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Wednesday, April 02, 2008

De la serie Puros Cuentos

Crónica de dos tardes calurosas
Ricardo Martínez García

1
La figura del francés Sebastián Castella está caracterizada por su juventud, esbeltez y abundante cabellera. Bien podría encarnar a Howl, el del Castillo Vagabundo, o al Rémy de las animaciones japonesas. Sin dejar de ser guapo, tiene un aspecto de garçon de muelle del Mediterráneo, pero a la vez poseedor de una enorme gracia y agilidad de movimientos.

Con su primer toro, encontrándose ya en el último tercio de lidia, Castella –de quien algunos dicen que es el mejor torero del mundo en el presente- hace gala de control y valentía: parece que coquetea o hipnotiza al toro: tan suaves y delicados son sus audaces movimientos con la muleta. La flema que le da a cada natural, con diferentes pases y recortes, como jugando con el toro pero sin menospreciarlo en ningún momento, resulta verdaderamente deliciosa.

La proximidad entre el torero y el astado queda asentada por la sangre que macula la taleguilla que viste el franco, quien parece conocer de toda la vida al morlaco. La cercanía entre el diestro y este testigo queda establecida por los diez metros entre el sitio principal de su faena y mi sucio lugar en la tercera fila. La tarde me fue propicia ante el inesperado espectáculo.

En comparación, el trabajo del Zotoluco –quien junto con Garibay comparte este día ruedo con Castella en la Silverio Pérez- resulta algo tosco aunque no menos valiente ni arriesgado. Es como una lucha entre un rudo y un técnico: arrojo y audacia de ambos lados, finura, técnica y delicadeza del lado francés.

-Es muy bueno, ¿no?-, comenta Mark mientras me pasa la bota con vino. Jules, nuestro mecenas, conversa animadamente con un señor que tiene toda la pinta de ser ganadero.
-¡Es impresionante!, ¿ya viste cómo tiene sangre en la pierna?-, pregunto a mi vez.
-Sí, casi monta al toro. Y todo al natural, sin aspavientos ni falsas poses como otros que hemos visto.

Pues sí, Castella es tan auténtico que su toreo fluye artesanalmente a la vista de todos.

2

En verdad que hace calor este día, tanto así que no se apetece siquiera salir al patio del edificio.
-¡Me opongo!-, exclamó Erny, el ingeniero de sistemas, tan pronto como le respondí sobre lo que haría el domingo por la tarde. Siempre preguntaba lo mismo y yo siempre temía lo mismo: que me fuera a invitar a algún lado.
-¿A qué te opones, a que vaya a la Plaza de Toros?-, contesté algo picado pues no me gusta la idea de que alguien me impida hacer algo.
-No, a que los maten, eso es tortura, es inhumano.
-Siempre hay gente protestando por eso afuera de la Plaza, ¿has ido alguna vez a una corrida?
-¡Claro que no!, pero eso no significa que no sepa lo que es.
-Bueno-, dije, con cierto fastidio, –¿No te parece que tu vehemencia en contra del toreo es digna de mejores causas? ¿Por qué no protestar por cómo son tratados y sacrificados los cerdos, o los pollos, o las focas en Canadá? O mejor por la situación de ciertos pueblos humanos. ¡Ahora mismo muere gente en Irak o en Afganistán, cuyas poblaciones han sido invadidas por las fuerzas imperiales de los Estados Unidos y sus aliados y son masacrados con armas sumamente sofisticadas! O para no ir tan lejos, en México las condiciones de vida de millones de personas son paupérrimas y no veo a nadie protestando, ¿sabes por qué?, porque lo consideran de lo más natural del mundo y además ¡porque a nadie le importa! En cambio, los bien pensantes (como tú, pensé en decirle, pero me contuve), los que cuentan con gran conciencia moral, que abarca el mundo natural y el social, consideran que es horrible y de mal gusto que se toree a unos animales estupendos como esos astados de raza, criados especialmente para la lidia, sin darse cuenta de que esos animales han tenido mejor vida que mucha gente pobre, en cuanto a cuidados y alimentación al menos, lo cual no deja de ser paradójico. ¡Hay muchas cosas inhumanas que no conmueven a nadie!
Erny me miraba cada vez con mayor desprecio e incredulidad conforme yo me descosía ante él. Era un buen tipo, amable y gentil en muchos aspectos de la vida cotidiana, pero tenía una idea de sí mismo algo pretenciosa, lo cual lo hacía caer con frecuencia en la necesidad de manipular y controlar a las personas a su alrededor, sobre todo a las que quería de verdad.
No es que yo fuera un verdadero aficionado a la fiesta taurina, pero me cayó mal que apenas le dijera que iba a ir a los toros, de inmediato manifestara una oposición.

