Saturday, February 15, 2014
El Lobo de Wall Street
Saturday, February 04, 2012
La invención de Hugo Cabret
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Thursday, April 08, 2010
Shutter Island II

Armando Extremas Simulaciones
Ricardo Martínez García
La trama de esta cinta, en una segunda lectura, es también la de una historia que contiene otras historias dentro o paralelamente a ella. La capacidad del protagonista Teddy Daniels/Andrew Laeddis (Di Caprio en plan sensacional) para identificar cuál es la real, la que vive en ese momento, es puesta a prueba (lo mismo que la del espectador) por el maravilloso doctor Cawley (sir Ben Kingsley) que a diferencia de sus anticuados colegas cree en los tratamientos psicológicos amables y respetuosos, a través de una enorme y tremenda simulación, que engloba a prácticamente todo el personal de este sanatorio-reclusorio psiquiátrico, tan solo para “seguirle la corriente” a este peculiar personaje de Teddy Daniels y ver hasta dónde llega su tratamiento.
El verdadero artista de la simulación es el director de la cinta, en este caso Martin Scorsese, lo mismo que todos los realizadores o directores de cine: cada película implica el armado de tremendos tinglados (aunque a más grandilocuencia de éstos, menor credibilidad, como en las cintas de ficción o de acción que abusan de los efectos especiales y de las situaciones inverosímiles) que van dirigidos a los espectadores con el fin de inducirlos a la diversión, o a la conmoción, o a la reflexión, o a lo que sea que quieran despertar en quien ve sus cintas.
Lo que el doctor Cawley quiere despertar en Daniels con el armado de su simulación extrema –algo difícilmente imaginable en los anales del tratamiento psiquiátrico, si hubiera sido el caso- es la capacidad de distinguir y aceptar aquello que le ha causado un trauma, y por ende una enfermedad mental, tal que estimula a sus magníficos mecanismos de defensa para crear “realidades alternativas” con el fin de escapar de tal trauma, trauma que es controlable con ciertas drogas psicotrópicas.
Cintas como The Matrix (Hermanos Wachowski, 99), en donde la realidad se confunde con la virtualidad de otras realidades al soñar y al estar dicho sueño controlado por unas máquinas, o como en Identidad Sustituta (Mostow, 09), donde las personas deciden mejor vivir virtualmente en sus “sustitutos” hechos a la medida y al deseo de cada quien, o en Avatar (Cameron, 09), en donde la alteridad es llevada a extremos de diseñar organismos con el fin de ser controlados a través de una virtual enajenación mental (proceso en el que la mente es enviada, de manera electrónica y altamente tecnificada, de un organismo a otro, utilizando como vía de acceso el sueño), son algunos ejemplos de esas construcciones de grandes y extremas “simulaciones” tanto en el sentido de la trama como en el de la propia construcción de la película en sí. Pero la clave de la cinta de Scorsese me parece que está en la conciencia del personaje protagónico que se ha encontrado a sí mismo y que al final se pregunta si vale más vivir como un monstruo o morir como un buen hombre.
En la vida real hay también enormes armadores de simulaciones extremas, como el caso de George W. Bush y su persecución de Saddam Hussein y sus “armas de destrucción masiva”, o a Felipe Calderón y su secretario del trabajo, señalando las bondades de su gobierno al generar fuentes de trabajo, sin tomar en cuenta el saldo negativo de desempleados, muy superior a sus optimistas y pequeñas cifras de empleos generados. Cada quien con sus realidades alternativas, pero el problema es que estas simulaciones son reales y ocultan situaciones muy preocupantes para la sociedad civil. Tal pareciera que a menor capacidad de autocrítica, mayor simulación de situaciones inverosímiles.
Wednesday, March 17, 2010
La Isla Siniestra

Aceptar la realidad
Ricardo Martínez García
¿Vale más vivir la vida como un hombre bueno o morir como un monstruo? Tal es la pregunta que se hace el Sheriff Edward Daniels (Leonardo Di Caprio) al final de la cinta La Isla Siniestra (Shutter Island, 10) del laureado cineasta Martin Scorsese.
