Wednesday, September 03, 2008

El Robo del Siglo

Buen Trabajo
Ricardo Martínez García

El actor Jason Statham alguna vez fue miembro durante una década del equipo olímpico de clavados de la Gran Bretaña que acudió a las Olimpiadas de Seúl en 1988; ha sido modelo para la línea de ropa French Conection e hizo comerciales para los pantalones Levi´s y luego se convirtió en un pícaro y pequeño timador muy al estilo de los personajes que llegaría a interpretar en las películas de Guy Ritchie Lock, Stock and Two Smoking Barrels y Snatch, Cerdos y Diamantes. Esa fue la razón por la que el aún esposo de Madonna lo hizo parte del elenco de tales películas: su vida se parecía demasiado a esos personajes.

Con tal historial, Statham es un actor peculiar que tiene el tono “adecuado”: maneja el caló de la calle de manera natural, es un bribón listo, capaz de vender una bagatela como si fuera parte de las joyas de la corona. Así, resultó ideal para el papel del ladrón líder de una banda en la cinta del director británico Roger Donaldson El Robo del Siglo (The Bank Job, 08).

Basada en hechos reales, la cinta trata de unos ladrones que nunca habían jugado en las grandes ligas del crimen organizado, y la oportunidad se les presenta cuando la ya no tan joven ex modelo y rufianesca Martine Love (Saffron Burrows), vieja conocida del barrio, es detenida por tráfico de drogas y obligada a operar para el MI-5 (agencia de seguridad interna británica) un robo a las cajas de seguridad de un banco (ubicado, tal vez como guiño del director, en la mítica Baker Street, la misma en la que Arthur Conan Doyle ubica la vivienda de Sherlock Holmes), con el fin de recuperar unas fotos comprometedoras de una integrante de la realeza.

La banda, liderada por Terry Leather (Statham) y la chica en cuestión Love, no sabe en la que se mete: el robo es exitoso y masivo (para Love sólo tiene interés cierta caja de seguridad), pero el problema es que salen afectados por igual miembros de la realeza, del parlamento y algunos cabecillas del mundo de la mafia, aquellos que controlan prostíbulos y drogas y están coludidos con cualquier cantidad de agentes policíacos corruptos.

Los grandes aciertos del trabajo de Donaldson, por una parte, son los ingeniosos y picantes diálogos combinados con la parsimonia de las escenas de la consumación del robo (poco que ver con la espectacularidad de Heat [Michael Mann, 95] o The Italian Job [F. Gary Gray, 03] en la que también participa Statham), y por otra, el desencadenamiento de vertiginosas escenas junto con la previsión y reacciones de Terry ante las inesperadas consecuencias y el buen manejo o control de daños.

Además de la dramatización propiamente dicha del asalto, que va subiendo cada vez más de intensidad y mantiene al público al filo de la butaca, está también, de manera paralela, la lucha personal de Terry, excelentemente manejada por el director, pues al final de todo logra quedar como el buen ladrón al optar –una vez superados todos los obstáculos y quedarse con el botín del robo- por una vida familiar, por encima de la aventura romántica con la bella Love.

Pocas películas sobre ladrones hacen sentir bien al espectador al final, y ésta es una de ellas, por lo que no debe perdérsela si gusta de los filmes de estilo británico del que Guy Ritchie dio buenas muestras en aquellas cintas del 98 y 2000.

Saturday, August 30, 2008

[REC]


Terror a la española
Ricardo Martínez García

Rozando lo sublime con lo ridículo, el largometraje de Jaume Balagueró y Paco Plaza [REC] (06), se encuentra íntimamente emparentado con cintas como Exterminio (Danny Boyle, 02) y sus secuelas, Cuarentena (John y Drew Dowdle, 08), la cual es el remake gringo de REC, y algunas otras del género, pero aportando su granito de arena en cuanto a finales originales, o al menos inesperados.

La cinta muestra un tono dramático aceptable en la parte inicial, cuando se plantea el trabajo reporteril de la inexperta Ángela (Manuela Velasco) en una estación de bomberos, para su programa de televisión llamado “Mientras Usted Duerme” (“¿y entonces quién ve el programa?”, le pregunta uno de los entrevistados), al hacer guardia ahí y a la espera de algún siniestro que cubrir. Pareciera como si nos dispusiéramos a ver un documental medianamente interesante sobre el trabajo de estos héroes.

Pero en un momento a altas horas de la noche, el tan ansiado evento llega, pues hay que atender una contingencia en un edificio habitacional: una señora asusta a sus vecinos con terribles gritos, por lo que se llama a los bomberos y a la policía. A partir de ahí se dan situaciones extrañas en las que tanto policías como bomberos, vecinos y periodistas se ven involucrados en un problema de sanidad pública, al grado de que tienen que ser aislados totalmente en el edificio.

Los que quedan atrapados en el edificio desesperan ante la poca información que les llega, y poco a poco se darán cuenta de que entre ellos ha cundido una especie de epidemia que cada vez los ataca más inmisericordemente.

La acción es continua, no da pausas, por lo que sin transición apenas, de la estación de bomberos ya estamos dentro del edificio y vemos cómo un policía es atacado por una señora anciana, luego vemos cómo es abatida a balazos y poco después cómo su cadáver ya no está en el lugar donde había caído, todo en medio de los histéricos gritos de Ángela, quien parece creer que mientras más grita más suspenso y realismo le pone a la situación, pero el resultado es exactamente el contrario.

Filmada con la técnica de cámara móvil al hombro, al estilo de la más reciente Cloverfield (Matt Reeves, 08) persiguiendo el objetivo de dar “testimonio visual” de todo lo que ocurre (Pase lo que pase, nunca dejes de grabar), esta película del también realizador de Frágil, Darkness y Los Sin Nombre, no hace alarde de efectos visuales y en cambio apuesta más al trabajo interpretativo y a un correcto trabajo de maquillaje e iluminación.

El espectador no puede menos que esbozar una sonrisa de condescendencia: se nota el gran esfuerzo de producción detrás de la cinta, a la que pretenden darle realismo, y a ratos lo logran innegablemente, pero algunas de las actuaciones son algo desafortunadas, como la de la reportera, haciendo preguntas y comentaros cada vez más absurdos. El contraste está en los personajes de los bomberos y los policías, casi siempre en su papel, hasta que ellos mismos caen víctimas de la epidemia.

Al final de la cinta, los directores y guionistas nos recetan una buena vuelta de tuerca: luego de que los encerrados se enteran de que dicha epidemia comenzó con un perro enfermo, el ambiente cambia.
Ángela y su camarógrafo, los únicos todavía no infectados, entran en un piso del que nadie sabía nada, huyendo de los demás, y se topan con un conjunto de sórdidas y oscuras habitaciones, con recortes de periódicos pegados en los muros sobre un recurrente caso de posesión demoníaca de una niña portuguesa.

En una de las habitaciones que tiene aspecto de laboratorio clandestino, con una camilla equipada con correas para brazos y piernas, Ángela se las arregla para accionar una grabadora a pesar de que no hay luz en el piso, y escuchan la narración de lo que parece una bitácora médica (algo que recuerda uno de los cuentos de Lovecraft y Derleth en La Habitación Cerrada, (en la edición española de Alianza Editorial) titulado “El Superviviente”, que relata los extraños sucesos relacionados con los experimentos de un tal doctor Charriere).

Es así como el espectador se entera –que no la aterrorizada Ángela, pues no para de gritar- de que alguien realizó experimentos con la niña poseída y le extrajo una enzima, la cual se le salió de control.

Lo mejor de la cinta son esos últimos cinco minutos, lo que la coloca junto a la excelente El Orfanato, de Juan Antonio Bayona, pues ambas pueden ser consideradas como la muestra de una buena tradición de cintas de terror a la española.

Wednesday, August 27, 2008

Búsqueda Implacable

Violencia comprensible
Ricardo Martínez García

“No hay que olvidar que somos animales, y más cuando dañan a nuestros hijos”. Estas palabras las dijo el filósofo francés George Steiner a Juan Cruz en una reciente entrevista en la revista El País Semanal. Y es totalmente cierto, así lo muestran los hechos en la realidad y también la nueva cinta de Pierre Morel Búsqueda Implacable (Taken, 08).

Cualquier padre de familia que haya vivido el terrible trauma de ver a alguno de sus hijos secuestrados, e incluso el gran público mexicano (pues es un tema del que en estos momentos ciertos sectores de la población de nuestro país se encuentran hipersensibilizados luego de los muy mediáticos casos de los adolescentes Fernando Martí –ya fallecido- y Silvia Vargas) se sentirá completamente identificado de inmediato con el ex agente del servicio secreto norteamericano Bryan (Liam Neeson).

El problema es que no todos los padres de familia pueden hacerle frente a los secuestradores como lo hace el magníficamente entrenado Bryan, a quien le raptan a su hija Kim de diecisiete años, en París, a donde llega desde Los Angeles con la intención aparente de seguir a U2 en alguna gira europea.

Kim es una buena y consentidísima chica que vive con su madre (Framke Janssen) y su padrastro, quien a diferencia de Bryan es un hombre muy acaudalado. Kim desea ir a París con una amiga, para lo cual necesita el permiso de Bryan. Éste lo piensa, pone sus lógicas trabas pero finalmente cede ante la presión de su madre, quien le pide que la deje ir o si no “la perderá”.