-Los toros, la llamada fiesta brava, mi querido Erny -continué en el mismo tono académico- representa una manifestación cultural cuyo origen se remonta a la Antigüedad, y tal como la conocemos se formó a finales del siglo XVII. Tiene un nivel cultural muy arraigado en ciertos sectores de la población en países como España, Francia, Portugal y en algunos de Latinoamérica, es como otras tradiciones que se siguen celebrando, por ejemplo como la de Semana Santa en Iztapalapa y otros lugares. ¿Te imaginas diciéndole a alguien en plena representación de viernes santo“me opongo a que crucifiquen al nazareno” o “es una crueldad que carguen semejantes crucezotas”?
-¡No te pases!-, dijo Erny soltando una carcajada. –Bueno, está bien, pues que disfrutes de tu “fiesta brava” mi Rafa.
Se alejó de mí sin siquiera voltear a verme, luego de darme el acostumbrado abrazo.

Friday, August 17, 2007

La Ahogada

Ricardo Martínez García

La celebración de las fiestas patrias no podía comenzar sin los invitados especiales, por lo que ya nos esperaban todos, reunidos hacía más de una hora, en el salón anexo a la iglesia, donde se llevaban a cabo eventos de todo tipo. Llegamos a la cita tarde como siempre. Cuando entramos, la expectación se desbordó en un grito de júbilo, mientras serpentinas y confeti caía sobre nuestras cabezas. No era para menos, considerando que una chica había estado en peligro de morir unas horas antes.

En esa ocasión, la aventura comenzó con la organización de un día de campo como cualquier otro, o eso parecía.

Yo formaba parte de un grupo juvenil de evangelización por aquel entonces; nos habían invitado a dar un retiro espiritual en un poblado llamado Téjaro, cercano a la ciudad de Morelia y próximo a su aeropuerto, en el que era difícil conseguir que los jóvenes fueran a misa, para no hablar de que se integraran a un trabajo de pastoral serio. La labor realizada fue ardua e incompleta en varios sentidos, pero los frutos cosechados fueron más que satisfactorios, sobre todo para nuestros fines personales y un tanto egoístas.

Como en otras ocasiones, me tocó ofrecer una charla sobre la amistad y el noviazgo, temas en los que no soy ni era especialmente apto. El tema, según entiendo, me fue asignado debido a mi antecedente de seminarista, justificación tan buena como cualquiera otra. Para elaborar la charla que, suponía yo, debía ser reflexiva e ilustrativa sobre lo que creemos que es el amor y la amistad, me inspiré en algunas ideas de Ortega y Gasset, de Schopenhauer y Platón, más que en los evangelios.

No sé qué tan efectivas o aleccionadoras pudieron ser mis peroratas, pero me pareció que varias chicas me miraban de manera agradablemente diferente luego de escucharme, algo digno de tener en cuenta en un pueblo donde la mayoría de las muchachas son verdaderamente guapas y muchos chicos pasan la mayor parte del año trabajando en diferentes lugares Estados Unidos. “¿Dónde queda Oxnar?”, pregunté más de una vez.

Como miembro del equipo de coordinadores, sabía que el retiro había tenido graves fallas, pues la exposición de algunas charlas no tuvo una preparación adecuada; no se notó nada, o al menos los participantes no lo dieron a entender. Realmente el entusiasmo puede suplir algunas carencias.

El retiro, luego de tres días, llegó a su fin con una misa en la iglesia del pueblo, adornada especialmente para la ocasión. Todo mundo estaba feliz, especialmente los padres de familia, quienes siempre ven con buenos ojos a aquellos que hacen algo por sus hijos, y a veces por ellos también.

