendo a ambientaciones alternas mejorando un poco sus argumentos, veremos cada vez mejor cine de terror de manufactura ibérica.

Tuesday, August 28, 2007

El Evangelio según Graves

Ricardo Martínez García

Una de las ventajas de la creación literaria es que el escritor, en su elaboración o composición, puede incluir en la trama sucesos históricos auténticos combinados con elementos de su propia imaginación, o con otros elementos históricos no reconocidos oficialmente. El resultado de estas combinaciones es a veces sumamente atractivo (e inquietante).

Jesús Cristo, el Hijo del Hombre, es con toda probabilidad el personaje más importante de la historia, tanto religiosa como social en occidente. Su vida y acciones, conocidas sobre todo por los textos evangélicos del Nuevo Testamento, han inspirado desde hace veinte siglos toda una concepción de la vida y la muerte que devino religión, marcada por los que se han considerado los más altos valores éticos y sociales. Es lo que se ha llamado Cristianismo.

La veracidad de lo narrado en los cuatro Evangelios ha sido aceptada por los creyentes, luego de que los miembros de los diferentes concilios históricos no tuvieron duda de su autenticidad ni de su carácter sagrado.

La Iglesia Católica comenzó a consolidar su postura e influencia dentro del Imperio Romano, a finales del siglo IV, gracias al reconocimiento que el emperador Teodosio hizo del cristianismo como religión oficial. Desde entonces, dicha iglesia sustenta el dogma que afirma la divinidad de Jesús, su nacimiento y vida marcada por los milagros, así como su resurrección luego de tres días de muerto.

Estos fundamentales dogmas –proposiciones aceptadas como verdaderas en función de la fe- casi nunca han sido puestos en duda, salvo por algunas herejías como el arrianismo, a principios del mismo siglo IV, la cual niega la divinidad de Jesús, al que sólo reconoce como un hombre sabio, o algunos otros que niegan la concepción virginal de María, la madre de Jesús.

Jesús, personaje literario

El escritor libanés Kahlil Gibrán Kahlil, uno de los grandes representantes de la literatura árabe de principios del siglo XX, escribió una hermosa novela de ficción en la que da voz a personajes que vivieron en tiempos de Jesús y ofrecen su testimonio sobre él y los prodigios que vieron. El título es Jesús Hijo del Hombre.

Otros autores en cambio aluden directa o indirectamente en sus obras a la vida de Jesús y construyen tramas que no están de acuerdo con algunos aspectos del dogma cristiano.

Ejemplo bien conocido es el del escritor griego Nikos Kazantzakis y su novela de 1955 La última tentación. En ella Kazantzakis –autor de la también célebre Alexis Zorba, ambas novelas llevadas a la pantalla grande- describe a un Jesús mucho más humano que divino, quien es víctima de pequeñas y grandes dudas y tentaciones, la última de ellas, justo en el momento en que se encuentra crucificado, consiste en convertir a María la Magdalena en su mujer.

Caso aparte es el de la novela Rey Jesús de Robert Graves, que está contextualizada históricamente de una manera muy precisa y compleja.

Jesucristo según Graves

Prolífico autor de una obra poética de más de 20 títulos, así como de prosa –obras de ficción y de no ficción con más de 60 libros- Robert Graves es conocido principalmente por sus obras claudianas: Yo, Claudio y Claudio el dios, así como por sus textos Mitos Romanos y Mitos Hebreos, pero además como un gran escritor de novelas históricas, como El vellocino de oro y Las islas de la imprudencia.

Publicada en 1946, Rey Jesús es una novela que al principio resulta hasta cierto punto complicada. Graves se esfuerza por sintetizar las diferentes vertientes de la historia judía, que estaba íntimamente ligada a la de griegos, romanos, egipcios, etc., y sólo un gran conocedor de ella, como él, lo puede hacer tan limpiamente.

Graves hace que la narración de la historia de Jesús corra a cargo del personaje Agabo el Decapolitano, quien supuestamente comienza a escribir en el “año noveno del emperador Domiciano”, es decir en el año 90 de nuestra era. Se trata de la misma época en la que se supone empezaron a compilarse los evangelios que conforman el Nuevo Testamento.

Una de las principales diferencias entre la novela y los evangelios oficiales es que Jesús habría nacido de María no por concepción divina, sino por el matrimonio secreto de su madre con uno de los hijos del rey Herodes, de nombre Antípater. Dicho matrimonio se habría producido a instancias del sumo sacerdote del templo de Jerusalén en ese entonces, Simón, quien era gran conocedor de la historia y genealogía judía. Veía este personaje en esta unión el cumplimiento cabal y legítimo de los requisitos anunciados para que Jesús fuera realmente el rey de los judíos.