Kim es secuestrada por una banda albanesa comerciante de mujeres, a quienes no les interesa el origen ni la condición social de sus víctimas. Aquellas que no son vírgenes son destinadas a la prostitución en masa. Pero a las que son vírgenes les deparan un destino mucho más exclusivo.

Una vez que Bryan se ha dado cuenta de la grave situación de su hija, de inmediato se traslada a Francia y comienza a investigar el paradero de su hija. Hábil, meticuloso, violento, pero sobre todo inteligente, mientras más descubre Bryan sobre las redes de operaciones criminales y su contubernio con las autoridades, más sangre deja en su camino.

A Bryan no le importa nada, más que encontrar a su hija y ponerla a salvo. El ex agente, así solo sea como personaje de ficción, se convierte de esa manera en la encarnación del deseo de venganza hacia aquellos que hacen sufrir a víctimas inocentes.

La escena donde tortura y electrocuta a un tal Marko difícilmente generaría alguna protesta en los sectores progresistas por los derechos humanos del secuestrador (el horno no está para bollos). El instinto paternal es superior a cualquier consideración humana hacia el delincuente y victimario. Ahora sí que como diría el tristemente célebre Arturo Montiel: los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas.

Para salvar a su hija, Bryan se enfrenta a subestructuras sociales en las que participan tanto criminales como autoridades y en las que todos sacan buenos beneficios. Y tal sistema trabaja en última instancia para acopiar apetitosas vírgenes que son pagadas a precio de oro por hombres indignantemente ricos, como el supuesto jeque al que le entregan finalmente ese precioso artículo que es Kim.

Los eventos ocurren en París, pero bien pueden ocurrir en cualquier otra parte del mundo, incluyendo por supuesto nuestro país. Y no, no es ficción, como dice un atolondrado aficionado al cine en un anuncio de la CNDH en la tele.

La cinta Crimen sin Perdón (Trade, 07) del cineasta alemán Marco Kreuzpaintner, cuenta con una trama bastante parecida: algunas jovencitas habitantes de zonas pobres, tienen el infortunio de caer en manos de bandas internacionales que los venden y esclavizan con fines sexuales pervertidos. Una de esas niñas es rescatada por su hermano (él mismo, de manera paradójica, un delincuente de pequeña monta, pero es que hay niveles: no es lo mismo atracar turistas que raptar niñas, o concertar con policías tarifas para traficar con seres humanos que ganar un sueldo como funcionario y no hacer nada), que hace lo imposible por seguirle la pista hasta los Estados Unidos, ayudado por un comprensivo y honesto policía (que los hay), que a su vez perdió a una hija en un secuestro. Ambos se enfrentan a esa subestructura social del mal en la que hay delincuentes simplemente hijos de la chingada, como dice Jairo Calixto Albarrán, y hay políticos hipócritas que hablan de “estridencias” cuando se les pide trabajar o irse.

Búsqueda Implacable está escrita por Luc Besson y Robert Mark Kamen, y dirigida por Pierre Morel, el mismo de Banlieu 13 (Adrenalina Total, 04). La actuación de Liam Neeson está más cerca de Batman Inicia que de La Lista de Schindler, pero siempre es un gusto ver trabajar a un actor de su talla.

Thursday, August 21, 2008


La incierta frontera entre el cómic y lo real

Ricardo Martínez García

Hombres que pueden desviar trayectorias de balas a voluntad, o controlar la adrenalina para volverse mortales instrumentos de un “destino” que dicta a quién eliminar con el fin de mantener el equilibrio político en las naciones del mundo, son algunos de los elementos de la cinta Se Busca (08), del realizador ruso Timor Bekmambetov.


Más familiarizados con cómics populares como Los Cuatro Fantásticos, El Hombre Araña, Hombres X etc., y sus respectivas sagas, en las que se sabe de antemano que las tramas y acciones son ficción, los espectadores pueden sentir que en Se Busca, de Bekmambetov, ven acciones increíbles en un contexto que pretende ser realista... y caer en una ambigüedad que se mueve entre descalificarla o darle cierto crédito a la imaginación: los personajes de la novela de Mark Millard y J. G. Jones no son fáciles de ubicar en los estereotipos ya conocidos de la famosa liga de los súper héroes.


La cinta sólo pretende entretener, lo mismo que aquellas más populares, y lo hace bien a partir de grandes efectos visuales y estética un tanto oscura, apoyada en una trama interesante y diferente, pero sobre todo, con un personal histriónico de grandes ligas.


Bekmambetov, conocido por Los Guardianes de la Noche y su secuela, Los Guardianes del Día, realiza su primer largometraje en inglés, con actuaciones -regulares- de Morgan Freeman, Angelina Jolie y James McAvoy, (cuyos papeles como el simpático fauno Mr. Tumnus en Las Crónicas de Narnia 1 o como el doctor Nicolas Garrigan en El Último Rey de Escocia, lo han puesto en el camino hacia el estrellato, haciendo recordar, con el debido respeto, a un actor como Dustin Hoffman, dadas sus características físicas). Contar tan solo con Freeman y Jolie en el reparto actualmente le otorga gran caché a cualquier cinta.


La premisa central de la película es una mezcla de dos elementos míticos: la existencia de una Fraternidad de asesinos que actúan bajo el designio de una tejedora, la cual determina quién debe ser eliminado en aras de mantener el orden natural de las cosas, a través de la composición del entramado de sus hilos.


El primer elemento mítico, la llamada Fraternidad, tiene referencias a la secta persa musulmana ismaelí, llamada Hashshashin, fundada en el siglo VIII y que se distinguía por asesinar a miembros de las élites Abbásidas por razones políticas y religiosas.


El otro elemento mítico tiene que ver con las historias acerca de una tejedora, que aparecen en culturas tan distantes como la japonesa (en el texto tradicional llamado Adachigahara de los Cuentos de Hadas Japoneses, o en el texto Tsuru No Ongae -La Grulla Agradecida-), y algunas sudamericanas (como en la tradición de los indios Kogi colombianos, o los Guajiros de Venezuela).


Encontramos con más claridad la representación de una tejedora del “destino” en algunos relatos y creencias de Norteamérica(como en los de la serie de historia ficción de Alvin Maker, de Orson Scott Card). Estos cuentos tienen en común la creencia de que una tejedora hilvana hilos que son la representación de la existencia de cada ser humano. Cuando se termina un hilo, la vida de una persona también llega a su fin. La vida de esa persona dependerá de cómo esté hilvanada con las demás.


En la película de Bekmambetov, Sloan (Freeman), jefe de la Fraternidad, manda reclutar al aburrido y mediocre contador Wesley Gibson (McAvoy), luego de que uno de los suyos los ha “traicionado” y ha decidio emprenderla contra los miembros de su sociedad.


La sexy e implacable Fox (Jolie) es la encargada de contactar a Gibson, “rescatarlo” de su ordinaria y sosa existencia y entrenarlo; el giro que da su vida es algo que todo mundo desearía: aventura, acción, tener un objetivo por el cual luchar (aunque no se comprenda): cumplir los designios de la tejedora (en este caso industrial) que Sloan es el único que puede “interpretar”.

Gibson descubre que lo que él pensaba que eran sus ataques de angustia o de soponcio era en realidad la manifestación no controlada de habilidades generadas por su gran producción de adrenalina. Sumado a ello, descubre su capacidad para combar las trayectorias de las balas disparadas, lo que lo hacen -junto con un durísimo entrenamiento con El Reparador y El Carnicero, expertos en castigo físico y manejo de armas blancas, respectivamente- el más poderoso de los asesinos, único capaz de enfrentar al renegado.

Pero al ser Sloan el intermediario entre la tejedora y los asesinos profesionales, ¿quién puede garantizar que es un buen traductor y no un traditore?

Si usted vio las anteriores películas de Bekmambetov, no debe perderse esta cinta, lo mismo si es fan de la bella Angelina Jolie.

Thursday, August 14, 2008

El Encierro

Martirio en América

Ricardo Martínez García

La historia detrás del asesinato de la adolescente Sylvia Likens, a finales de la década de los sesenta, le hubiera encantado a Truman Capote, aunque Felipe Cazals también hubiera estado muy a gusto con la historia. Recuerda obras como A sangre Fría o Los Motivos de Luz, respectivamente.

En esta cinta de Tommy O´Haver, titulada en español El Encierro (An American Crime, 07), no hay ficción, al menos en los hechos esenciales. Actos atroces e inhumanos que devienen en la muerte de Sylvia (Ellen Page) a manos de la desequilibrada y desesperada madre de seis niños, Gertrude Baniszewski, interpretada extraordinariamente por Catherine Keener, actriz que hiciera el papel de Harper Lee en la cinta Capote de Bennett Miller (05), protagonizada por Phillip Seymour Hoffman.

En un pueblo del estado de Indiana vive, en condiciones económicas deplorables, Gertrude, quien es una mujer imbécil que se deja embarazar a cada rato, que permite que su novio Andy (James Franco) la golpee y le saque los pocos dólares que consigue planchando ajeno y por concepto de “cuidar” a unas adolescentes.

En un acto de gran imprudencia por parte de los señores Likens, Gertrude se convierte en la cuidadora de sus hijas Sylvia y Jennie, pues ellos son vendedores en una feria ambulante y deciden no llevarlas de gira con el fin de establecerlas en algún sitio.

La película desarrolla las acciones de manera cronológica, de agosto a octubre de 1968, e intercala momentos del juicio que se le hizo a Gertrude.