A los lados del pasillo central del templo había gardenias blancas, adornos de papel de china recortado y globos colgados de listones blancos y velas encendidas por toda la nave, que iluminaron y caldearon mucho el ambiente, casi de horno para bollos. Lo mejor de la misa fue la parte musical, a cargo de un conjunto de mariachis que interpretó cada una de las canciones litúrgicas. La piel se me enchinaba al oír las guitarras, trompetas y violines con que se cantaron el Aleluya, la Barca del Pescador, y el Padre Nuestro. El placer auditivo que experimenté se me hizo patente como un cosquilleo en la parte trasera de la cabeza. ¡Qué delicia de música!

Una vez fuera de la iglesia, como en un sueño del que no se está totalmente consciente, me vi caminando alrededor del pequeño zócalo próximo al templo, platicando con dos chicas tomadas de mis brazos. Tardé un poco en darme cuenta de que mis compañeros se encontraban en idénticas circunstancias. Todo era risas y alegría, con conversaciones como “¿A qué te dedicas?”, “Soy profesor”, “Ahh! ¿Y tienes novia?”, “No, no tengo”, “¿Y por qué?”, “Pues no sé, no he tenido suerte”, “¡Qué mala suerte!”, y así.

La velada terminó casi a media noche y el regreso a México en autobús estuvo plagado de un incesante intercambio de impresiones que nos hizo darnos cuenta de que todos –éramos doce- habíamos sido invitados a pasar las fiestas patrias en esa población.

Luego de casi un mes de espera, se cumplió el día del anhelado regreso. Durante ese tiempo yo había recibido un par de cartas de chicas que se habían interesado en mi amistad, o al menos eso me pareció, así que estaba más que ansioso de ver a esas dos nuevas amigas.

Nuestra llegada fue una noche de viernes; fuimos alojados por nuestros amigos en diferentes casas, así que luego de cenar quesadillas nos fuimos con quienes habíamos sido asignados.

Al día siguiente, como Miguel Ángel y yo habíamos aceptado ir a jugar basquet con Lupita y Nora, dos chicas muy simpáticas que mostraron cierto interés por nosotros, nos despertamos muy temprano, y luego de un divertido pero reñido juego (las marcas de uñas en mis brazos así lo mostraban), Miguel se fue a desayunar con Nora y yo con Lupita a sus respectivas casas. El desayuno que me ofreció fue espléndido, sobre todo la leche de vaca recién ordeñada. Lupita se desvivió en atenciones y yo me sentí inmerecedor de tanta amabilidad. Una vez desayunados fuimos a buscar a Nora y Miguel y nos reunimos con nuestros demás compañeros en la explanada de la iglesia.

Había allí unos treinta o cuarenta muchachos. Compraron carne, cebollas, refrescos y cervezas y habían conseguido un asador enorme. Algunas chicas cargaban cazuelas con arroz rojo, frijoles refritos y chicharrón en salsa verde. Otras llevaban tortillas, queso y chorizo.

Benjamín, hermano de Nora, llegó manejando un tractor azul que arrastraba un enorme carro para cargar alfalfa, y al grito de “¡Todos arriba!” abordamos el inesperado transporte. Durante un buen rato nos alejamos del pueblo y luego empezamos a subir una pendiente. Sólo la pericia y habilidad de Benjamín evitó que nos volcáramos, pues el camino estaba en terribles condiciones debido a las lluvias. Un anciano que iba bajando al pueblo nos advirtió que tuviéramos cuidado en la laguna, pues había mucha maleza cubierta con el agua y era fácil atorarse ahí.

Al subir completamente la pendiente, pudimos apreciar que la vista era magnífica: Téjaro aparecía como un pintoresco pueblo situado entre unos cerros como con terciopelo verde a la izquierda y un amplio valle a la derecha. En el valle el verdor de los vastos cultivos, especialmente de alfalfa y maíz, era impresionante. El cielo era de un intenso azul y sólo unas cuantas y blanquísimas nubes aparecían por encima de los cerros. Ahora que lo recuerdo, el colorido del lugar me hace pensar en un cuadro digno de algún genio del lienzo como Henri Matisse o de un especialista en escenas rurales como Jean-François Millet. El calor comenzaba a ser insoportable. Era difícil pensar siquiera en la posibilidad de una lluvia.

Más que de una laguna, se trataba de una represa que aprovechaba la forma natural del terreno. En las orillas había pasto crecido y la maleza era más abundante conforme aumentaba la profundidad. El color del agua me impidió pensar en la posibilidad de un chapuzón: era de un café lodoso. Otros no pensaban como yo y despreocupadamente, con todo y ropa, se metieron a chapotear.

