Saturday, June 14, 2008

No Te Metas con Zohan


La ridícula verdad de un conflicto armado

Ricardo Martínez García

Irreverente, de un humor difícil, provocadora, áspera y exagerada, a ratos repulsiva y hasta ofensiva, ahistórica pero finalmente hilarante, así es esta nueva cinta con Adam Sandler, No Te Metas Con Zohan.

Sandler, actor reconocido por su capacidad humorística, que coproduce y coescribe el guión de la cinta junto con Judd Apatow y Robert Smigel, hace de Zohan, su personaje, el estandarte erótico-heróico del filme, que normalmente le correspondería a una mujer: un ser tremendamente sexualizado y multiorgásmico, capaz de pasear en una playa con un short de mezclilla sin dar por completo la pinta de gay.

La palabra Zohan en eslavo significa “don de Dios”, pero en la cinta es el nombre de un súper soldado israelí increíblemente dotado virilmente, entrenado y especializado en la lucha “antiterrorista” y enamorado de la música disco, con el secreto sueño de emigrar a América.

Zohan aprovecha la misión de atrapar al terrorista palestino llamado El Fantasma (John Turturro) para fingir su muerte y marcharse a los Estados Unidos con el fin de realizar su más caro sueño, que es completamente opuesto a su profesión destructora: convertirse en un estilista, cosa que le permite a sus padres reírse de él y considerarlo un maricón o poco menos.

Zohan está harto, comprensiblemente, de la guerra infinita entre palestinos y judíos, la cual, de acuerdo con la descripción de la película, parece una fiesta de violencia y terror provocada y mantenida por ambos lados y en la que las partes lejos de olvidarse los mutuos agravios cada vez se provocan nuevas ofensas (o tal vez son las mismas pero que no dejan de decirse y hacerse).

Por tales motivos, Zohan –a quien no le interesa indagar por las causas históricas de un conflicto tan largo- decide huir a Nueva York donde pretende laborar para un prestigiado estilista, un tal Paul Mitchel, pero al no ser acogido como esperaba, termina trabajando desde el puesto más bajo en una pequeña estética propiedad de una bella palestina llamada Dalia (la bella Emmanuelle Chriqui). Zohan descubre que en esta cosmopolita ciudad palestinos e israelíes conviven pacíficamente y hasta bromean entre sí (la escena donde discuten qué primera dama está más buena es realmente hilarante).

Tan pronto como recibe la oportunidad de ser un verdadero hairdresser, Zohan se populariza entre la geriátrica clientela por su peculiar y exitoso estilo erótico (servicios sexuales incluidos) con el que las atiende.

Los problemas comienzan cuando un potentado local decide borrar del mapa a los feos barrios judíos y palestinos para construir una moderna plaza comercial y lanza una provocadora campaña incriminatoria para cada bando. Entonces Zohan y el Fantasma –convocado a Nueva York por un palestino taxista (Rob Schneider) que ha descubierto casualmente al Zohan- unen esfuerzos en contra del enemigo común.

El conflicto palestino-israelí es un tema delicado que sólo puede abordarse con seriedad o con la completa irreverencia con que lo hace la cinta, pues ésta plantea que se trata de un conflicto que ha alcanzado grados sublimes en las atrocidades y crueldad inflingida y que sólo continúa gracias a la ridícula existencia de posiciones extremistas en ambos lados.

La película –dirigida por el veterano actor y director Dennis Dugan- naturalmente no pretende hacer historia sino comedia a partir de hechos históricos: no ahonda en los orígenes o causas de la guerra (la formación de Israel como país en 1948 –con el irrestricto apoyo norteamericano- a costa de la ocupación del territorio de Palestina, pasando por encima de la población y del derecho internacional).

El aspecto humorístico de la cinta arma un buen mosaico de clichés culturales: judíos comerciantes a quienes nadie les gana en el regateo, palestinos taxistas que atienden llamadas de trabajo mientras manejan, hábitos alimenticios peculiares, etc.

Tal mosaico junto con la parte dramática son lo mejor de la película, la cual muestra al personaje de Sandler a fin de cuentas muy parecido al romántico aquel que se quedaba con la chica en The Wedding Singer (98), pues Zohan previsiblemente se enamora de la bella palestina Dalia, su patrona de la estética.

El mensaje al final no puede ser más políticamente correcto: que el amor, la paz y la comprensión deberían prevalecer por encima de cualquier conflicto en el que sólo ciertos personajes salen ganando, generalmente ricos norteamericanos comerciantes de petróleo y/o armas (y negocios anexos) a los que sólo les preocupa su propio interés y a los que judíos y palestinos siguen su juego.

El mundo real está repleto de sociedades internacionales que velan por sus intereses económicos, lleno de alianzas entre gobiernos, de intereses cruzados. Ojalá fuera tan sencillo obtener la paz como propone la cinta.

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