La fachada de decencia de Gertrude se le cae a pedazos cuando azota a las niñas Likens porque sus padres no envían a tiempo el cheque semanal de veinte dólares por concepto de pago de sus “servicios”. El azote es incomprenisible pues las chicas no tienen nada que ver con tal retraso. Sylvia pide que todo el castigo sea para ella, queriendo proteger a su hermana Jennie, afectada de polio. Ahí comienza su martirio.

El espectador es testigo mudo e impotente de cómo una calumnia sigue a otra, cómo una atrocidad es seguida por una más grande hasta alcanzar niveles de crueldad insospechados tanto en adultos, como en adolescentes y niños, personas asiduas a los servicios religiosos cada domingo.

Gertrude decide castigar a Sylvia de manera todavía más injusta y cruel, supuestamente por haber manchado el honor de su hija Paula. Cada acto de Sylvia es puesto en tela de juicio por su watch dog.

El ambiente familiar en casa de los Baniszewski se torna tremendamente violento y tiránico. Gertrude se convierte –por decisión e inspiración propia y sin ningún beneficio apreciable- en la jueza suprema y ciega de la vida de Sylvia, en quien recaen todas las injurias y ataques, al grado de encerrarla en el sótano de su casa.

Las ofensas que Sylvia recibe, ya no sólo de Gertrude sino de sus hijos y de los amigos de sus hijos (quienes en un abrir y cerrar de ojos se deshumanizan completamente), son tan indignantes que uno se pregunta por qué no pidió ayuda para escapar de las garras de Gertrude, por qué no se las ingenió para escapar de esa casa de terror.

Sylvia se vuelve incapaz de acusar, de defenderse, de pedir auxilio, vejada y traicionada hasta por Ricky, un supuesto enamorado.

Tommy O´Haver, director de la cinta, coescribió el guión con Irene Turner. Dirigió también la película Hechizada (Elle Enchanted, 05), protagonizada por Anne Hathaway, y en la que el personaje principal es una versión moderna de la Cenicienta. Elle sufre de grandes abusos gracias a un absurdo don de obediencia hasta que decide irse y vivir para sí misma. Esa cinta tiene un final feliz, lo cual no ocurre de ninguna manera en An American Crime.

El trabajo de Ellen Page es más meritorio como Sylvia que como Juno, pues si bien en esta cinta del mismo nombre, escrita por Diablo Cody (seudónimo de Brook Busey-Hunt), interpreta a una indolente pero alivianada adolescente que sobrelleva muy bien su embarazo, en El Encierro se le exige mayor interpretación dramática, en un contexto de hipocresía, perversión, maldad y crueldad gratuitas.

Aunque nunca se ve a Getrude asesinar a Sylvia, nadie podría decir que no fue responsable directa de su tormento y muerte. En descargo de su culpabilidad se podría considerar el probable efecto nocivo que tuvo sobre ella un medicamento que tomaba para su persistente tos, pero ¿quién podría atribuir toda la carga nefasta de su moral corrompida al uso de un simple jarabe? El resultado de esa moral es un martirio a la americana.

Thursday, August 07, 2008

El más X de los Expedientes Secretos

Ricardo Martínez García

Fox Mulder, el personaje inevitablemente avejentado de la famosa y venerada serie televisiva X Files, llevada a la pantalla grande hace ya una década, se muestra en esta largamente esperada secula como siempre: con más fe e intuición que razonamientos, en oposición a la no menos maltratada por el titánico Cronos, Dana Scully, la eterna escéptica de espíritu científico.

Luego de nueve exitosas temporadas y del estreno de la cinta Los Expedientes Secretos X (Rob Bowman, 98) aparece esta nueva entrega titulada Los Expedientes Secretos X: Quiero Creer, bajo la dirección del propio creador de la famosa serie televisiva Chris Carter, en la que tal vez sea uno de los capítulos de más bajo nivel de la serie, sólo que vuelto película.

Mulder (David Duchovny) se deja seducir –como usualmente lo hizo en la serie televisiva- por la creencia de que ciertos poderes síquicos o sobrenaturales, en posesión de quien menos merecimientos tiene, ofrecen mejores resultados en el momento en que las ciencias criminalísticas han quedado rebasadas, evidenciando la incapacidad de corporaciones como el FBI. Ésa es la premisa principal de la afirmación quiero creer del título de la película.

Lejos de las tramas en las que se veían envueltas criaturas extraterrestres, secretos o misterios extraordinarios muy bien guardados por el gobierno de los Estados Unidos, la cinta nos muestra a un Mulder alejado del FBI viviendo como barbón ermitaño y a Scully ejerciendo la medicina en una clínica dirigida por sacerdotes católicos.

Sin pizca de ciencia ficción ni misterio, pero sí con vistazos de atroces experimentos antinaturales que devienen en auténticos asesinatos dignos del Carnicero de Milwuakee, el argumento de la película no es muy diferente de la que presenta, por ejemplo, El Dragón Rojo (02) de Brett Ratner: unos agentes retirados del FBI regresan a la corporación para ayudar a resolver un caso, el cual es eminentemente policiaco.

En la cinta de Carter, una agente de la Agencia es la víctima pero, en la medida en que avanzan las “investigaciones” (apoyadas en los poderes síquicos de un sacerdote pederasta) deviene en un caso no solo de secuestro sino de asesinatos en serie.

La particularidad del nuevo Expediente es que se plantea la paradoja de que el que ahora ayuda, es un sacerdote católico castrado y autoexiliado del mundo, que se refugia en una colonia de ofensores sexuales debido a su incontrolable deseo por la carne infantil, pero que pone a disposición de los escépticos agentes (Scully la primera, naturalmente) sus dones paranormales para encontrar a las víctimas de aquellos que fueron sus propias víctimas.

En pleno siglo XXI, unos doctores de origen alemán trafican con órganos humanos, raptan y desmembran a sus víctimas, cual grotescos émulos del famoso personaje creado por Mary W. Shelley, Víctor Frankenstein, quien estaba obsesionado con la idea de crear vida.

Si bien estos modernos “doctores” no quieren crear vida, objetivo de Frankenstein, sí quieren cambiar o mejor dicho trasplantar la cabeza de una persona al cuerpo de otra, como si el cuerpo humano fuera un automóvil al que se le cambian las piezas dañadas, o que ya no le funcionan, por refacciones nuevas, o al que se le ponen los accesorios que se desean al gusto.

¿Qué mueve a estos científicos a realizar esos espeluznantes experimentos, cuyos antecedentes fueron unos ensayos con inocentes perros?: una gigantesca y personal patología sexual digna de los más inspirados tratados freudianos: no se trata de que un hombre que se siente mujer se ponga implantes y tome hormonas femeninas para obtener crecimiento de senos o cosas por el estilo. Se trata de que éste hombre pueda simplemente cambiar su cabeza (mantenida hipotéticamente con vida por medios artificiales) al cuerpo de ¡una mujer!

Ésa parte de la película es la que más se acerca a lo que podríamos llamar ciencia ficción. Pero el tratamiento del tema que el director ofrece, no es muy diferente de lo que se puede leer en la sección de nota roja de algunos periódicos.

Carter, quien escribió el guión de la película junto con su viejo colaborador Frank Spotnitz, perdió la oportunidad de explotar la constante tensión sexual latente entre los dos protagonistas, Mulder y Scully, al obviar cualquier pizca de romance y dejar en claro que luego de su retiro del FBI, los agentes tuvieron un hijo –muerto tal vez- y viven juntos. Parecen una pareja madura venida a menos en su vida amorosa.

En cambio, sí explota el eterno conflicto del escéptico que se detiene ante la falta de evidencias y vuelve a la acción gracias a la insistencia de chispazos de dudas sobre si finalmente es válida la información obtenida de un supuesto síquico pervertido. Y sí, mientras se encuentre al culpable, no importa que se haya logrado gracias a la intervención del mundo paranormal. La película es el más x de los expedientes secretos, pero será un plato mediano para todos los televidentes asiduos a la extinta serie.

Thursday, July 31, 2008

Andanzas Veraniegas de un Cinéfilo Irredento

Ricardo Martínez García

Es plena temporada de cine de verano y ya deseo que termine. No es que no me gusten los estrenos propios de esta parte del año, pero a veces ir a las salas de cine se vuelve una especie de viaje al inframundo tipo La Divina Comedia, o un ilustrativo recorrido por uno de los más asiduos parques del animal humano -las salas cinematográficas- que es como un catálogo de sus peores costumbres.

Al ir a ver El caballero de la noche en Cinemex Aragón nos piden participar a mis hermanos y sobrinos en una encuesta para calificar tal película. La sala, abarrotada de niños y los respectivos adultos, queda convertida al final de la función en un verdadero muladar, con pisos pegajosos, asientos manchados y restos de palomitas en los lugares más recónditos de las butacas.
No es difícil imaginar el modo en que convertimos la sala en chiquero, cuando yo mismo me vi envuelto en una inconsciente y salvaje competencia con mi sobrino Rodrigo por ver quién comía más palomitas y bebía más refresco en el menor tiempo posible. “Está muy larga, no le entendí y me aburrí”, comentó mi vencedor palomero al final de la función. Hubiera querido decirle que a mí sí me gustó, sobre todo por las implicaciones morales de las propuestas guasonas que recuerdan muy de cerca al caso del bíblico Job y las terribles pruebas a las que es sometido a instancias del “adversario” de Dios. Pero la edad de mi sobrino, su aburrimiento y la susodicha encuesta llevaron mis reflexiones por otros derroteros.