Luego de un rato de juegos acuáticos y de charla por mi parte –platiqué arduamente con una chica llamada Ana que se declaró gran admiradora de Gloria Trevi y quien era la remitente de una de las dos cartas que había recibido- llegó la hora de la comida. El carbón ofreció cierta resistencia pero al fin el asador encendió. Pronto el olor a carne y cebollas asadas, a chorizo y queso fundido inundó el aire y empezó el banquete.

Fui a sentarme a la orilla de la laguna, con una cerveza en la mano. Estaba pensando en Lupita y en Ana y el dilema que me planteaban. Las dos eran, a su modo, adorables. Debería de haber pensado en el juego de basquet y el desayuno con Lupita y en la carta y la charla con Ana, pero mi mente estaba en tal estado de placentera confusión, debido a las varias cervezas bebidas, que cuando de pronto escuché gritos y luego un alboroto fue como despertar de un sueño.

Vi a varios muchachos lanzarse al agua a unos treinta metros de donde yo estaba. “¿Qué pasó?”, grité alarmado. La confusión duró unos segundos más y después oí que alguien decía “Tráiganla para acá”.

Entre mis compañeros había uno que estudiaba medicina, así que fue él quien aplicó los primeros auxilios a la chica. Empezó a toser y a escupir agua y todos respiramos aliviados. “¡Aquí no pasó nada!” exclamó Erik, quien desde ese momento se convirtió en el “doc” y la chica en "la ahogada".

Friday, July 13, 2007

El Hallazgo

Ricardo Martínez García

Clarisa llegó muy temprano a la misa dominical de nueve, ceremonia especial para los niños a la que acostumbraba asistir porque de esa manera le rendía el día; era una mujer muy ocupada. Entró al templo y se sentó en una banca de madera bellamente trabajada, cerca del altar. Como faltaban diez minutos para el inicio de la celebración se puso a contemplar el lugar, algo que pocas veces hacía dado que siempre andaba con prisa.

Las dos altas cúpulas y el amplio espacio que había entre ellas le producían un sentimiento de grandeza. Las imágenes de santos y vírgenes colocados a los costados de las paredes le hacían sentir una mezcla de compasión y de simpatía por ellos. “¡Qué vidas tan interesantes las de estos cristianos ejemplares!” pensó. Se arrodilló para iniciar una oración y en ese momento vio algo que llamó su atención: un sobre blanco sin cerrar, cuyo borde sobresalía del espacio que tienen las bancas en la parte trasera del respaldo y que sirve para guardar el misal.

Al principio creyó que era un sobre abandonado de los que se usan para depositar el diezmo o alguna colecta para las misiones, pero luego vio que era un sobre grueso, como los que contienen tarjetas de felicitación. Lo tomó en sus manos con curiosidad y extrajo dos hojas blancas cuidadosamente dobladas. Contenían una escritura apretada y muy bien hecha, casi de calígrafo. Todavía tenía tiempo, así que leyó:

Querida amiga:

¿Recuerdas cuando me contaste que tuviste un novio, hace mucho tiempo, al que apodaste El Satanás (porque te perseguía como si quisiera comprarte el alma)?, pues de inmediato se me ocurrió la loca idea de que todos, en el fondo, somos el Satanás de alguien más, o de que todos tenemos un Satanás persiguiéndonos.

Recordé por ejemplo las veces en que me llamabas a deshoras para platicarme tus penurias existenciales. A veces, durante esas llamadas mi atención se enfocaba más en la televisión, la cual no dejaba de mirar mientras sostenía cansinamente el auricular, que en aquello que de manera tan dramática me contabas. Lo que decías tenía tan poco que ver conmigo y hasta contigo, pues todo giraba en torno a terceras personas que conocías pero cuyas vidas eran para ti más interesantes que la tuya misma. Lo que me contabas era ajeno y extraño. Por eso no tenía empacho en contestarte de lo más cortante posible, con puros sí, no, no, no, quién sabe.

Hace poco tuve una interesante conversación –ésta sí, por la novedad- con una ex, luego de que me buscara nuevamente, y que estuvo más o menos así:

-Hola, leí tu anterior correo y quiero decirte algo. Perdóname si un día te lastimé, no era mi intención –me dijo en tono de disculpa, luego de que le recordé los motivos de nuestra separación, hace ya muchos años-. A pesar del tiempo y la distancia, mis pensamientos y mi amor siempre estuvieron y estarán contigo.