El nacimiento de Jesús, del mismo modo, sería uno de los grandes prodigios esperados por Simón, quien recuerda la afirmación egipcia acerca de que la vida de una nación es de ocho mil años. Él considera que en la época en que le propone a Antípater contraer nupcias con María, faltarían dos años para llegar justo a la mitad de esos ocho mil años, cuatro mil desde el nacimiento de Adán. Y como explica, cada fin de milenio traía un gran acontecimiento.

José se casaría con María sólo después de que ésta estuviera embarazada y luego de la muerte de Antípater.

El Jesús que nos muestra Graves es pelirrojo, de mente muy aguda, sumamente gentil y gran capacidad de aprendizaje, y como el Jesús de Kazantzakis, muy humano, que llora y sufre. Uno de los pasajes más deliciosos es cuando Jesús adolescente debate con un par de doctores en el Templo sobre temas complicados, dando una muestra enorme de su sabiduría y conocimiento.

Para Graves no sólo era importante contextualizar perfectamente sus novelas con gran exactitud histórica, sino que buscaba la manera de llevar a cabo una reflexión de los valores morales que imperaban (e imperan hasta ahora) en el mundo moderno del siglo XX, siglo testigo de las dos más grandes guerras que la humanidad haya vivido.

Graves nació en 1895, en pleno centro del imperio británico: Londres, específicamente en la localidad de Wimbledon, famosa por el torneo de tenis. Participó como fusilero en la primera guerra Mundial, luego de la cual pudo constatar que el grueso de la población no tenía ni idea de los horrores dela guerra que él sí había vivido.

Su experiencia traumática en la guerra chocó con la doctrina inglesa “Dios, el Rey y la Nación”, por lo que comenzó a escribir con la idea de examinar los valores morales de una sociedad consumista e industrial, con el fin de mostrar un mejor modo de afrontarlos.

Graves murió en 1985, luego de vivir cuarenta años en Deía, Mallorca, España, en donde se realiza un evento titulado Tertulia@Deía y en el cual se reúnen artistas e intelectuales españoles y británicos para departir juntos algunos días a fines de octubre, en el lugar en el que Graves vivió y trabajó.

Se trata, pues, de un autor que más que escritor, es un filósofo, al que hay que leer para aprender sobre las raíces de nuestra cultura occidental.

Friday, August 17, 2007

La Ahogada

Ricardo Martínez García

La celebración de las fiestas patrias no podía comenzar sin los invitados especiales, por lo que ya nos esperaban todos, reunidos hacía más de una hora, en el salón anexo a la iglesia, donde se llevaban a cabo eventos de todo tipo. Llegamos a la cita tarde como siempre. Cuando entramos, la expectación se desbordó en un grito de júbilo, mientras serpentinas y confeti caía sobre nuestras cabezas. No era para menos, considerando que una chica había estado en peligro de morir unas horas antes.

En esa ocasión, la aventura comenzó con la organización de un día de campo como cualquier otro, o eso parecía.

Yo formaba parte de un grupo juvenil de evangelización por aquel entonces; nos habían invitado a dar un retiro espiritual en un poblado llamado Téjaro, cercano a la ciudad de Morelia y próximo a su aeropuerto, en el que era difícil conseguir que los jóvenes fueran a misa, para no hablar de que se integraran a un trabajo de pastoral serio. La labor realizada fue ardua e incompleta en varios sentidos, pero los frutos cosechados fueron más que satisfactorios, sobre todo para nuestros fines personales y un tanto egoístas.

Como en otras ocasiones, me tocó ofrecer una charla sobre la amistad y el noviazgo, temas en los que no soy ni era especialmente apto. El tema, según entiendo, me fue asignado debido a mi antecedente de seminarista, justificación tan buena como cualquiera otra. Para elaborar la charla que, suponía yo, debía ser reflexiva e ilustrativa sobre lo que creemos que es el amor y la amistad, me inspiré en algunas ideas de Ortega y Gasset, de Schopenhauer y Platón, más que en los evangelios.

No sé qué tan efectivas o aleccionadoras pudieron ser mis peroratas, pero me pareció que varias chicas me miraban de manera agradablemente diferente luego de escucharme, algo digno de tener en cuenta en un pueblo donde la mayoría de las muchachas son verdaderamente guapas y muchos chicos pasan la mayor parte del año trabajando en diferentes lugares Estados Unidos. “¿Dónde queda Oxnar?”, pregunté más de una vez.