Presencio Hellboy 2 con mi amiga Laura en Cinépolis Plaza Satélite. Como ella no vio la primera cinta, me mira con azoro cada vez que yo suelto grandes carcajadas. Del Toro es un genio al nivel de George Lucas o Steven Spielberg. Prueba de ello es la inmensa creación de un mundo de fantásticas criaturas a partir de su fecunda imaginación y que plasma en su famoso Cuaderno de Notas.
No es casual que Del Toro continúe con el trabajo que inició Peter Jackson a partir de las novelas de J. R. R. Tolkien, ahora con El Hobbit.
Pienso en todo lo anterior mientras alguien patea el respaldo de mi asiento. ¡Dios! ¿Cuál ha sido mi pecado que me exige esta penitencia? ¡Rara vez nadie patea mi asiento en cualquier sala de cine de la ciudad! Recuerdo una ocasión en que fui a ver una peli con un compañero cecehachero y un six de cervezas. Al abrir la primera lata salió un chorro de espuma a manera de spray, mojando el largo cabello de una mujer sentada frente a nosotros. El olor a cerveza y la verguenza, además de una incontenible risa, no nos permitieron permanecer un minuto más en la sala de cine. ¿Habrá sido eso?

Al ver Kung Fu Panda, en Cinemex Palacio Chino, me doy cuenta de que el que ríe más que cualquier niño de los que me rodean, soy yo, y eso que el jolgorio que se cargan estos infantes molestaría a cualquiera, lo mismo que la insistencia de sus madres en hacer llamadas celulares a mitad de película, con esas luces azulonas que tanto molestan a los de las filas de atrás.

Pero para risa, la que se traía un trío de maduras pero cotorrísimas y distinguidas señoras en Cinemex Casa de Arte, a las que no les dura la paciencia para echarse de una sentada las casi tres horas que dura En el Gran Silencio. Acudo a tal sitio esperando escapar de las multitudes que abarrotan las salas más comerciales y esperando ver una buena cinta en compañía de espectadores “conocedores” del arte cinematográfico, o por lo menos que guarden más silencio del que es posible esperar de infantes que ven Wall-e o Viaje al Centro de la Tierra, que como entretenimiento son muy buenas pero como ciencia ficción son un verdadero fiasco. Son ejemplos perfectos de cómo no funcionan las leyes de la naturaleza.

Pero volviendo a mi visita a Polanco: gracias a la “silenciosa” cháchara de las señoras, que me recuerda al instante una conversación tipo Ratatouille -ya que estaban cuchicheando sentadas exactamente detrás de mí- me entero de que una de ellas irá a un congreso de instituciones tipo Teletón, de que esa semana ya vieron Batman y el Super Agente 86 y de que a esta película sobre unos monjes le faltó bastante edición.

La impaciencia o el despiste afloran entre los espectadores de esta larga cinta dirigida por Phillip Gröening: una pareja de ancianos, él con su gorrito llamado kipá y ella la viva imagen de la típica madre y abuela judía, abandona la sala poco después de comenzar; otros siguen su ejemplo luego de casi dos horas de proyección.
La cinta es un documental sobre la vida monástica y contemplativa de una comunidad de religiosos de la Orden de los Cartujos, donde los monjes -que profesan votos de pobreza, obediencia y castidad- buscan a Dios en la soledad de sus oraciones, sin salir casi de sus celdas. Es una vida muy diferente a la mundana en donde prevalece la competencia, el consumismo, el afán de riquezas y el cultivo de las pasiones, todo en medio de las prisas y las impaciencias, tal como muestran algunos espectadores. Casi al final de la cinta uno de los monjes señala: “Es una lástima que el mundo haya perdido el signficado de Dios”. En ese momento se oye el suave ronquido de un señor.
En la búsqueda de una sala con gente tranquila, acudo al Lumiére Reforma a ver El Asesinato de un Presidente. Llego tarde, lo cual odio porque esas salas son pequeñas e incómodas. Son pocos los asistentes pero están perfectamente distribuidos, de tal manera que me tengo que sentar en una butaca frente a un señor con aspecto de intelectual.
Al poco rato me doy cuenta de que el “intelectual” no cabe en su asiento y cada vez que se acomoda, con irritante frecuencia, patea mi respaldo. Me levanto y busco el asiento más alejado del patilargo. El tema de la cinta me hace pensar en una analogía: para mí ir al cine es como vivir en un constante complot por parte de los asistentes en contra mía. Se trata de que realmente -a diferencia de Bush y las protestas en su contra- no vea con tranquilidad y sin novedad ninguna película.
La temporada veraniega concluirá en un par de semanas más, los estudiantes de primarias, secundarias y bachilleratos regresarán a la escuela, sus padres volverán al trabajo normal y yo estaré feliz nuevamente al ser uno de los pocos asistentes a las funciones matinales -si no es que el único, como a veces me ha tocado- en alguna sala del Cinemex San Mateo, o del Cinemark Reforma 222, por ejemplo, que darán próximamente los Expedientes Secretos X 3 y La Momia 3. Enhorabuena.

Monday, July 28, 2008

La Muerte de un Presidente

Variedades de una teoría conspiratoria
Ricardo Martínez García

La película El Asesinato del Presidente, del cineasta británico Gabriel Range (Death of a President, 06) es un ejercicio de política ficción -a manera de documental- en el que se plantea el asesinato del presidente George W. Bush y la manera en que las instancias judiciales, como el FBI, reaccionan ante el hecho.

La cinta deja en claro que hay ciertos sectores de la población norteamericana -a los que nadie pela, salvo el equivalente gringo policiaco de los granalocos de por acá, pero sólo para golpearlos- que sí muestran conciencia política y se manifiestan cada vez con mayor virulencia, con consignas como “yo odio a Bush” o “¿a cuántos niños mataste hoy, George?”, contra la política exterior de Bush (la invasión a Irak y los constantes bombardeos a Afganistán) y contra el tremendo acotamiento de los derechos civiles que representan las llamadas “actas patrióticas” expedidas a iniciativa de Bush.

Esas manifestaciones naturalmente no tienen ninguna trascendencia mediática ni política y menos socialmente. Una funcionaria cercana a Bush explica el sentir del presidente ante las protestas, contando lo que Bush le dijo de la manera más tranquila: “Respeto que manifiesten sus opiniones, sólo pediría que lo hicieran de manera pacífica”. Pero dichas manifestaciones, pacíficas casi todas, hasta ahora no han logrado cambiar el rumbo de las decisiones presidenciales.

En la película George W. Bush -a quien extrañamente algunos de sus funcionarios admiran y elogian por su “fe” y su “sentido del humor”- es víctima de un atentado que lo priva de la vida en Chicago a donde va el presidente presuntamente en octubre del 2007 (y en circunstancias muy parecidas a las del atentado que quitó la vida a Robert F. Kennedy en Los Angeles, luego de ganar las elecciones primarias del partido demócrata para ser candidato a la presidencia en 1968), donde se enfrenta a una enorme manifestación más en su contra.

La estructura de la cinta al principio resulta interesante, pero luego de los testimonios por parte del jefe de seguridad del presidente, de los agentes designados a la investigación y de algunos periodistas de la fuente presidencial y que dan como resultado la descripción de la muerte del presidente, el ritmo de la cinta decae profundamente, al punto de arrancar bostezos en algunos concurrentes.

La película se centra entonces en el trabajo de investigación y búsqueda de los responsables del asesinato, el cual es mostrado como tendencioso y realizado para justificar una hipótesis preconcebida, llena de prejuicios, con el manejo de las evidencias y no al revés: a partir de las evidencias formular la hipótesis.

El resultado de la “investigación” es la captura inmediata, juicio y condena a muerte de un ciudadano norteamericano de origen sirio -y musulmán para acabarla de amolar- llamado Jamal Abu Zikri. La pregunta es ¿así habrá sido como dieron con el palestino Sirhan Sirhan, encontrado culpable de asesinar a Robert F. Kennedy, o con Mario Aburto, el supuesto asesino de Colosio?

Las evidencias encontradas son datos para alimentar cualquier cantidad de teorías conspiratorias, sobre todo porque los de Kennedy (y ni hablar de su hermano John) y Colosio son casos reales, no ejercicios hipotéticos.

En el terreno político, la cinta simplemente plantea el nombramiento como nuevo presidente del hasta entonces vicepresidente Dick Cheney, como manda y ordena la constitución gringa, manteniendo las cosas como antes, pero ahora con un nuevo “responsable”.

Con esa salida tan oficial, la cinta pierde la oportunidad de explorar otras consecuencias. ¿Qué pasaría si realmente el actual presidente de los Estados Unidos George W. Bush fuera reemplazado, en circunstancias excepcionales, por un doble un poco más estrábico y menos pesado, si fuera posible, que el original? Nada, no pasaría nada, no nos daríamos cuenta (o tal vez no nos hemos dado cuenta de tal reemplazo), pero al menos eso daría pie a algunas divertidas conjeturas.

Lo que sí es cierto es que la cinta ganó el Premio Internacional de la Crítica en el Festival de Cine de Toronto del 2006 y que fue criticada por algunos medios políticos por haber utilizado la imagen del aún presidente George W. Bush; también algunas cadenas se negaron a exhibir la cinta por considerarla “ofensiva”. Al parecer la productora Newmarket Films había anunciado que lanzaría la cinta el 20 de enero del 2009, fecha en que el presidente número 44 inicia su periodo (Obama o McCain), pero tal vez se lo pensó mejor y se estrenó mucho antes de esa fecha. ¿Habrá sido víctima de un complot?