-Es gracioso –le contesté-. Cuando terminaste conmigo por segunda vez dijiste exactamente eso: que no querías lastimarme; antes no te creí pero ahora sí que te creo. El mal es involuntario e inconsciente –apunté maliciosamente- así que olvídalo, no hay nada qué perdonar.
-Pensé que eso ya estaba olvidado –reviró, como si recordara algo molesto-, pero al parecer todavía guardas resentimientos. En mí solo encontrarás amor y agradecimiento, y ya pagué mis errores, dame una oportunidad, ¿si?
-He dicho que no guardo rencores, pero ¡la memoria es la memoria! –dije a duras penas para no carcajearme-. ¿Cómo olvidar que me fuiste infiel dos veces? Aún así te digo: seamos amigos.
-No pretendo nada más que “usted” me haga ese honor; en mi vida, se terminó la exclusividad. Soy de todo ser vivo en este mundo y yo no tengo nada, solo mucho amor.
-Ya veo, ¡el olor a santidad llega hasta mi alma! –!ja jay! exclamé burlonamente-. Bien por ti y por los que te rodean, que Dios te bendiga.
-¡Qué pena!, no entendiste nada, y fíjate que no hay mucha distancia entre la santidad y yo, pero aspiro a ella –contestó con enfado-. Ojalá y tu actitud hacia mí cambie, porque es muy aburrido ser amigo de una santa, ¿no te parece?
-¡Qué charla tan divertida estamos teniendo! Me recuerda el dicho ese de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Si creo lo que dices, mal. Si no creo lo que dices, ¡mal también! Lo que sí resulta aburrido es tener a un amigo como yo que dice lo que piensa y piensa lo que dice. Considéralo.
-No sé qué es lo que tanto te molesta de mí –señaló fastidiada- pero no quiero entrar en polémicas y terminar afectando a alguno de los dos. Cuídate.

-¿Ya no quieres ser mi amiga? Acuérdate de que el que se enoja pierde –dije, provocativamente-. Yo lo que quiero es ser tu verdadero amigo. Sin modestias innecesarias pero sin tapujos. ¿Estás lista para algo así?
-De modesta no tengo nada y pensé que me conocías un poco más. Estoy ofreciéndote mi amistad y espero me aceptes así como soy, “sin defectos”. ¡Y tan bonita!

Cuando dijo eso de tan bonita, entendí que no hablaba en serio. ¿Quién las entiende?



Pero volviendo a lo que te decía, y dejando de lado a las ex que se ponen en contacto, mientras me contabas lo del Satanás, no tardé mucho en ponerme de su lado: sostuve que tal vez él sí te quería de verdad, a pesar de tus desplantes, descortesías y ambigüedad moral, o a pesar de tu buena disposición espiritual, pues para mucha gente eres una mujer llena de bondad y caridad (y que seas misionera laica e impartas catecismo a niños y charlas a quinceañeras y de vocaciones, refuerza esa idea), pero para alguien como el Satanás, que manifiestó a las claras su interés por ti, sólo tienes menosprecio, si no es que simple compasión.Tu frase favorita sobre él era: “Pobrecito, decía que me quería, que me amaba”.

-¿No crees que de veras te quería? –te pregunté sin interés-.
- Ay, yo creo que sí, pero a mí para nada que me gustaba, ni loca que estuviera, no era feo el tal Satanás, pero sí de esos tipos encimosos, siempre quería estar conmigo. No podía estar un rato con mis amigas, cuando de pronto me decían “ahí viene tu novio”. ¡Santo Cristo del Señor! No lo soportaba.

Antes me habías presumido que eres tan cumplida en tu trabajo que hasta te hiciste merecedora de un reconocimiento público por no haber faltado un solo día. Sin duda, un gran logro, sobre todo para alguien que trabaja en un círculo laboral en el que no se goza del derecho de días económicos. Tu decepción y molestia fueron evidentes cuando te dije que eso no me impresionaba lo más mínimo: me parece que tu capacidad de compromiso, a veces a costa de tu propio bienestar, resulta digna de mejores causas.