Daniels decide investigar la desaparición de un paciente en un centro psiquiátrico llamado Shutter Island, ante la sospecha de un complot por parte del gobierno de usar personas para experimentos mentales, investigación cuyo resultado le hace preguntarse al espectador ¿qué es lo real? Y ante esa crucial pregunta solo queda atenerse a las evidencias, por duras que éstas sean y difíciles de aceptar.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo una serie de juicios por crímenes de guerra conocidos como los Juicios de Nuremberg. El primero de ellos fue un enjuiciamiento por crímenes por realizar experimentos médicos y psicológicos en seres humanos, los cuales eran elegidos en los campos de concentración de Auschwitz, Dachau y otros.
La cinta de Ingmar Bergman El Huevo de la Serpiente (77) ya exploraba de manera más explícita las consecuencias de la experimentación en seres humanos sin su consentimiento. En la cinta de Scorsese también se plantea, por parte de Daniels, la posibilidad de que el gobierno de su propio país haya realizado ese tipo de experimentos, lo cual parecería posible aunque suene a una locura.
De acuerdo con el doctor Cawley (Ben Kingsely) hay tres formas de tratar a los pacientes: por medio de una psicocirugía (como la lobotomía, que es un tratamiento radical), la psicofarmacología (tratamiento con drogas) y la que él prefiere, el tratamiento que consiste en escuchar al paciente, en tratarlo con amabilidad y de manera razonable e incluso en seguirle la corriente a los enfermos. Pero su método preferido al parecer no funciona con casos extremos. ¿Quién le sigue el juego a quien?
Conforme la cinta avanza, la trama se va convirtiendo en una constante vuelta de tuerca muy interesante y que mantiene al borde de la butaca al espectador. La fotografía y ciertas escenas oníricas son verdaderamente hermosas, en una especie de homenaje a Tarkovsky, sobre todo de su cinta El Espejo (74), con esas escenas en cámara lenta de incendios, donde aparecen personajes acuosos que se desintegran, que así como aparecen desaparecen, todo dentro de un ambiente antinatural pero no sobrenatural.
El trabajo actoral es de primera línea, como ya es costumbre en los actores dirigidos por Sorsese.
Se trata de un complejo y entretenido thriller psicológico que explota hábilmente la paranoia y las alucinaciones de un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, producto de los horrores de guerra, los cuales se suman a su tragedia familiar que lo termina por traumatizar, en un ambiente de paranoia social generalizada luego de conocerse los crímenes de guerra aludidos y dados a conocer con los Juicos de Nuremberg. Un ejemplo más de que la ciencia sin conciencia moral destruye la humanidad.
Sunday, February 15, 2009
Rolling Stones Shine a Ligth

Más sabe el diablo por rockero que por diablo
Ricardo Martínez García
El pacto que tenía el diablo con los Rolling Stones, un trato al estilo Dorian Grey, no lo cumplió totalmente el antagonista de Dios: dejó que estos sexagenarios pero grandiosos músicos británicos conservaran unos cuerpos magros y una infinita y explosiva energía juvenil, casi de adolescentes, sobre todo en el caso de Mick
Jagger. Pero en cambio dejó que se acumularan en sus rostros, unos sobre otros, los surcos de las experiencias de la vida y el transcurso de cuarenta y cinco años.
Al menos eso es parte de lo que se puede ver en la cinta de Martin Scorsese Rolling Stones Shine a Light (08), documental que recrea un concierto que dieron en el Beacon Theather en Nueva York en el 2006, como parte de su gira Bigger Bang.
En el cine todo es premeditación como arte creativo: preparación, planeación y arreglo. Pero con un grupo como los Stones, Scorsese tuvo que esperar casi hasta el inicio del concierto para saber la lista de las canciones que ofrecería el grupo, que aplazaba su entrega al máximo pues dicha elección está más ligada a la improvisación de las emociones y deseos presentes de Mick que a un plan previamente definido. La proyección posible era tarea del director.
Los Stones resultan francamente geniales en escena: son tan buenos en lo que hacen que todo les sale natural, son una luz que brilla intensamente. El espectador es testigo de una música aparentemente sencilla pero sublime, alegre, poderosa, contagiosa. Mick Jagger canta y baila con una vitalidad verdaderamente excesiva. Sólo él es capaz de adueñarse completamente del escenario con tanto estilo y personalidad.