Como miembro del equipo de coordinadores, sabía que el retiro había tenido graves fallas, pues la exposición de algunas charlas no tuvo una preparación adecuada; no se notó nada, o al menos los participantes no lo dieron a entender. Realmente el entusiasmo puede suplir algunas carencias.

El retiro, luego de tres días, llegó a su fin con una misa en la iglesia del pueblo, adornada especialmente para la ocasión. Todo mundo estaba feliz, especialmente los padres de familia, quienes siempre ven con buenos ojos a aquellos que hacen algo por sus hijos, y a veces por ellos también.

A los lados del pasillo central del templo había gardenias blancas, adornos de papel de china recortado y globos colgados de listones blancos y velas encendidas por toda la nave, que iluminaron y caldearon mucho el ambiente, casi de horno para bollos. Lo mejor de la misa fue la parte musical, a cargo de un conjunto de mariachis que interpretó cada una de las canciones litúrgicas. La piel se me enchinaba al oír las guitarras, trompetas y violines con que se cantaron el Aleluya, la Barca del Pescador, y el Padre Nuestro. El placer auditivo que experimenté se me hizo patente como un cosquilleo en la parte trasera de la cabeza. ¡Qué delicia de música!

Una vez fuera de la iglesia, como en un sueño del que no se está totalmente consciente, me vi caminando alrededor del pequeño zócalo próximo al templo, platicando con dos chicas tomadas de mis brazos. Tardé un poco en darme cuenta de que mis compañeros se encontraban en idénticas circunstancias. Todo era risas y alegría, con conversaciones como “¿A qué te dedicas?”, “Soy profesor”, “Ahh! ¿Y tienes novia?”, “No, no tengo”, “¿Y por qué?”, “Pues no sé, no he tenido suerte”, “¡Qué mala suerte!”, y así.

La velada terminó casi a media noche y el regreso a México en autobús estuvo plagado de un incesante intercambio de impresiones que nos hizo darnos cuenta de que todos –éramos doce- habíamos sido invitados a pasar las fiestas patrias en esa población.

Luego de casi un mes de espera, se cumplió el día del anhelado regreso. Durante ese tiempo yo había recibido un par de cartas de chicas que se habían interesado en mi amistad, o al menos eso me pareció, así que estaba más que ansioso de ver a esas dos nuevas amigas.

Nuestra llegada fue una noche de viernes; fuimos alojados por nuestros amigos en diferentes casas, así que luego de cenar quesadillas nos fuimos con quienes habíamos sido asignados.

Al día siguiente, como Miguel Ángel y yo habíamos aceptado ir a jugar basquet con Lupita y Nora, dos chicas muy simpáticas que mostraron cierto interés por nosotros, nos despertamos muy temprano, y luego de un divertido pero reñido juego (las marcas de uñas en mis brazos así lo mostraban), Miguel se fue a desayunar con Nora y yo con Lupita a sus respectivas casas. El desayuno que me ofreció fue espléndido, sobre todo la leche de vaca recién ordeñada. Lupita se desvivió en atenciones y yo me sentí inmerecedor de tanta amabilidad. Una vez desayunados fuimos a buscar a Nora y Miguel y nos reunimos con nuestros demás compañeros en la explanada de la iglesia.

Había allí unos treinta o cuarenta muchachos. Compraron carne, cebollas, refrescos y cervezas y habían conseguido un asador enorme. Algunas chicas cargaban cazuelas con arroz rojo, frijoles refritos y chicharrón en salsa verde. Otras llevaban tortillas, queso y chorizo.

Benjamín, hermano de Nora, llegó manejando un tractor azul que arrastraba un enorme carro para cargar alfalfa, y al grito de “¡Todos arriba!” abordamos el inesperado transporte. Durante un buen rato nos alejamos del pueblo y luego empezamos a subir una pendiente. Sólo la pericia y habilidad de Benjamín evitó que nos volcáramos, pues el camino estaba en terribles condiciones debido a las lluvias. Un anciano que iba bajando al pueblo nos advirtió que tuviéramos cuidado en la laguna, pues había mucha maleza cubierta con el agua y era fácil atorarse ahí.