Wednesday, July 09, 2008

La Escafandra y la Mariposa


El lenguaje y la conciencia

Ricardo Martínez García

¿Qué sería de nosotros si tuviéramos que prescindir, por accidente o enfermedad, de la movilidad corporal y de la habilidad de comunicación vocal y gesticular de manera total, o casi? Seguramente sería una situación desesperada darnos cuenta que estamos encerrados en nuestro cuerpo, conscientes pero sin poder comunicar de manera inmediata lo que se quiere decir.

Tal es la situación que plantea la cinta del cineasta norteamericano Julian Schnabel La Escafandra y la Mariposa (The diving bell and the butterfly, 07), basada en el libro autobiográfico de Jean-Dominique Bauby –interpretado magistralmente por Mathieu Amalric- el cual narra la vida del editor de la revista francesa Elle, quien mientras desarrolla una vida profesional exitosa, sufre de pronto de una parálisis casi total, en la que sólo su ojo izquierdo mantiene la movilidad.

La terapeuta especializada en comunicación a cargo de Bauby, que está al tanto de la normalidad de los procesos mentales de su paciente, decide emprender la ardua labor de comunicarse con él, proceso que consiste en que ella deletrea las letras más comunes en la lengua francesa y Bauby indica, mediante el parpadeo, qué letra seleccionó para construir las palabras que desea dar a conocer.
A veces el proceso es demasiado lento, o demasiado rápido según las circunstancias y necesidades, necesidades que ni siquiera se plantean en el lenguaje común y cotidiano.

El método comunicativo funciona porque Bauby, al no sufrir daño mental, maneja de manera normal los códigos lingüísticos y culturales, aunque su enorme –pero no insalvable problema- es la eficiente utilización de su único párpado móvil, el cual termina usando con pausas de tiempo parecidos al código morse o a un lenguaje binario. Para afirmar algo parpadea una vez y para negarlo dos.

Mediante este sencillo pero arduo sistema de comunicación, Bauby no solo logra comunicarse con su familia y doctores, sino que emprende la titánica labor de dictar un libro, el cual fue publicado en 1997, poco después de la muerte del editor, y del cual toma nombre la cinta de Schnabel.

La situación planteada en la película –producción franco americana- no es insólita: Bauby no es el primer paciente en el mundo que sufre de parálisis casi total, ni es el único enfermo consciente y de buena salud mental, lo que sí es insólito (al menos para los estándares mexicanos) es la atención médica que se le da en ese hospital francés de primer nivel.

Jean-Dominique a pesar de la parálisis, o a causa de ella, lleva a su imaginación a niveles que probablemente no hubiera alcanzado de gozar con el funcionamiento de su aparato motriz. Así, a pesar de la escafandra, modo en que él llama a su inmovilidad que lo tiene completamente atrapado y es como una pesada losa de la cual no se desprenderá más, Bauby logra crear y recrear el mundo de su imaginario personal, al cual metafóricamente se refiere como la mariposa. Y la vía de esa “mariposa” es el activo párpado izquierdo subiendo y bajando innumerables veces.

Por otro lado su conciencia, que se proyecta sobre sí misma, le permite revaluar su relación con su padre (Max Von Sidow, siempre excelente), con la madre de sus hijos, Celine (la siempre bella y gran actriz Emmanuelle Seigner, esposa de Roman Polansky) y en general con los diversos y ricos aspectos que conformaban su vida normal.

Julian Schnabel (51), también director de las celebradas cintas Basquiat (96) y Antes de que anochezca (Befote night fall, 00), aquella que catapultó al estrellato a Javier Bardem por su estupendo trabajo como el poeta cubano Reinaldo Arenas, logra una estupenda interiorización visual del mundo de Bauby, que produce simpatía y compasión hacia su persona, aunque sin caer en falsos sentimentalismos.

Lo que llama la atención es que, a pesar de que es Celine –la madre de sus hijos con la que Bauby no quiso casarse- la que está al tanto de él, Jean-Dominique anhela la visita de su amante, quien no lo ha visitado ni una vez. ¡Así somos algunos hombres, sinceros y honestos hasta el final!

A diferencia de las cintas Mi pie izquierdo (Jim Scheridan, 89) y de Despertares (Penny Marshal, 90), en donde el drama humano involucra diferentes tipos de incapacidades físicas y mentales, todo lo insólitas que se quieran como son los casos de los que se ocupa el famoso neurólogo Oliver Sacks, en La Escafandra encontramos un verdadero mundo interior expuesto a cuentagotas mediante un metalenguaje, a través del único canal del alma que le queda a Bauby: su ojo izquierdo.

Wednesday, July 02, 2008

Kung Fu Panda

El verdadero Kung fu: ser uno mismo

Ricardo Martínez García

La historia del surgimiento de un guerrero legendario e implacable pocas veces ha sido tan tierna y disfrutable como la historia del oso panda Po, quien es hijo (a todas luces adoptivo) de un honrado ganso fabricante de fideos, y de su sueño de convertirse en un formidable exponente del Kung Fu.

Producida por los estudios Dreamworks y dirigida por Mark Osborne y John Stevenson, Kung Fu Panda cuenta con un guión de Dan Harmon, Jonathan Aibel y Glenn Berger, el cual retoma algunos elementos míticos y de sabiduría ancestral china para mostrar que la mejor enseñanza que podemos recibir (y sin tantos rollos, literalmente) es aceptarnos a nosotros mismos y descubrir la riqueza que llevamos dentro. Ésa es la fuente de toda fortaleza y la única manera de sacar provecho de nuestras debilidades.

Aparentemente la maestría del kung fu sólo es alcanzada luego de duros y largos años de entrenamiento, cosa que creen totalmente los cinco discípulos del maestro Shifu –Tigresa, Mantís, Viper, Mono y Gruya- todos ellos tremendamente versados en las artes marciales y lideradas por Tigresa, quien no duda en mostrarle todo su desprecio a Po, quien es un gran concinero torpe y gordo pero es quien, casi sin entrenamiento, al final salva a la ciudad del temible leopardo Tai Lung, ex favorito del maestro Shifu.

Oogway, Maestro a su vez de Shifu, es la sabia tortuga que se encarga de designar al llamado guerrero Dragón, único capaz de detener a Tai Lung, pero todos creen que ha errado con la designación de Po, lo cual está por verse. Oogway se cansa de afirmar que no hay accidentes ni error en su elección.

Las referencias a la sabiduría china, que también puede ser la griega (como la de Sócrates y el “conócete a ti mismo”) y el proceso de sucesión y elección de maestros, que recuerda a las ordenes de iniciados u organizaciones secretas y esotéricas, hacen de esta película un festín de la imaginación que a los infantes seguro les gustará mucho, y a los grandes nos harán pasar un rato divertido y probablemente hasta de reflexión.

La cinta cuenta con las voces en inglés de Jack Black, Dustin Hoffman, y Angelina Jolie (Po, Shifu y Tigresa) y en español con la voz de Omar Chaparro y Pedro Armendáriz Jr. para Po y Shifu.

21 Blackjack

La inteligencia al servicio de las pasiones

Ricardo Martínez García

En pocas ocasiones, como en la película 21 Blackjack, se ve un ejemplo tan claro de lo que el filósofo de la modernidad Thomas Hobbes decía acerca de que la razón, o la inteligencia humana, se convierte en un mero instrumento de las pasiones y deseos humanos para obtener los objetos que apetecen. Y de que el hombre es el lobo del propio hombre.

La inteligencia de algunos universitarios norteamericanos famosos como Bill Gates, Larry Page y Sergei Brin, ha producido artículos e inventos asombrosos, como los programas operativos para computadoras, juegos, accesorios, portales de internet, pero no es el caso del talentoso Ben Campbell (Jim Sturgess), quien aspira a una beca para la prestigiosa escuela de medicina del Massachussets Institute of Technology (MIT).

A partir de la entrevista para obtener la beca, nos enteramos de que Ben, aprovechando su talento intelectual, fue reclutado por el profesor de matemáticas Micky Rosa (Kevin Spacey) para formar un equipo de jóvenes genios que al contar cartas en los casinos de Las Vegas -cosa prohibidísima en ese lugar- llegaran a volverse muy ricos.

La intención primaria de Ben al aceptar entrar al equipo era conseguir lo justo para pagar sus estudios médicos (400 mil dólares) pero ante el éxito de las fraudulentas operaciones, despiertan en él otro tipo de caros intereses y gustos, por lo que poco a poco le gana la avaricia y la soberbia, pasiones antes desconocidas para el ingenuo estudiante.

El conflicto comienza cuando Ben se distrae gracias a su disipada y gozosa nueva vida y pierde el control, malgastando grandes cantidades de dinero en algún casino, lo cual es inaceptable para Micky, quien lo saca del equipo y lo despoja de todas sus ganancias, cosa que inspira a Ben para elaborar un racional plan de recuperación de su dinero y además darle a Micky su merecido.

Se trata de una historia presuntamente verídica, basada en el libro de Ben Mezrich titulado Bringing Down the House: The Inside Story of Six M.I.T. Students Who Took Vegas for Millions, que pasa a través de las “dramáticas” conversiones de Ben de un inocente y modesto estudiante a un ambicioso y glamouroso gambler, su caída y redención, aún a costa de la traición a sí mismo, a sus amigos y a su protector.

Tal historia es la que esgrime Ben para “asombrar” al examinador y entrevistador al inicio de la cinta, que determinará si le dan la beca o no. Con esos peculiares antecedentes, apenas con ciertos ecos a los de otros verdaderos y exitosos defraudadores o ladrones de altísimo nivel (como los llamados “barones del robo”), seguro se la dieron.