Creadores de una ya vasta iconografía del pop mundial, desde la famosa lengua roja hasta pasar por todos los afiches imaginables, mas cierta actitud contestataria ante el mundo y la generación de un gigantesco catálogo musical, la banda formada en Londres en 1963 se ha vuelto con el tiempo una especie de Rey Midas musical: una plumilla para guitarra usada por Richards, los instrumentos que tocan, los conciertos, los discos, las películas, etcétera, se vuelven objeto de culto inmediato, multiplicando su valor inmensamente.
Tal es el caso de Shine a Light que, como película que se vuelve objeto mercantil, lo que hace es “democratizar” un show de la banda al permitir acceder, por el precio de una entrada al cine, a un concierto de los Rolling, ciertamente grabado pero que resulta un buen producto sustituto de la experiencia misma de haber estado ahí –físicamente- en el concierto.
Scorsese se encarga de mostrarnos los mejores ángulos, acercamientos, vistas panorámicas y todo lo que se puede hacer con los grandes recursos cinematográficos en manos de este director tan competente y versado que permite una experiencia más rica que la de un espectador en la sala de conciertos que permanece en su lugar.
Los Rolling Stones pueden considerarse ante todo sobrevivientes de sí mismos, o al menos eso puede interpretarse de los breves fragmentos de viejas entrevistas incluidas en el documental.
En sus primeros años ni ellos pensaban que pasarían más allá de los dos o tres años como banda, pero el éxito los catapultó hasta donde están actualmente. Algunas escenas
muestran a unos músicos a ratos perdidos en el viaje, como en el caso de Charlie Watts, quien con su actual apariencia de respetable gerente de banco no se parece en nada al joven baterista que aparece con la mirada constantemente perdida y sin hilar demasiado bien una frase coherente en esas antiguas entrevistas. Otras escenas nos presentan de algunos miembros una mal disfrazada soberbia y autocomplacencia (por ejemplo cuando Jagger llega en helicóptero a una reunión con importantes personajes) que seguramente les hizo pasar malos ratos con la prensa, la policía y con gente del espectáculo. Pero ya por entonces eran los Rolling Stones, quienes alguna vez se autoproclamaron la banda de rock and roll más grande del mundo.
El grupo ha estado así formado por unos tipos con muchísima suerte: ni las drogas, las mujeres, las ambiciones o las muertes de ex compañeros (como Brian Jones) pudieron socavar su unión, cosa que por ejemplo no ocurrió con los Beatles, la única banda que realmente les hace sombra. El viejo y astuto pirata Richards señala con humildad que es posible que haya mejores guitarristas que él y Ron Wood, pero que juntos son mejores que diez de ellos. En realidad se queda corto: ellos son una aplastante máquina que produce música gloriosa a través de sus guitarras.
La cinta de Scorsese, quien ha filmado también en el terreno musical las excelentes cintas The Last Waltz que gira en torno a un show del extinto grupo The Band en 1976, y No Direction Home: Bob Dylan del 2005, nos atrapa inexorablemente ante el magno espectáculo mostrado, que por cierto tuvo como presentador en esa ocasión al ex presidente norteamericano Bill Clinton.
Los miembros de los Stones han dicho que Scorsese es el mejor cineasta que existe y que por eso decidieron que fuera él quien hiciera esta cinta. El director de filmes como Taxi Driver, Bandas de Nueva York, La Última Tentación de Cristo o Los Infiltrados, para no ser menos a su vez dijo que ellos son la mejor banda de rock que existe. En su momento también se arrojaron flores mutuamente otros directores y grupos, como Jonathan Demme y los Talking Heads, director y protagonistas de Stop Making Sense (84), y seguramente muchos melómanos han considerado a The Wall, la película con música de Pink Floyd y dirigida por Alan Parker en 1982, como la mejor en su género, por citar dos ejemplos.
Pero la verdad es que esta obra de Scorsese muestra a los Rolling Stones como dueños de la sustancia primigenia y esencial del rock, haciendo música que se empareja con gente como Jack White, interpretando melodías que abrevan del clásico blues en compañía de alguien tan dotado como Buddy Guy y gozando la música que luce mucho con la bella y talentosa Christina Aguilera y su extraordinario rango de voz. Para los melómanos es imprescindible verla, sean fans o no de los Stones.