Al subir completamente la pendiente, pudimos apreciar que la vista era magnífica: Téjaro aparecía como un pintoresco pueblo situado entre unos cerros como con terciopelo verde a la izquierda y un amplio valle a la derecha. En el valle el verdor de los vastos cultivos, especialmente de alfalfa y maíz, era impresionante. El cielo era de un intenso azul y sólo unas cuantas y blanquísimas nubes aparecían por encima de los cerros. Ahora que lo recuerdo, el colorido del lugar me hace pensar en un cuadro digno de algún genio del lienzo como Henri Matisse o de un especialista en escenas rurales como Jean-François Millet. El calor comenzaba a ser insoportable. Era difícil pensar siquiera en la posibilidad de una lluvia.

Más que de una laguna, se trataba de una represa que aprovechaba la forma natural del terreno. En las orillas había pasto crecido y la maleza era más abundante conforme aumentaba la profundidad. El color del agua me impidió pensar en la posibilidad de un chapuzón: era de un café lodoso. Otros no pensaban como yo y despreocupadamente, con todo y ropa, se metieron a chapotear.

Luego de un rato de juegos acuáticos y de charla por mi parte –platiqué arduamente con una chica llamada Ana que se declaró gran admiradora de Gloria Trevi y quien era la remitente de una de las dos cartas que había recibido- llegó la hora de la comida. El carbón ofreció cierta resistencia pero al fin el asador encendió. Pronto el olor a carne y cebollas asadas, a chorizo y queso fundido inundó el aire y empezó el banquete.

Fui a sentarme a la orilla de la laguna, con una cerveza en la mano. Estaba pensando en Lupita y en Ana y el dilema que me planteaban. Las dos eran, a su modo, adorables. Debería de haber pensado en el juego de basquet y el desayuno con Lupita y en la carta y la charla con Ana, pero mi mente estaba en tal estado de placentera confusión, debido a las varias cervezas bebidas, que cuando de pronto escuché gritos y luego un alboroto fue como despertar de un sueño.

Vi a varios muchachos lanzarse al agua a unos treinta metros de donde yo estaba. “¿Qué pasó?”, grité alarmado. La confusión duró unos segundos más y después oí que alguien decía “Tráiganla para acá”.

Entre mis compañeros había uno que estudiaba medicina, así que fue él quien aplicó los primeros auxilios a la chica. Empezó a toser y a escupir agua y todos respiramos aliviados. “¡Aquí no pasó nada!” exclamó Erik, quien desde ese momento se convirtió en el “doc” y la chica en "la ahogada".

Friday, July 13, 2007

Harold Bloom

La lectura de un lector corriente
Ricardo Martínez García


A Harold Bloom le gusta decir que el doctor
Samuel Johnson es el más grande crítico literario, que desde finales del siglo XVIII no ha habido nadie que se le iguale siquiera al extraordinario poeta, ensayista, crítico y biógrafo literario inglés.

La humildad de Bloom no le permite sugerir que él pudiera estar a la altura de Johnson, y ni qué decir que lo ha superado, aunque él es, probablemente, uno de los pocos críticos que sigue trabajando arduamente con la literatura.
Pero nosotros sí podemos proponer que Harold Bloom es el más grande crítico literario actual de habla inglesa (lo que no quiere decir que desconozca el trabajo literario escrito en muchas otras lenguas, como lo muestra, por ejemplo, la crítica que hace de la obra de Octavio Paz en El canon occidental).

Bloom (11 de julio de 1930, NY) es un hombre universal, extraordinariamente prolífico y culto, que se autodefine actualmente como un “anciano romántico e institucional”. Sus grandes pasiones, como lo demuestra su enorme obra crítica, son la literatura tanto secular como religiosa. Lector lo mismo de la Torá que de la Biblia católica y el Corán, así como de los clásicos de la literatura universal, su más célebre libro es el mencionado El canon occidental (94), obra fundamental de la crítica literaria, que lo convirtió en uno de los más famosos intelectuales de nuestros días.

De espíritu verdaderamente humanista, a Bloom no le interesa hacer proselitismo ni en la literatura ni en la religión, aunque es un especialista en ambas materias. Lo que le interesa es la sabiduría que se puede extraer de los textos de los grandes genios, tarea que, nos advierte, es una tarea personal, íntima, que tal vez no se puede transmitir, pero que de todas maneras vale mucho la pena realizar. Le interesan, naturalmente como el agudo crítico que es, aquellas razones por las que considera auténtica literatura canónica a ciertas obras.

El canon literario
El canon, señala el crítico George Alexander Kennedy, en un artículo aparecido en Canon vs Culture, Reflexions on the Current Debate, (edición de Jan Gorzk) es un acto típicamente humano para mantener y ordenar grandes legados –literarios, históricos, etcétera- del pasado, acto en el cual se lleva a cabo una selección de lo que se considera una producción o trabajo sobresaliente, y en la que se elige un número práctico de contribuciones en los diferentes géneros.