Saturday, June 28, 2008

El Fin de los Tiempos


Una metáfora ecologista
Ricardo Martínez García
M. Night Shiamalan escribe, produce y dirige El Fin De Los Tiempos (The Happening, 08) cinta apocalíptica-ecológica cuyo contexto post 11-S le da un aire inquietante, de histeria colectiva que se dispara a la menor provocación, pero cuyos alcances, más allá de Norteamérica, blanco súper natural de actos del terrorismo yihadista, ahora abarca todo el planeta.

En un día cualquiera, las personas que pasean en Central Park en Nueva York (como frecuente escenario de los peores desastres) comienzan a paralizarse, algunos a matarse o suicidarse, aparentemente sin causa alguna.

Las hipótesis que se manejan para explicar tan extraño fenómeno van desde el natural atentado terrorista y hasta la invención de nuevas y tremendas armas químicas elaboradas por el propio Pentágono.

Elliot (Mark Whalberg) es un profesor de métodos científicos en una preparatoria que tiene que lidiar con su esposa Alma (Zooey Deschanel, hermana menor de la famosa Emily, protagonista de la teleserie Bones), cuidar de Jess, hija de su amigo Julian (John Leguizamo), y con la histeria colectiva y el desconocimiento ante los hechos que, poco a poco, se revelarán como algo de mayor magnitud que un atentado terrorista.

Ante las muertes que se multiplican y confirman en varias ciudades del extremo norte de la costa Este norteamericana, la histeria colectiva induce a la población a buscar refugio en zonas rurales. Para entonces se maneja la hipótesis de que son las plantas las que sueltan sustancias tóxicas para protegerse, sustancia que resulta fatal para los seres humanos.

La parte espeluznante de la cinta comienza con la llegada de Elliot, Alma y Jess a una casa en lo profundo de la campiña, donde una anciana señora, acostumbrada al aislamiento y a suponer todo tipo de fechorías por parte de los extraños, les da alojamiento, pero sus costumbres son bastante inquietantes.

En tal aislamiento la pareja replantea su amor, mientras son víctimas del azote de un viento asesino, invisible enemigo mortal de los seres humanos.

El mensaje de la cinta no puede ser más claro: hemos atentado tanto y desde hace mucho contra los organismos vegetales que éstos han comenzado a defenderse. Ojalá fuera así, pues al menos en la ficción el planeta verde tendría una oportunidad, cosa que el afán destructor que tenemos los seres humanos no da pie ni siquiera a su defensa. Y si no, hay que ver los índices de deforestación en el Amazonas, o en cualquier otro lugar que tiene verdor vital.

El Super Agente 86

Maxwell Smart regresa por sus (escasos) fueros

Ricardo Martínez García

Al principio de la cinta dirigida por Peter Segal El Super Agente 86 (Get Smart, 08), el famoso personaje creado para la televisión por Mel Brooks, aparece un tanto desdibujado: es una mezcla de un afeminado y meticuloso aspirante a espía que gusta de escuchar la música de Abba y de un obsesivo-compulsivo que necesita apuntar todo en pequeños papelitos para no olvidar nada, manía que recuerda al personaje de Monk.

Conforme avanza la película, el agente 86 va definiendo su personalidad, y cada vez el espectador se familiariza más con este aparentemente inepto agente de Control, aquella vieja (y ficticia) organización de contraespionaje que junto con la CIA y otras agencias gubernamentales son las encargadas de velar por la seguridad nacional de los Estados Unidos, en contra de la otra mítica organización del mal llamada Caos.

El personaje que ahora interpreta en la pantalla grande el actor y comediante Steve Carrel puede ser del todo desconocido y poco atractivo para los adolescentes actuales, pero para aquellos que llegaron a ver la serie de televisión de los sesenta –protagonizada por Don Adams y Barbara Feldon- y que se transmitió en México, con un excelente trabajo de doblaje encabezado por Jorge Arvizu “El Tata”, seguramente les traerá gratos recuerdos.

Maxwell Smart es un recopilador y analista de información confidencial cuyo meticuloso trabajo a pocos de sus compañeros realmente interesa, pero tiene la aspiración de convertirse en agente a cargo de peligrosas misiones.

Luego de aprobar su examen de espía, Smart es comisionado para trabajar con la agente 99 (Anne Hathaway, sin duda de lo mejor de la cinta, así como la Feldon lo era de la serie televisiva) en un peligroso trabajo en Rusia para desmantelar una operación que involucra armas nucleares.

Luego de las infaltables torpezas de rigor, de una sesión de gimnasia que es un guiño a la cinta La Trampa (Jon Amiel, 99), por la escena donde Catherine Zeta Jones le muestra a Sean Connery cómo evade los rayos láser cruzados de una alarma, y de una graciosa competencia de baile, los agentes de Control aparentemente logran desarticular los planes de Caos para desestabilizar el mundo.

Luego de traiciones de agentes dobles infiltrados en Control, del descrédito del agente 86, de su encarcelamiento y escape, éste logra llegar a tiempo a Los Angeles para salvar a un presidente dormilón e inculto (James Caan, excelente personificando a Bush) y conquistar a la reticente agente 99.

A pesar de sus buenos momentos, la cinta adolece del mal de aquellas que están basadas en exitosas series de televisión: no logran convencer del todo a aquellos que vimos las series originales (como en el caso de Los Angeles de Charly, Misión Imposible, Los Locos Adams, ecétera). Es complicado hacer parodia de la parodia original, pero aún -y a pesar de un guión del que se mofa el propio Maxwell- así la cinta se salva por las interpretaciones de Hathaway, de Carrel, de Alan Arkin y hasta de Dwayne Johnson, como el agente doble y traidor.

La adaptación y el doblaje al español “mexicano” –tan de moda y relativamente aceptable en Shrek, Los Increíbles y otras por el estilo- tiene como resultado una comicidad forzada, poco natural y descontextualizadora, por lo que a pesar de contar nuevamente con la voz inconfundible de El Tata, recomendamos la versión en su idioma original.

Thursday, June 19, 2008

Tomaso Landolfi

Las mujeres de Tommaso Landolfi

Ricardo Martínez García

Tommaso Landolfi fue un ameno, inteligente e interesante narrador italiano, además de ensayista, dramaturgo y poeta que cultivó un estilo de vida parecido al de Byron o Baudelaire: de verdadero dandy.

De origen noble, Landolfi expresó en su tiempo su desacuerdo con el régimen fascista que se hizo del poder político y social en Italia, con Mussolini a la cabeza, hecho que lo llevó a pasar un breve periodo de tiempo en prisión. Licenciado en literatura rusa, tradujo al italiano a los escritores Alexander Pushkin y Nikolai V. Gógol, y a los poetas alemanes Novalis y Hugo Von Hofmannstahl.

Landolfi, quien nació el 9 de agosto de 1908 y murió el 8 de julio de 1979,es poco conocido en México (e incluso en su país), aun cuando se han publicado algunos libros en castellano de sus obras, como el volumen titulado Invenciones (Siruela, 1991) con textos seleccionados por Italo Calvino, La piedra Lunar (Seix Barral, 1956), Relato de Otoño (Siruela, 1992) y uno de relativamente reciente publicación editado por su hija Idolina, titulado Tres Relatos (Siruela, 2007).

Los temas en sus cuentos reflejan, como en todo escritor, un poco de sus ideas y convicciones, aun cuando cuidó de que su vida personal como tal no fuera demasiado conocida, al grado de prohibir a sus editores la publicación de cualquier dato biográfico.

La enorme atracción que sentía por el juego, una de las más fuertes aficiones en su vida, y/o las extrañas relaciones que ciertos hombres pueden llegar a entablar con algunas mujeres, son ejemplos de algunos temas que nos hablan de sus intereses.

En su relato Mano Robada, Landolfi escribe sobre los pasatiempos de un grupo de personas de sociedad, formada por intelectuales, escritores y nobles que se reúnen cotidianamente para compartir sus diversiones burguesas.

El narrador, quien ha observado en la concurrencia a una mujer sumamente hermosa y altiva, tanto que según él resultaba difícil sustraerse al deseo de sojuzgarla y hacerla recibir humillaciones, planea un juego de cartas -de ahí el título- en las que los perdedores (teniendo en mente especialmente a la mujer de aspecto soberbio) deberán desnudarse, como castigo, ante el único ganador. Como alternativa se propone una idea absurda: que quien no desee desnudarse, entonces tendrá que suicidarse (se propone tal cosa en la convicción de que nadie en su sano juicio optará por suicidarse si puede simplemente desnudarse).

El grado de introspección que alcanza el narrador es tan intenso que uno sabe qué está pensando y los cambios que le ocurren pero no en qué va a resultar todo, pues los resultados dependen de los otros, de sus decisiones inescrutables y misteriosas, en este caso de la hermosa y altiva mujer que ha inspirado tal descabellado juego, planeado con tal de verla al desnudo, despojada de toda su dignidad arropada por la vestimenta.

Esta misma introspección es llevada aún a límites verdaderamente inquietantes en el cuento La Muda, en la que asistimos a las confesiones de un individuo que hace reflexiones sobre la muerte, lo que ésta pueda significar para un condenado a ella y cómo puede o no ser un alivio para un delito tan sui generis como el que él ha cometido.