Por cierto, cuando te propuse que nos echáramos un polvo, como dicen en España, me sorprendió desagradablemente que te importaran más las cuestiones estéticas que la coherencia religiosa: no solo no te opusiste al sexo sin boda, como dice Sabina, sino que dijiste que te diera tiempo para ponerte en forma (como si alguien con evidente sobrepeso pudiera, de una semana a la otra, eliminar al menos diez kilos. ¡Ni consumiendo pseudoefedrina!).

Acaso yo soy el que está mal, al suponer un poco de coherencia entre lo que se predica y lo que se hace, pero ¿estoy mal al pensar que tú te has convertido en mi propio Satanás, puesto que soy presa fácil de mis propias tentaciones, las cuales encuentran tierra fértil en las tuyas? No niego que a veces tengo fantasías en las que tienes un papel muy activo (algo que para ser realista no concibo de verdad), pero al final vislumbro la insatisfacción de ese whisky sin soda que me produce el sexo sin amor.

Así que al final se trata de eso, del desamor que hay entre nosotros. Lo nuestro es sólo la carnalidad de lo inmediato: la piel que se estremece, la lengua mojada que debería sentir pasión pero a la que no le alcanza la imaginación. Unos ojos que anhelan algo más que el vacío cínico de mi mirada.

La parte de la religión que compartimos sólo es una anécdota divertida y, si quieres, cursilona. Digamos que fue a su práctica –abandonada ya hace mucho por mi parte- que nos conocimos. En el fondo creo que nos conducimos más por nuestros instintos que por la bella idea de que hay un Dios bueno y sabio, pero que a la vez es un Dios del que no queremos saber nada y al que no le damos nada que no podamos darle de manera natural, sin esforzarnos. Porque creo que en ti no hay esfuerzo por ser una misionera o catequista, ya que has hecho de esas actividades tu mejor manera de autorreconocerte (y ahora con una nueva modalidad: la enseñanza a adolescentes en un instituto presidido por religiosos ¡a quienes dices ya extrañar!). Pero ¿quién soy yo para juzgar algo así?

Todavía recuerdo que, luego de exponerte lo anterior, en un arranque de furia y de rabia me dijiste: "no seas hipócrita, como si no supiera que tú también te aprovechabas de la convivencia que se produce en los grupos de apostolado en la iglesia, como si no supiera nada de tu carrera de Juan Tenorio barato que conquistaba a todas las crédulas que se te ponían enfrente y luego huías como el cobarde que eres, porque es miedo lo que tienes, eres un tipo que no ha alcanzado a madurar para comprender que en toda relación humana existe algo que tú no entiendes ni por equivocación: algo que se llama compromiso, responsabilidad, respeto y fidelidad, pues tú no eres fiel ni siquiera a tí mismo, y menos a ese Dios que dices adorar, porque ese dios es un reflejo de tí mismo, y en sus ojos sólo ves el vacío que tú has producido en tu corazón".

Todo lo anterior me lo dijiste con la cara bañada en lágrimas, el gesto descompuesto y la respiración agitada.

Necesitaba decirte esto que siento: no dudo que seas una buena persona, pero creo que no te conoces realmente –quién sí ¿vedad?- ni creo que me conozcas verdaderamente, ni yo me conozco de lo que soy y he podido ser capaz. Espero que esta carta llegue precisamente a ti. Ya he sufrido antes decepciones amorosas o relacionadas con el sexo. Por eso, deseo pedirte que, la próxima vez que nos veamos, sea verdaderamente para ir al cine, o a comer, o incluso a rezar un Rosario o un Ave María, o el bellísimo Magníficat, que ya no recuerdo bien cómo va. Y si es el caso, el polvo que ha quedado pendiente!
Cuídate, sinceramente.
El Satanás o Don Juan Tenorio


Clarisa había ido enrojeciendo conforme leía la carta, que ahora le parecía horrible. Si bien no conocía a alguien apodado El Satanás, había algunas cosas con las que se podía identificar. Incluso pensó que podía ser una broma pesada, pero no conocía a alguien que pudiera hacer ese tipo de bromas precisamente con ella.

Cuando terminó, su primer impulso fue quemarla con la primera veladora al alcance de la mano, pero luego pensó que tal vez no era en realidad para ella, que tal vez iba dirigida a alguien muy parecida a ella. La duda la hizo meter las hojas al sobre y dejarlo exactamente en el sitio donde la encontró. No había motivo para suponer que era para ella.