Un texto es canónico, en el contexto literario, cuando se puede afirmar que su calidad es inobjetable, que se trata de un trabajo universal, imprescindible, que –de acuerdo con Bloom- aporta luz a lo que somos como seres humanos. Son obras en las que se manifiesta clara y nítidamente la naturaleza (pues lo canónico es, en otro de sus significados, lo natural, lo que es, en oposición a lo construido o procesado) del ser humano, a través de sus costumbres, sus creencias, sus mitos, sus conocimientos e ideologías, es decir a través de su cultura.

En cada cultura hay métodos tradicionales de transmisión de los textos que se consideran canónicos. Lo canónico es algo más que lo meramente convencional, pues supone un conocimiento profundo de aquello que se juzga digno de considerarse canónico.

Los criterios para la selección, no obstante, suelen no coincidir. A críticos como Matthew Arnold, Lionel Trilling y el propio Harold Bloom, que han realizado esfuerzos por establecer algunas líneas sólidas que definan el canon, se les ha criticado a su vez por sus escritos e ideas, que mucha gente considera “desviaciones deshonrosas” de la norma anterior, o como una afrenta al sentido común o una profanación de los valores literarios completamente reconocidos.

“A lo que leo y enseño sólo le aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría” dice Bloom en su libro ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, con lo que resuelve sintética y concretamente el problema de los criterios canónicos.

Esos son los criterios para leer a los grandes maestros de la literatura, europeos, americanos del norte y latinos, africanos y asiáticos, de todos los géneros, con el fin de encontrar el goce estético e intelectual y además la sabiduría.

La prueba canónica
Para Bloom, el trabajo del crítico literario va dirigido a quien Johnson y
Woolf llamaron “lector corriente”, es decir al lector que lee para ensanchar su solitaria existencia.

El trabajo del crítico es ante todo personal. Su labor no consiste en decir qué leer y cómo hacerlo, de acuerdo con Bloom, sino en hablar de lo que ha leído y de aquello que vuelve a ser placentero al ser releído, acción que representa “probablemente la única prueba auténtica para saber si una obra es canónica o no”.

De acuerdo con lo que nuestro crítico sostiene, se puede entender por ejemplo que muchos de los textos que conforman la Biblia católica son canónicos precisamente por el carácter convencional con el que fueron seleccionados en algunos concilios a lo largo de la historia. Pero los libros que él considera verdaderamente relevantes literariamente son los que conforman el Pentateuco, los Proverbios y el libro de Job, porque son los que a su juicio merecen ser releídos una y otra vez, ya que cuentan con esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría.

Los tres requisitos mencionados se encuentran en todo su esplendor en la obra de dos autores universales: Shakespeare y Dante. Bloom afirma que “el canon occidental es Shakespeare y Dante”. En el canon se encuentra lo que ellos asimilaron y también los que los asimilaron. No hay más.

Los libros Shakespeare o la invención de lo humano y The Anxiety of Influence le han acarreado algunas críticas a Bloom, debido a la admiración que el autor de El rey Lear despierta, con justicia, en aquel. Pero de eso a afirmar que Bloom equipara a Shakespeare con Dios cuando dice que éste “nos inventa, y continuamente nos contiene”, es exagerar lo que el propio Bloom afirma, que es que en realidad la literatura nos inventa -o nos define- como seres humanos.

El estado de la crítica
Bloom ha afirmado también que la labor de la crítica literaria, en lo que respecta al menos al mundo anglosajón, específicamente en los Estados Unidos, prácticamente ha desaparecido. Su visión pesimista se debe a lo que ha venido observando en el ámbito de la educación literaria. En El canon deja claro que para él la educación literaria en su país se encuentra en un franco estado de enfermedad, de la cual tiene “muy poca confianza” que se reponga.

Los estudios literarios en los Estados Unidos –de acuerdo con él- sufren de una especie de balcanización, es decir de una fragmentación o desintegración, que no permiten la creación de un canon norteamericano “oficial”, puesto que en ese país “lo estético siempre consiste en una actitud solitaria, idiosincrásica, aislada. El «clasicismo norteamericano» es un oxímoron
Bloom señala que la crítica literaria sobrevivirá, pero no lo hará “en nuestras instituciones de enseñanza”, refiriéndose a los llamados “Departamentos de Inglés” de las grandes universidades, centros de estudios que con gran probabilidad cambiarán su nombre por el de Departamentos de “Estudios Culturales”, y en los cuales el estudio de los cómics, de los parques temáticos, de la religión mormona entre otras, del rock y de las películas reemplazará el estudio de autores como Geoffrey Chaucer, William Shakespeare, John Milton, o William Wordsworth, héroes de la literatura inglesa.