De tal modo, asistimos al proceso de atracción y seducción de una inocente jovencita que realiza este hombre, de la cual junto con él no sabemos nunca qué pudo llegar a pensar porque era muda y sólo sabemos de ella lo que nos cuenta su victimario, quien interpreta sus gestos y miradas, mientras que sí lo sabemos todo de los pensamientos del perpetrador del delito que, es necesario decirlo, bien podríamos ser nosotros mismos, de tan bien que conoce el alma humana y sus pasiones. Eso es lo inquietante del asunto, lo atrayente y lo perverso.

Como buen traductor y lector de Gógol, Landolfi se inspiró en el autor ruso y escribió otro relato titulado La Señora de Gógol que es como una síntesis sicológica del autor de Almas Muertas. Se sabe que la madre de Gógol profesaba una fuerte devoción por el cristianismo ortodoxo, y tal fe ejerció gran influencia en la personalidad de su hijo, reflejada en algunos aspectos morales de sus escritos.

Así como en algunos cuentos Gógol hace alarde de un ácido y refinado sentido del humor, Landolfi hace lo propio y en La Señora de Gógol (cuya trama condensa y sintetiza magistralmente uno de los mayores críticos literarios de la actualidad, Harold Bloom, en unas pocas pero sustanciales líneas en Como leer y por qué) el narrador, que se supone es amigo y biógrafo del escritor, nos cuenta que el genial ruso se llega a casar con una muñeca inflable, a la cual nombra Caracas y cambia de tamaño y forma según el gusto que se cargue. Hay una película con un tema parecido (Lars y una Chica de Verdad, Craig Gillespie, 2007) pero no se iguala con el nivel de mordacidad del relato de Landolfi.

Todo es felicidad sexual con Caracas por varios años hasta que Gógol se da cuenta de que tiene sífilis e incongruentemente culpa a su “esposa”. En un arranque de furia la infla hasta hacerla explotar, lanzando sus restos a la chimenea, lo mismo que a otro pequeño muñeco, “hijo” de Caracas, y también a sus obras no publicadas (¿Acaso la segunda parte de Almas Muertas?).

¿Qué tipo de mujer está describiendo Landolfi en los relatos mencionados, y a propósito de Gógol, con gracia y sutileza, y aún con bastante humor negro? Una a la que por su altivez no se puede resistir el deseo de humillar o sojuzgar; u otra a la que el deseo de poseerla absolutamente es incompatible con su naturaleza temporal, por lo que para poseerla de una vez y para siempre sólo se logrará a través de su sacrificio físico, de la negación de su ser temporal; o una más con la que no hay necesidad de comunicación ni de afecto recíproco, algo así como un amor profiláctico en el que no es posible reconocer una falla no de la otra (lo cual dadas las circunstancias plásticas sería imposible) sino de uno mismo -como propietario “esposo” de la muñeca-, evidenciando una falta total de autocrítica y por lo tanto de un egoísmo ilimitado.

El concepto de mujer que nos muestra Landolfi en estos relatos enseña más sobre lo que somos algunos como hombres, lo que sentimos y pensamos acerca de las mujeres, que lo que en realidad son las mujeres, porque a fin de cuentas su ser es un misterio aún para el escritor que escribe pretendidamente sobre ellas.

Sunday, June 15, 2008

Persépolis

Marjane Satrapi, una mujer de Persépolis

Ricardo Martínez García

A casi un año de su estreno en el Festival de Cannes del 2007, se exhibe en México Persépolis, cinta animada de la dibujante iraní Marjane Satrapi y del realizardor francés Vincent Peronnaud.

La cinta está basada en los cuatro volúmenes de la obra de Satrapi del mismo nombre, publicados en español por Norma Editorial entre 2002 y 2004. Dichos volúmenes son una colección de los dibujos de Satrapi que tienen como tema su vida, abarcando diferentes etapas: cuando era una niña de 10 años y veía el mundo con una curiosidad intelectual poco frecuente en pequeños de esa edad, luego como adolescente que vive la guerra de su país con Irak (80-84), su estadía en Austria (84-89), el regreso a Teherán –donde obtuvo una maestría en Bellas Artes- y su partida definitiva a París.

El trabajo de Satrapi está caracterizado gráficamente por dibujos de trazos limpios y bien definidos, en los que prevalece un fuerte contraste entre el blanco y el negro utilizado para delinear a los protagonistas, así como una gama de grises para los fondos.

En una entrevista para el diario El País, la dibujante señaló que algunas referencias artísticas utilizadas en su cinta provienen de “filmes expresionistas alemanes y los del neorrealismo italiano. Son dos referencias artísticas surgidas de países que acaban de sufrir una guerra”.

Del lado político Satrapi llama la atención por su postura crítica ante el gobierno de Irán, cosa que le ha granjeado algunos roces y conflictos con las autoridades de su país natal. Por ejemplo, la Fundación Cinematográfica Farabi, del Ministerio de Cultura y Guía Islámica iraní –una sección más de los Guardianes de la Revolución- señaló en un comunicado en mayo del 2007 que el Festival de Cannes había seleccionado una cinta sobre Irán que “presentaba un cuadro irreal de las consecuencias y resultados de la revolución islámica”.

Satrapi señala y acusa en su largometraje la terrible situación de las mujeres en un régimen dominado por inclinaciones religiosas muy fuertes de inspiración islámica, la masacre que representó la guerra con Irak, la cual produjo un millón de muertos, así como la manera en que tanto iraníes como iraquíes le siguieron “estúpidamente” el juego a lo que ella llama “occidente” (básicamente Estados Unidos y la Gran Bretaña pues el primero le vendía armas a ambos países y el segundo ha tenido viejos intereses petroleros en la zona).

También hay un trabajo de profunda introspección en la cinta: mientras narra cuáles fueron durante su infancia los hechos y las personas inspiradoras de sus ideas y convicciones –como su abuela y su tío, encarcelado por el gobierno del sha y luego ejecutado por el gobierno revolucionario-, se confiesa ante el espectador como una mujer que lucha por comprender el mundo, por vivirlo personalmente y enamorarse y recuperarse de las decepciones que una y otra vez se presentan.

Satrapi nos cuenta su vida sin ánimo de glorificarse ni de vender una imagen de heroína, más bien nos ofrece un aspecto humano, demasiado humano con el cual reconocernos en ella, porque ¿quién no ha caído en severas depresiones, se ha sentido defraudado por el sistema, por el amor, pero se ha recuperado para seguir viviendo?

Persépolis nos muestra que el concepto que tenemos de algunos extranjeros (en este caso de los habitantes del Medio Oriente como los iraníes, pero también de los palestinos, de los afganos, de los iraquíes, de los sirios, etcétera) son ideas moldeadas y manipuladas por la propaganda occidental –muy eficaz, ciertamente- para producir el efecto de percibirlos e imaginarlos como “terroristas” o como bárbaros que no tienen el menor aprecio por la vida humana. Pero hay que decir que a la inversa, del lado iraní también se maneja una propaganda que vende la idea de que la cultura occidental es “decadente” (en algunos escasos casos ambos bandos tienen razón).

Así, gracias a la propaganda, algunos pueden llegar a pensar que cualquiera con aspecto de árabe es un potencial suicida capaz de dirigir aviones en contra de edificios tan solo porque odia la “libertad y la democracia” norteamericana u occidental. Y ellos a su vez pueden llegar a pensar que somos decadentes porque escuchamos a Michael Jackson o nos gusta el punk.

Satrapi y Peronnaud contaron con la colaboración de Chiara Mastroiani y de su madre Catherine Deneuve, quienes hacen las voces de Marjane y de su madre respectivamente. El resultado es una cinta muy recomendable y disfrutable aunque no apta para quienes no sienten ningún interés histórico o cultural por este pueblo del Medio Oriente.

La cinta no cuenta con la tecnología animada de Shrek o Toy Story, por ejemplo, pero es un trabajo que atrapa y cautiva al espectador por su excelente realización y concepción visual y por su efectiva musicalización.

Cabe destacar que los libros de Satrapi han merecido algunos premios, pues ha ganado el Premio al Autor Revelación (Coup de Coer) en el 2001, premio perteneciente al Salón del Cómic de Angouleme, así como el norteamericano Premio Harvey a la Mejor Obra Extranjera en el 2004 y el español Premio de la Paz Fernando Buesa Blanco en el mismo 2004.

Saturday, June 14, 2008

No Te Metas con Zohan


La ridícula verdad de un conflicto armado

Ricardo Martínez García

Irreverente, de un humor difícil, provocadora, áspera y exagerada, a ratos repulsiva y hasta ofensiva, ahistórica pero finalmente hilarante, así es esta nueva cinta con Adam Sandler, No Te Metas Con Zohan.

Sandler, actor reconocido por su capacidad humorística, que coproduce y coescribe el guión de la cinta junto con Judd Apatow y Robert Smigel, hace de Zohan, su personaje, el estandarte erótico-heróico del filme, que normalmente le correspondería a una mujer: un ser tremendamente sexualizado y multiorgásmico, capaz de pasear en una playa con un short de mezclilla sin dar por completo la pinta de gay.

La palabra Zohan en eslavo significa “don de Dios”, pero en la cinta es el nombre de un súper soldado israelí increíblemente dotado virilmente, entrenado y especializado en la lucha “antiterrorista” y enamorado de la música disco, con el secreto sueño de emigrar a América.

Zohan aprovecha la misión de atrapar al terrorista palestino llamado El Fantasma (John Turturro) para fingir su muerte y marcharse a los Estados Unidos con el fin de realizar su más caro sueño, que es completamente opuesto a su profesión destructora: convertirse en un estilista, cosa que le permite a sus padres reírse de él y considerarlo un maricón o poco menos.

