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Saturday, September 13, 2014

Al mejor postor

La apuesta más alta
Apuesta con traición
Ricardo Martínez García
Guiseppe Tornatore es uno de los directores más interesantes e influyentes de la cinematografía italiana en la actualidad. Su cinta Al Mejor Postor (13) es una muestra de la maestría dentro del ejercicio cinematográfico que ha alcanzado este cineasta, autor de obras como Cinema Paradiso, Una pura Formalidad y Malena.
Virgil Oldman (Geoffrey Rush) es un maestro de subastas de obra de arte, de muebles y antigüedades, que ha hecho de su oficio y modo de vida a su vez un arte, que aprovecha su conocimiento y maña para hacerse de una muy importante colección de obras de arte. Es un hombre soltero y demasiado poco afecto al contacto humano. Al verse impelido a entrar en contacto con una mujer enferma de agorafobia, su mundo se trastoca de un modo tan completo que nada puede volver a ser igual para él.
Si en Cinema Paradiso Tornatore ofrece un nostálgico homenaje a la cinematografía y a la manera de vivirla de un pequeño poblado, en Al Mejor Postor ofrece una cinta llena de simbolismos e imágenes muy cuidadas y hermosas.
Si el cine consiste en exhibir escenas para mostrar algo, esta cinta muestra cómo Virgil vive para coleccionar obras de arte y esconderlas (algo que recuerda a esos extraordinarios palacios romanos llenos de obras de arte, que lucen abandonados y en tinieblas, a los cuales muy pocos pueden acceder a ellas para admirarlas, como muestra otra gran cinta italiana, La Gran Belleza, de Paolo Sorrentino), tenerlas y atesorarlas para su disfrute personal.
El arte cinematográfico es una creación que presupone una cierta magia o prestidigitación, el director sabe a dónde quiere conducir al espectador y crea ambientes, diálogos, personajes, para llevarnos a un final que, en el mejor de los casos nos sorprende y agrada. Martin Scorsesse lo sabe y lo muestró en La Invención de Hugo, y lo sabe Tornatore. Hacer cine es como la construcción de un autómata del cual poco a poco se encuentran sus piezas, se embonan y se forma un cuerpo completo. El resultado final puede ser extraordinario o decepcionante, pero en todo caso plantea cuestionamientos que pueden dejar al espectador con una sana actitud reflexiva.
Virgil Oldman, así como el espectador, al final de la cinta quedará sorprendido por la muy intrincada y bien elaborada estratagema de la cual fue objeto.


Monday, February 28, 2011

El discurso del Rey


El símbolo de un imperio

Ricardo Martínez García

El director británico Tom Hooper narra en El discurso del Rey (11) la historia del rey George VI de Inglaterra, de cómo llega al trono luego de que su hermano mayor se ve presionado para abdicar, pero sobre todo de cómo lucha contra su tartamudez.

Bertie (Colin Firth, como siempre en plan grande) es un hombre inseguro que no soporta hablar en público, a tal grado que su esposa, la princesa Elizabeth y madre de la actual reina, (Helena Bonham Carter) busca con insistencia un remedio a su problema de lenguaje, y peregrina entre doctores hasta que da con el desconchado consultorio del terapista Lionel Logue (un estupendo Geoffrey Rush) y comienza el arduo trabajo por hacer su discurso medianamente fluido.

Es la interesante historia de una inesperada amistad, de un periodo histórico de la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX, de grandes y terribles retos, de una nación y su representante, el rey, quien ha de dar la cara aunque no sea él precisamente quien tome las grandes decisiones, quien es cabeza de una monarquía pero cuyo papel es más modestamente representativo.

La lucha que realmente lleva a cabo Bertie es contra sí mismo, contra sus traumas y frustraciones alimentados desde la infancia, contra su inseguridad acrecentada por su propia familia. La ayuda que Lionel le ofrece es la de mostrarle cómo ser espontáneo, de soltarse un poco de esa rigidez que no lo deja ser él mismo. Lionel es un personaje aparte: es un amante de Shakespeare, medio psicólogo y terapeuta a la vez, cuyos métodos heterodoxos causan escozor en algunos personajes cercanos al entonces príncipe e inminente rey.

Se trata de una cinta de época bellamente realizada, divertida, con escenarios fastuosos (que contrastan con el consultorio de Lionel), excelentes actuaciones, buen ritmo y que enfatiza dos cosas: el valor extraordinario de la imagen del rey inglés y el valor más palpable de una gran amistad.