La crítica literaria sobrevivirá en aquellos que, individualmente, lean y disfruten a los escritores canónicos, en aquellos en que el amor por la Gran Poesía ya esté de manera natural en su interior. “La verdadera lectura es una actitud solitaria, y no le enseña a nadie a convertirse en mejor ciudadano”, afirma Bloom.

La invención de Jahvé
Harold Bloom se autodefine como un crítico literario, pero también como crítico religioso. Por un lado tiene claro que en la literatura secular lo esencial es la creación, pero por el otro, en la literatura religiosa tiene claro que no se trata tanto de revelaciones, sino que a semejanza de la secular, también hay invención o creación literaria de los personajes religiosos. Si no recuerdo mal, Borges decía que la Biblia es la colección de cuentos extraordinarios más grande que existe.

En The Book of J, Bloom propone, haciéndose eco de otros estudiosos, que algunos textos del Antiguo Testamento fueron escritos por un mismo autor, posible miembro de la corte real del rey Salomón, al que nuestro autor llama J, quien sería autor del Génesis, el Éxodo, Números y del segundo libro de Samuel.

Dicho miembro de la corte muy probablemente era alguien versado en la tradición persa de la concepción religiosa del mundo, tal como sugieren estudios de especialistas como el iranólogo e islamista Henry Corbin, o como Norman Cohn, estudioso de la Cábala. Pero a Bloom, dadas las características sicológicas de J, le parece que hay más probabilidades de que Jahvé haya sido inventado –literariamente- por una mujer.

De ese modo, una criatura que en el Génesis es creada de una costilla del hombre, a su vez creado a imagen y semejanza de Dios fue probablemente la inventora de J. Dadas las implicaciones de esta teoría, es una suerte que en el cristianismo no haya en la actualidad algo parecido a la Fatwa islamista.

El Hallazgo

Ricardo Martínez García

Clarisa llegó muy temprano a la misa dominical de nueve, ceremonia especial para los niños a la que acostumbraba asistir porque de esa manera le rendía el día; era una mujer muy ocupada. Entró al templo y se sentó en una banca de madera bellamente trabajada, cerca del altar. Como faltaban diez minutos para el inicio de la celebración se puso a contemplar el lugar, algo que pocas veces hacía dado que siempre andaba con prisa.

Las dos altas cúpulas y el amplio espacio que había entre ellas le producían un sentimiento de grandeza. Las imágenes de santos y vírgenes colocados a los costados de las paredes le hacían sentir una mezcla de compasión y de simpatía por ellos. “¡Qué vidas tan interesantes las de estos cristianos ejemplares!” pensó. Se arrodilló para iniciar una oración y en ese momento vio algo que llamó su atención: un sobre blanco sin cerrar, cuyo borde sobresalía del espacio que tienen las bancas en la parte trasera del respaldo y que sirve para guardar el misal.

Al principio creyó que era un sobre abandonado de los que se usan para depositar el diezmo o alguna colecta para las misiones, pero luego vio que era un sobre grueso, como los que contienen tarjetas de felicitación. Lo tomó en sus manos con curiosidad y extrajo dos hojas blancas cuidadosamente dobladas. Contenían una escritura apretada y muy bien hecha, casi de calígrafo. Todavía tenía tiempo, así que leyó:

Querida amiga:

¿Recuerdas cuando me contaste que tuviste un novio, hace mucho tiempo, al que apodaste El Satanás (porque te perseguía como si quisiera comprarte el alma)?, pues de inmediato se me ocurrió la loca idea de que todos, en el fondo, somos el Satanás de alguien más, o de que todos tenemos un Satanás persiguiéndonos.

Recordé por ejemplo las veces en que me llamabas a deshoras para platicarme tus penurias existenciales. A veces, durante esas llamadas mi atención se enfocaba más en la televisión, la cual no dejaba de mirar mientras sostenía cansinamente el auricular, que en aquello que de manera tan dramática me contabas. Lo que decías tenía tan poco que ver conmigo y hasta contigo, pues todo giraba en torno a terceras personas que conocías pero cuyas vidas eran para ti más interesantes que la tuya misma. Lo que me contabas era ajeno y extraño. Por eso no tenía empacho en contestarte de lo más cortante posible, con puros sí, no, no, no, quién sabe.