Zohan está harto, comprensiblemente, de la guerra infinita entre palestinos y judíos, la cual, de acuerdo con la descripción de la película, parece una fiesta de violencia y terror provocada y mantenida por ambos lados y en la que las partes lejos de olvidarse los mutuos agravios cada vez se provocan nuevas ofensas (o tal vez son las mismas pero que no dejan de decirse y hacerse).

Por tales motivos, Zohan –a quien no le interesa indagar por las causas históricas de un conflicto tan largo- decide huir a Nueva York donde pretende laborar para un prestigiado estilista, un tal Paul Mitchel, pero al no ser acogido como esperaba, termina trabajando desde el puesto más bajo en una pequeña estética propiedad de una bella palestina llamada Dalia (la bella Emmanuelle Chriqui). Zohan descubre que en esta cosmopolita ciudad palestinos e israelíes conviven pacíficamente y hasta bromean entre sí (la escena donde discuten qué primera dama está más buena es realmente hilarante).

Tan pronto como recibe la oportunidad de ser un verdadero hairdresser, Zohan se populariza entre la geriátrica clientela por su peculiar y exitoso estilo erótico (servicios sexuales incluidos) con el que las atiende.

Los problemas comienzan cuando un potentado local decide borrar del mapa a los feos barrios judíos y palestinos para construir una moderna plaza comercial y lanza una provocadora campaña incriminatoria para cada bando. Entonces Zohan y el Fantasma –convocado a Nueva York por un palestino taxista (Rob Schneider) que ha descubierto casualmente al Zohan- unen esfuerzos en contra del enemigo común.

El conflicto palestino-israelí es un tema delicado que sólo puede abordarse con seriedad o con la completa irreverencia con que lo hace la cinta, pues ésta plantea que se trata de un conflicto que ha alcanzado grados sublimes en las atrocidades y crueldad inflingida y que sólo continúa gracias a la ridícula existencia de posiciones extremistas en ambos lados.

La película –dirigida por el veterano actor y director Dennis Dugan- naturalmente no pretende hacer historia sino comedia a partir de hechos históricos: no ahonda en los orígenes o causas de la guerra (la formación de Israel como país en 1948 –con el irrestricto apoyo norteamericano- a costa de la ocupación del territorio de Palestina, pasando por encima de la población y del derecho internacional).

El aspecto humorístico de la cinta arma un buen mosaico de clichés culturales: judíos comerciantes a quienes nadie les gana en el regateo, palestinos taxistas que atienden llamadas de trabajo mientras manejan, hábitos alimenticios peculiares, etc.

Tal mosaico junto con la parte dramática son lo mejor de la película, la cual muestra al personaje de Sandler a fin de cuentas muy parecido al romántico aquel que se quedaba con la chica en The Wedding Singer (98), pues Zohan previsiblemente se enamora de la bella palestina Dalia, su patrona de la estética.

El mensaje al final no puede ser más políticamente correcto: que el amor, la paz y la comprensión deberían prevalecer por encima de cualquier conflicto en el que sólo ciertos personajes salen ganando, generalmente ricos norteamericanos comerciantes de petróleo y/o armas (y negocios anexos) a los que sólo les preocupa su propio interés y a los que judíos y palestinos siguen su juego.

El mundo real está repleto de sociedades internacionales que velan por sus intereses económicos, lleno de alianzas entre gobiernos, de intereses cruzados. Ojalá fuera tan sencillo obtener la paz como propone la cinta.

Sunday, June 01, 2008

Dr. House


Medicina más allá del bien y del mal

Ricardo Martínez García

La fascinación que ejerce el personaje del Dr. House en los televidentes (que interpreta magistralmente el actor Hugh Laurie) es producto de una mezcla de personalidades: es un Sherlock Holmes de la medicina que alardea de su capacidad de observación, es un aparente ogro al que le encanta hacer repelar y contradecir a todo mundo, un maestro tirano que se deleita en mostrar y exhibir las flaquezas de sus discípulos (trata a todos como tales) y un Don Juan latente a punto de conquistar a la bella y juvenil doctora Cameron y/o a la no menos hermosa doctora Cody.

Como personaje de ficción, Gregory House es bastante humano: adicto al vicodin, su amor por la ciencia lo lleva a trasgredir (aparentemente) cualquier regla ética o moral que impida la metodología más rápida y precisa para diagnosticar correctamente a sus pacientes, por los cuales siente la misma desapegada y amoral curiosidad científica -no indiferencia- que un entomólogo siente por sus insectos. La particularidad de su trabajo exige naturalmente el desapego de ciertos aspectos de la ética médica, sobre todo cuando se enfrenta a casos únicos e inesperados. Es un personaje que está más allá del bien y del mal de las conductas morales en condiciones normales.

House es en realidad un filósofo de la ciencia médica que en cada caso-episodio realiza una cuasi mini revolución científica: analiza, compara, niega, supera y a veces trasciende los diferentes paradigmas a disposición del diagnóstico médico conocido, hasta alcanzar la satisfacción máxima de la ciencia pura: el mero saber (de ahí su aparente obsesión por algunos casos).

Una ciencia así no conoce de limitaciones éticas, aún cuando su conocimiento sirva para explicar lo que le ocurre a un paciente y curarlo.

House, a pesar de ser un hombre de ciencia probado y comprobado, vive en la incomprensión y en la oposición de su pequeña comunidad científica formada por sus internos, su jefa Cody y su amigo Wilson.

La estructura del programa difícilmente le hace justicia a este doctor de bastón, pues en cada caso que se presenta él es el único que aporta soluciones creativas porque más que investigar, reflexiona, piensa, y en última instancia, se le ocurren cosas geniales a través de su pensamiento análogo, y que a veces son las explicaciones más sencillas, en las que nadie cree hasta que demuestra que tenía razón. Sus colegas nunca están convencidos de su capacidad y le escatiman continuamente su confianza. Es como un loco genial al que hay que andar cuidando de que su locura no dañe a alguien, cuando es al contrario: gracias a su locura es que algunos pacientes sobreviven.

El resultado del trabajo del doctor House siempre apunta en dos direcciones: por un lado en la búsqueda de la explicación objetiva y científica, como diagnóstico, de lo que le ocurre a los pacientes, y por otra parte a la curación o muerte del paciente.

Los métodos heterodoxos de House podrían colocarlo en una postura semejante a la de los científicos alemanes que aparecen en la cinta de Bergman El Huevo de la Serpiente (77), que hacían experimentos en seres humanos sin su consentimiento y menos aún sin su conocimiento, por el exclusivo fin de saber, de conocer “hasta dónde humanamente es posible aguantar ciertas situaciones”.

Como House, esos científicos se colocaban por encima de las limitaciones éticas y morales, pero la diferencia es que House lo hace para curar y para saber, mientras que los otros realizaban sus experimentos subrepticia y abusivamente, casi como métodos de tortura, bajo un plan que no contemplaba como fin último la salud del paciente.

Así, House es en realidad un verdadero paladín del juramento hipocrático… aunque aparentemente le falte a cada momento, como por ejemplo en la parte que tal juramento dice “no operaré a nadie por cálculos”, o sea por mera especulación, pero ¿qué hacer cuando no se sabe la causa de alguna enfermedad y sólo operando se puede tener algún indicio del mal? El trabajo de House es precisamente la razonada especulación -cuyos puntos le gusta escribir en su pizarrón-, pero cuando se necesitan las biopsias, no duda en obtenerlas del modo que sea. Siempre aboga por sus pacientes seriamente enfermos, de los demás se burla constantemente.

Un libro italiano (que no he leído) sobre House, titulado La filosofía del Dr. House. Ética, lógica y epistemología de un héroe televisivo, del que escribió el ensayista y filósofo Jesús Salazar Velasco en el suplemento El Angel del Reforma (25/05/08), explica que House posee una ética “más allá de la ética”, puesto que su campo de acción se encuentra dentro de situaciones verdaderamente extremas. No hay forma de no estar de acuerdo con eso, como ya hemos expresado.

Dichas situaciones extremas, de acuerdo con los autores del mencionado libro (que se hacen llamar Blitris), ameritan la creación de nuevas reglas, como “mentir, ocultar, lastimar y hasta matar al paciente” para posteriormente revivirlo, pero no se dan cuenta de que las reglas éticas con las que se rige House son siempre las mismas, es decir la de diagnosticar y conocer las causas de la enfermedad y, si es posible, la curación del paciente.

No es que haya necesidad de nuevas reglas. Lo que ocurre es que a House, que tiene claros sus objetivos regulares, los medios para alcanzarlos le tienen sin cuidado, de manera un tanto maquiavélica. Y en eso radica gran parte de su encanto.

Los autores del libro, de acuerdo con Salazar Velasco, explican que si la ética es una serie de normas universales que regulan las decisiones de los sujetos para garantizar el bien común, “entonces House no tiene ética”. Nada más falso: ninguna regla universal se aplica universalmente, ojalá fuera así, sino que sólo se aplican en casos particulares y de manera particular (yo soy el que actúo en cada caso) y no por ello negamos que haya ética.

House sí tiene una ética y es una ética que, al contrario de lo que piensa Salazar Velasco, puede calificarse como un imperativo categórico kantiano: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a tí. Y a él no le gustaría que nadie, por ignorancia o falta de espíritu científico, lo dejara morir, simplemente porque se dificulta su diagnóstico.