Hace poco tuve una interesante conversación –ésta sí, por la novedad- con una ex, luego de que me buscara nuevamente, y que estuvo más o menos así:

-Hola, leí tu anterior correo y quiero decirte algo. Perdóname si un día te lastimé, no era mi intención –me dijo en tono de disculpa, luego de que le recordé los motivos de nuestra separación, hace ya muchos años-. A pesar del tiempo y la distancia, mis pensamientos y mi amor siempre estuvieron y estarán contigo.

-Es gracioso –le contesté-. Cuando terminaste conmigo por segunda vez dijiste exactamente eso: que no querías lastimarme; antes no te creí pero ahora sí que te creo. El mal es involuntario e inconsciente –apunté maliciosamente- así que olvídalo, no hay nada qué perdonar.
-Pensé que eso ya estaba olvidado –reviró, como si recordara algo molesto-, pero al parecer todavía guardas resentimientos. En mí solo encontrarás amor y agradecimiento, y ya pagué mis errores, dame una oportunidad, ¿si?
-He dicho que no guardo rencores, pero ¡la memoria es la memoria! –dije a duras penas para no carcajearme-. ¿Cómo olvidar que me fuiste infiel dos veces? Aún así te digo: seamos amigos.
-No pretendo nada más que “usted” me haga ese honor; en mi vida, se terminó la exclusividad. Soy de todo ser vivo en este mundo y yo no tengo nada, solo mucho amor.
-Ya veo, ¡el olor a santidad llega hasta mi alma! –!ja jay! exclamé burlonamente-. Bien por ti y por los que te rodean, que Dios te bendiga.
-¡Qué pena!, no entendiste nada, y fíjate que no hay mucha distancia entre la santidad y yo, pero aspiro a ella –contestó con enfado-. Ojalá y tu actitud hacia mí cambie, porque es muy aburrido ser amigo de una santa, ¿no te parece?
-¡Qué charla tan divertida estamos teniendo! Me recuerda el dicho ese de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Si creo lo que dices, mal. Si no creo lo que dices, ¡mal también! Lo que sí resulta aburrido es tener a un amigo como yo que dice lo que piensa y piensa lo que dice. Considéralo.
-No sé qué es lo que tanto te molesta de mí –señaló fastidiada- pero no quiero entrar en polémicas y terminar afectando a alguno de los dos. Cuídate.

-¿Ya no quieres ser mi amiga? Acuérdate de que el que se enoja pierde –dije, provocativamente-. Yo lo que quiero es ser tu verdadero amigo. Sin modestias innecesarias pero sin tapujos. ¿Estás lista para algo así?
-De modesta no tengo nada y pensé que me conocías un poco más. Estoy ofreciéndote mi amistad y espero me aceptes así como soy, “sin defectos”. ¡Y tan bonita!

Cuando dijo eso de tan bonita, entendí que no hablaba en serio. ¿Quién las entiende?



Pero volviendo a lo que te decía, y dejando de lado a las ex que se ponen en contacto, mientras me contabas lo del Satanás, no tardé mucho en ponerme de su lado: sostuve que tal vez él sí te quería de verdad, a pesar de tus desplantes, descortesías y ambigüedad moral, o a pesar de tu buena disposición espiritual, pues para mucha gente eres una mujer llena de bondad y caridad (y que seas misionera laica e impartas catecismo a niños y charlas a quinceañeras y de vocaciones, refuerza esa idea), pero para alguien como el Satanás, que manifiestó a las claras su interés por ti, sólo tienes menosprecio, si no es que simple compasión.Tu frase favorita sobre él era: “Pobrecito, decía que me quería, que me amaba”.

-¿No crees que de veras te quería? –te pregunté sin interés-.
- Ay, yo creo que sí, pero a mí para nada que me gustaba, ni loca que estuviera, no era feo el tal Satanás, pero sí de esos tipos encimosos, siempre quería estar conmigo. No podía estar un rato con mis amigas, cuando de pronto me decían “ahí viene tu novio”. ¡Santo Cristo del Señor! No lo soportaba.

Antes me habías presumido que eres tan cumplida en tu trabajo que hasta te hiciste merecedora de un reconocimiento público por no haber faltado un solo día. Sin duda, un gran logro, sobre todo para alguien que trabaja en un círculo laboral en el que no se goza del derecho de días económicos. Tu decepción y molestia fueron evidentes cuando te dije que eso no me impresionaba lo más mínimo: me parece que tu capacidad de compromiso, a veces a costa de tu propio bienestar, resulta digna de mejores causas.

Por cierto, cuando te propuse que nos echáramos un polvo, como dicen en España, me sorprendió desagradablemente que te importaran más las cuestiones estéticas que la coherencia religiosa: no solo no te opusiste al sexo sin boda, como dice Sabina, sino que dijiste que te diera tiempo para ponerte en forma (como si alguien con evidente sobrepeso pudiera, de una semana a la otra, eliminar al menos diez kilos. ¡Ni consumiendo pseudoefedrina!).

Acaso yo soy el que está mal, al suponer un poco de coherencia entre lo que se predica y lo que se hace, pero ¿estoy mal al pensar que tú te has convertido en mi propio Satanás, puesto que soy presa fácil de mis propias tentaciones, las cuales encuentran tierra fértil en las tuyas? No niego que a veces tengo fantasías en las que tienes un papel muy activo (algo que para ser realista no concibo de verdad), pero al final vislumbro la insatisfacción de ese whisky sin soda que me produce el sexo sin amor.

Así que al final se trata de eso, del desamor que hay entre nosotros. Lo nuestro es sólo la carnalidad de lo inmediato: la piel que se estremece, la lengua mojada que debería sentir pasión pero a la que no le alcanza la imaginación. Unos ojos que anhelan algo más que el vacío cínico de mi mirada.

La parte de la religión que compartimos sólo es una anécdota divertida y, si quieres, cursilona. Digamos que fue a su práctica –abandonada ya hace mucho por mi parte- que nos conocimos. En el fondo creo que nos conducimos más por nuestros instintos que por la bella idea de que hay un Dios bueno y sabio, pero que a la vez es un Dios del que no queremos saber nada y al que no le damos nada que no podamos darle de manera natural, sin esforzarnos. Porque creo que en ti no hay esfuerzo por ser una misionera o catequista, ya que has hecho de esas actividades tu mejor manera de autorreconocerte (y ahora con una nueva modalidad: la enseñanza a adolescentes en un instituto presidido por religiosos ¡a quienes dices ya extrañar!). Pero ¿quién soy yo para juzgar algo así?

Todavía recuerdo que, luego de exponerte lo anterior, en un arranque de furia y de rabia me dijiste: "no seas hipócrita, como si no supiera que tú también te aprovechabas de la convivencia que se produce en los grupos de apostolado en la iglesia, como si no supiera nada de tu carrera de Juan Tenorio barato que conquistaba a todas las crédulas que se te ponían enfrente y luego huías como el cobarde que eres, porque es miedo lo que tienes, eres un tipo que no ha alcanzado a madurar para comprender que en toda relación humana existe algo que tú no entiendes ni por equivocación: algo que se llama compromiso, responsabilidad, respeto y fidelidad, pues tú no eres fiel ni siquiera a tí mismo, y menos a ese Dios que dices adorar, porque ese dios es un reflejo de tí mismo, y en sus ojos sólo ves el vacío que tú has producido en tu corazón".

Todo lo anterior me lo dijiste con la cara bañada en lágrimas, el gesto descompuesto y la respiración agitada.

Necesitaba decirte esto que siento: no dudo que seas una buena persona, pero creo que no te conoces realmente –quién sí ¿vedad?- ni creo que me conozcas verdaderamente, ni yo me conozco de lo que soy y he podido ser capaz. Espero que esta carta llegue precisamente a ti. Ya he sufrido antes decepciones amorosas o relacionadas con el sexo. Por eso, deseo pedirte que, la próxima vez que nos veamos, sea verdaderamente para ir al cine, o a comer, o incluso a rezar un Rosario o un Ave María, o el bellísimo Magníficat, que ya no recuerdo bien cómo va. Y si es el caso, el polvo que ha quedado pendiente!
Cuídate, sinceramente.
El Satanás o Don Juan Tenorio


Clarisa había ido enrojeciendo conforme leía la carta, que ahora le parecía horrible. Si bien no conocía a alguien apodado El Satanás, había algunas cosas con las que se podía identificar. Incluso pensó que podía ser una broma pesada, pero no conocía a alguien que pudiera hacer ese tipo de bromas precisamente con ella.

Cuando terminó, su primer impulso fue quemarla con la primera veladora al alcance de la mano, pero luego pensó que tal vez no era en realidad para ella, que tal vez iba dirigida a alguien muy parecida a ella. La duda la hizo meter las hojas al sobre y dejarlo exactamente en el sitio donde la encontró. No había motivo para suponer que era para ella.